Un final cercano ("Seguiré viviendo", entrega 84)

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Tengo el presentimiento de un final cercano. En sólo tres noches volverá la luna llena enfrente a mi ventana, pero mis ojos que siempre se perdieron buscando un efecto hipnótico en su silueta plena, probablemente ya no estarán para admirarla. Otro sueño los habrá vencido. Mi conciencia viene y va, me lleva de la realidad a las tinieblas, y de las tinieblas a una deliciosa somnolencia. Allí se confunden los recuerdos y el presente en una realidad inverosímil, que rompe la crudeza del instante lúcido.

Debo confesar que me esfuerzo para separar en mi memoria lo que vivo y lo que sueño. No quiero ser un loco que confunde con la realidad sus ilusiones y delirios. Al menos soy honesto al revelarlo. Hoy he visto una figura amable, de hábito negro, que tomando mi mano con afecto me hablaba en tono compasivo. Era como una sombra empeñada en ayudarme en el trance de la muerte. No era Javier, debió ser un delirio. No me he atrevido a preguntar quién era; temo que me digan que estaba desvariando.

Algo me dijo que hizo brotar de mi memoria mi niñez y mis primeras oraciones, mi primera comunión, las misas obligadas, mis pláticas con Dios. Entre las brumas del sopor se proyectó mi imagen: la del niño, la del joven, la del adulto, la del viejo; inocente, pérfido, arrodillado, altivo, sumiso, rebelde, contrito, desafiante, incrédulo, creyente. Me sentí en el «lobby» de otro mundo, pero tranquilo, a pesar de no saber qué me aguardaba. Pensé en la nada como la mejor de todas las opciones.

En medio de mi alucinación vi al sacerdote orar, lo sentí aplicar algo sobre mi frente, luego lo vi bendecir, doblar su estola y por último marcharse. Y en vívidas imágenes reproduje en segundos, como el casete que adelanta a velocidad apresurada, los largos y atiborrados años de mi vida. Si desvarío ha de ser porque pocos instantes me separan de la muerte. Tanta serenidad me asombra. Más lamentable fue el trance en que debí aceptar el fin ineludible a pesar de los arrestos de mi cuerpo. Pero vencida mi humanidad a punta de dolencias, no he visto en la muerte más que el fin del sufrimiento. Un sufrimiento que por demás es soportable. Nuestra naturaleza es sabia, agotado el combustible de la vida, la parca no se teme, se desea.

Por mi imaginación cruza la compulsión de ser espectador de mis exequias. Veo pasar un funeral, un funeral como cualquiera. Imagino mi cuerpo sembrado entre la tierra, pienso luego en mis cenizas esparcidas. Jamás me importó el destino de mis restos. Más allá... ¿Más allá? ¿Cuál más allá? El más allá es mi realidad más próxima. El más allá será en adelante el mundo que abandono.

Me figuro a Javier ante la concurrencia: «Estamos despidiendo al padre intachable, al hombre recto...»

No dirá que a un gran esposo, ni a un católico devoto, por más que se hable bien del difunto en todas las exequias. Que de mí se diga la verdad. Fui lo que fui: rebelde, hedonista, iconoclasta, crítico, fiel a mis ideas, amante de la libertad y atrevido en la defensa de mis causas. Poco importa el veredicto de los hombres, ya me toca acogerme a la magnanimidad de Dios. Quizás tuve el don de interpretarlo mejor que los demás mortales, sin apasionamiento, sin melindre y sin excesos moralistas.

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Luis María Murillo Sarmiento

“Seguiré viviendo” es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas.

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Seguiré Viviendo

 

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