Por temor a la muerte se ama la vida (“Seguiré viviendo” 13a. entrega)

Entre la salvación y el sufrimiento (“Seguiré viviendo” 12a. entrega)

Con la enfermedad llegó el momento de las confrontaciones, de saber si la muerte era la misma presentida en la distancia que vista cara a cara. En medio de su aplomo, José vivía momentos de inquietud. La incertidumbre del trance y la eventualidad del más allá incitaban su curiosidad. La desaparición de la vida como si fuera un bien intrascendente ya no lo conmovía.

«No aborrecí la vida, tampoco afirmo que la amaba». Y era verdad; por ser un bien impuesto siempre la cuestionó. «No me agrada que el individuo nazca sin intervención de su voluntad, y menos que cuando ha aceptado la existencia y se ha acostumbrado a vivir, se le arrebate la vida de forma inexorable. Cómo me hubiera gustado expresar mi anuencia de venir al mundo». No le encontraba sentido a llegar a la vida porque sí, a la fuerza, sin proyectos; a buscar una razón a la existencia; a improvisar estrategias para soportarla y a obrar como un sobreviviente. Sopesaba la hostilidad y las dificultades, las tristezas y los sacrificios, y los hallaba desproporcionados frente a los gozos y las satisfacciones. «¡Y sin embargo la gente se aferra a la existencia!». Coligió que era más por el temor a la muerte que por amar la vida. Él en cambio se ufanaba de que con el mismo ánimo que aceptó la vida, se sometía a morir. «A la parca la incorporé a mi mundo, la armonicé con mis afectos y la volví mi aliada. La percibí como una fuerza redentora en los momentos de dificultad y hastío». La sentía una puerta de escape, un último recurso que lo volvía altivo en la dificultad, porque le permitía burlarse de la vida hostil. Pero no era más que especular, porque de antemano sabía que nunca de esa alternativa se valdría.

Dedujo que si la vida, el bien preciado, desaparecía como un desecho, ningún capital menor que ella merecía un mayor esfuerzo. Que si la vida no era trascendente, nada podía serlo en este mundo. Luego no debía sacrificar su vida por en pos de desmedidas ambiciones terrenales. Y fue coherente: ni poder ni fortuna fueron objeto de sus sacrificios. Abolió los esfuerzos estériles; se volvió enemigo de las normas impuestas por los mismos hombres para desagrado de sus semejantes; anatematizó los mandatos sin bondad evidente y suplicio manifiesto; buscó la satisfacción de sus sentidos; y se olvidó de tantos cuidados con su cuerpo. Asumió comportamientos de riesgo bajo la concepción de que el mayor costo era apenas adelantar la muerte.

De manera que fue la pugna con la muerte la que le enseñó a vivir, la que le simplificó el arte difícil de existir. Sin descuidar sus principios dio vía libre a sus deseos, se hizo proclive al placer, pero sin asentarlo en el perjuicio ajeno. Ahora a punto de morir pensaba que muchas satisfacciones inmateriales fueron trascendentes, pues eran en su último viaje su único equipaje. «Me marcho con la dicha de la gratitud y el amor que me profesan, reconocimiento enorme a actitudes sencillas, a palabras amables, a gestos considerados, tan elementales que nunca creí que se tasaran tanto».

Eleonora advertía esa serenidad: «Mi papá hace ver sencillo el proceso de la muerte. El dominio de sí mismo y su impavidez desconcertante hacen pensar que nada ocurre». «Hija, cuando la muerte llega en el momento justo se la está aguardando; no tiene razón el sobresalto». Aunque era cierto el argumento, en el caso de José se había anunciado en un momento vital de su existencia, no era el momento justo por lo tanto. Haber tenido cada día una reflexión sobre la muerte hasta convertirla en parte de la vida, era el auténtico motivo de su serenidad. «Morir es cuestión de tiempo, y se puede morir hasta sin haber nacido», solía afirmar resaltando su carácter natural y perentorio. Haber peleado desde joven contra ella ahora le servía para aceptarla. Y así fue con la vida, con ella también libró duras contiendas. La disfrutó, pese a considerarla una carga insoportable. «El nacimiento es la primera contrariedad del hombre, que tiene que inventarse una razón que le quite el tedio por la vida, y paradójicamente es el pavor a la muerte la razón buscada. Por temerla, el hombre se somete a existir, sin importar las circunstancias». Pero su ánimo alegre y sibarita desdecía sus expresiones, más aplicables a los demás mortales; pues en él parecían apenas el producto pasajero de sus desencantos. Pretextos para vivir los tuvo siempre; fueron sus pensamientos, el mundo que criticaba –que le daba en abundancia motivos a su pluma– y fue su hija. Nunca fue la muerte. Con razón decía Piedad: «Convencido como está de que el destino es contrario a nuestras pretensiones, para retrasar su llegada siempre dice que la está aguardando».

 

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