Cartas a una amante (10)

Ir a: Cartas a una amante (9) Antes de ser derrotado por Cupido Mi razón está naufragando por tu causa en las ilusorias aguas del afecto. ¿Por qué no compartir contigo las atrevidas reflexiones del último acto cuerdo antes de que el arquero del amor me hiera irremediablemente? Tal vez porque conozco el éxtasis del amor desmedido, como la gélida indiferencia en que termina, he hecho presa de mis pensamientos los  acontecimientos descarnados de la relación amorosa, constantemente contrapuestos al ideal ansiado. Una simple atracción es la semilla del más descomunal afecto, de un amor que no conoce límite, de un vínculo que ingenuamente creemos...

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Fe, corazón y alegría

Dedico con todo cariño esta obra a mi hijo porque en tiempos difíciles me enseñó con su ejemplo que los problemas se encaran con coraje y valentía, y que me inspiró a escribir esta historia cuando a su corta edad me aconsejó con la sabiduría de la inocencia: "Nunca pierdas la fe"... El abuelo Llegaron hacia el medio día. El calor era agobiante. Carlitos sentía el sudor resbalándole por la nuca...

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¿Albedrío o determinismo? ("Seguiré viviendo" 74a. entrega)

Ir a: La absurda prepotencia del adulto frente al joven ("Seguiré viviendo" 73a. entrega) El dolor me despertó temprano. La enfermera vencida por el tedio se había dormido en el sillón. En el piso estaban sus zapatos blancos; sobre el asiento sus piernas recogidas; sus brazos pegados al pecho, atrapando calor en la mañana gélida; y su cabeza flexionada, aproximando el mentón contra sus manos. Una frazada calurosa, pero mal...

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Yo profesor me confieso (4)

Ir a: Yo profesor me confieso (3) Capitulo cuatro Segunda Estación Escuela Bolívar Nueva Durante el periodo de vacaciones finales y unos meses más, a velocidades alarmantes construyeron un edificio de dos plantas, con catorce salones, vivienda para el profesor-celador, antejardín y patios para el recreo. Como llegaron muchos niños, nos trasladaron a casi todos los profesores de la casa vieja y de otras escuelas a la nueva sede de la nueva sede de la...

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Yo profesor me confieso (3)

Ir a: Yo profesor me confieso (2) TRES Los fines de semana en mi pueblo y en mi barrio programábamos competencias deportivas atípicas como carreras de carros con ruedas esferadas (las balineras o cojinetes que les quitan a los carros de algunas partes del motor). Estas carreras nocturnas, inspiradas en las películas con pandillas juveniles de EEUU, las realizábamos de diez de la noche en adelante y no dejábamos dormir a nadie. Hasta que nuestros los...

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Yo profesor me confieso (2)

Ir a: Yo profesor me confieso (1) CAPÍTULO DOS Continúa mi relato de lo ocurrido durante ese primer año de trabajo que fue el inicio de una larga marcha como educador. Con Oliva fue otro cuento; ella me dijo que era mi mamá en mi trabajo y yo le creí y me ofreció la casa y resulté viviendo en ella, la casa, no Oliva, pero igual yo no tenía privacidad; el hijo mayor de ella, que tenía mi edad y mi talla,  se...

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Cartas a una amante (9)

Ir a: Cartas a una amante (8) Éste soy, debes conocerme Éste que conoces, consentidor y tierno, también tiene en sus venas sangre en ebullición, savia indomable. Por eso me proclamo libre de amar y profesar afectos, amo de mi libertad y señor de la voluntad  que Dios y la naturaleza me entregaron. Por ella lucho hasta la muerte.  No me someto a las hipócritas reglas de los hombres, sólo atiendo a mi razón y a mi...

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Yo profesor me confieso

UNO Era mi primer día de trabajo. Salí de la Secretaría de Educación, de la capital de la República, con un papel en las manos que me decía el nombre de mi jefe y la dirección donde debía presentarme a trabajar como educador de la niñez; para mí, igual si estuviera escrito en griego, no tenía idea donde demonios podía quedar la susodicha escuela, había pasado los últimos seis años...

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La absurda prepotencia del adulto frente al joven ("Seguiré viviendo" 73a. entrega)

  Ir a: La igualdad ("Seguiré viviendo" 72a. entrega)«¿Dónde quedan los derechos de los niños? ¡Sólo faltaba que un vecino amargado con el recuerdo de una infancia miserable venga a arrebatarles la felicidad del juego! El vecino ofendido evitó la confrontación y con un golpe que estremeció el vidrio se alejó de la ventana y del alboroto que armaban los pequeños. Entonces supe que el quejoso sí había escuchado mi protesta. Sin inmutarme di la cara a los infantes y les guiñó el ojo en...

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