Sarcasmo con el arte ("Seguiré viviendo" 70a. entrega)

Ir a: El puritanismo y la absurda represión del placer ("Seguiré viviendo" 69a. entrega)

En el ambiente lleno de luz resonaba el murmullo de muchas voces que hablaban en forma reservada. Imaginé una iglesia antes de comenzar la misa, de pronto un teatro aguardando la función, acaso la charla que antecede la clase en un colegio. Esperé un súbito silencio y un anuncio. Pero el susurro continuó, y mis ojos aturdidos, soñando que despertaban de otro sueño, se fueron a la refulgencia acomodando.

Entonces vi corrillos de frente a las paredes, en torno a obras de arte que admiraban. Sin ser asiduo visitante de las galerías, estaba allí con Eleonora, criticando más que ensalzando la creatividad de los artistas.

«El arte abstracto poco me seduce», le explicaba. Y le enseñaba que el don apreciable de retratar con absoluta fidelidad el mundo perdió vigencia cuando inventaron la fotografía: «El artista, obligado a la objetividad, pudo entonces perderse en el laberinto de sus extraños pensamientos, expresándolos a través del pincel con un resultado totalmente impredecible. Tratar de interpretarlos puede exigir tanto esfuerzo como el de un psiquiatra por entender a un loco. Debo contarte que sólo supe que era Picasso un fenómeno de la pintura cuando descubrí obras suyas que plasmaban con fidelidad la realidad. Creí hasta entonces que era incapaz de pintar con más habilidad».

«De pronto sí –me respondió en un alarde de ingenio para congraciarse–, sus manos seguramente tenían el freno de su imaginación». Me reí dichoso con el apunte de mi hija. Era mi estampa. Convencido de que el arte expuesto me daba la razón, le señalaba con dedo censor figuras burdas con la cara en la espalda, perfiles con los ojos en el lugar de las orejas, narices en la frente y bocas en la nuca.

Pero cuando más posesionado estaba de mi papel de crítico implacable, el ruido de la cisterna de la habitación me despertó. Me regresó al presente. Me quedé pensando qué tan despiadado había sido con todo lo vigente. ¿Pero qué culpa tenía de que mis gustos se hubieran anclado en el Renacimiento? No sólo eran la pintura y la escultura; también la música moderna daba para mi ironía. Pero a diferencia de otros miembros de mi generación la toleraba; es más, como un adolescente disfrutaba algunas piezas. Porque no era cuestión de edad sino de gustos; de creatividad, no de generaciones. Los jóvenes de hoy componen como los jóvenes de antaño: cosas buenas, malas o mediocres. Creaciones de todas las épocas han sido la fuente de mis sátiras.

«Mi papá es sarcástico, pero no porque quiera hacer sentir mal a las personas, sino porque no logra contenerse cuando tiene un comentario agudo en la punta de la lengua», recuerdo que le dijo Eleonora a una amiga suya, disculpando esta crítica sobre sus gustos: «Yo tampoco me niego el goce de composiciones ligeras que resultan agradables. Porque la música puede resultar amena sin importar el esmero de quienes la componen. Hay obras simples cuya creación no requiere inteligencia mayor que la de un simio; lo que no quiere decir que su autor tenga un coeficiente intelectual tan bajo, sino que apenas requirió en su producción una expresión mínima de su inteligencia. Creo que pasa mucho con la música que te emociona. Me ocurre con la pintura abstracta, y me ocurrió –le dije recurriendo a mi ejemplo preferido– con las obras de Picasso. Imagínate que creí que no sabía pintar hasta que en su obra figurativa descubrí su maestría».

Definitivamente pienso que sin importar quien la ejerza, la crítica puede ser brutal... tanto como es de subjetiva. De hecho cree saber más que lo que sabe el artista de su propia obra; y el universo del arte y de las letras queda pequeño ante su lupa que todo lo sabe y lo domina.

Ir a: No existe el enamoramiento eterno ("Seguiré viviendo" 71a. entrega)

Luis María Murillo Sarmiento

 

Seguiré Viviendo“Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas.

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