Yo profesor me confieso (3)

Mi primer año como profesor transcurrió relativamente rápido y, a medida que me ayude la memoria iré intercalando los recuerdos; después de tantos años las anécdotas se confunden o se presentan repentinamente y como mi mayor virtud no es la paciencia infinita del Santo Job, en vez de hacer borradores para luego organizarlos, mejor escribo de un tirón lo que va apareciendo en mi cabeza. El marido de Oliva se llamaba Albeiro; era un señor que aparecía en la casa todos los días después de las diez de la noche y salía al amanecer; de vez en cuando no llegaba y la mujer, sin estarle preguntando, me contó en una de esas noches en las que se aparecía como un espanto en mi cuarto con una camisa de dormir transparente, sin nada debajo y una postura de vampiresa que, a veces, me daba ganas de reír y otras rabia por haberme despertado. Ella trataba de comportarse como una mujer seductora pero a mí, además de parecerme horrorosa, me frenaban los principios aprendidos en mi niñez: el respeto que me inspiraba por ser persona mayor y porque, aunque pasaron muchísimos años, nunca jamás pude pensar como compañera sexual una persona del sexo femenino con la cual hubiera demasiada diferencia de edad en cualquiera de las dos direcciones y ella tenía un hijo con dos años menos que yo. Ella confesaba treinta y ocho años, yo le calculaba cuarenta y tantos. Algunas veces se le notaba que había llorado y traía la cara hecha un desastre con el maquillaje que le resbalaba por las mejillas... bueno, es que también era fea, por añadidura y, para disimular, se echaba unas cuantas capas de maquillaje sobre la cara y sombra en los ojos, asemejaba un mapache o algo similar.

En la escuela sólo tenía una compañera llamada Lola, excelente como persona pero impensable como pareja, según mis gustos. En algún momento se encaprichó un poquito conmigo y, como yo no tenía nada que perder, me dejaba querer, lo malo es que ella pensaba en serio por su crianza y todas sus buenas intenciones se reducían a llevarme donde el cura. Esto duró muy poco tiempo, las cosas se aclararon y durante el tiempo que compartimos el mismo espacio educativo fuimos simplemente amigos. Lo cierto es que yo dictaba unas horas extras en los retos libres en un colegio particular y allí había otra casadera con ganas de atraparme en el lazo del matrimonio, su nombre era Hermelinda y así de repulsivo como su nombre era su presencia; claro, la pobrecita no tenía la culpa; su ventaja sobre Lola era que gastaba como Dios manda y del campo me traía lo que podía porque, según las costumbres de su pueblo, la salud se mostraba en un cuerpo rollizo y rozagante, ella, según ella misma, estaba muy flaca. Yo me dejaba querer de ambas y me excusaba en mi timidez invencible; al final todo quedó en cero porque como amantes ninguna nanay nanay. No es que me creyera un Adonis si no que ninguna de las dos encajaba en la imagen ideal que me había forjado desde el internado, a esto se suma la experiencia directa con mujeres de la vida en los tres años que le colaboré a mi padre como cajero del restaurante y cobrador donde las vagabundas. Esta es otra historia... Mientras tanto, se presentaron en mi vida otras dos mujeres en la casa de Oliva y, como suele suceder siempre, en la vida real, la que yo deseaba y quería me hizo sufrir de amor hasta ponerme a tiro de suicidio., la otra botaba pelota pero no me atraía.

El primer año tuve un curso masculino; a partir del segundo año todos los cursos y colegios donde laboré fueron mixtos. En una de las geniales innovaciones del gobierno dejaron de utilizar este término y decidieron darle un nombre ambiguo que no dice nada y terminaron llamándolos colegios integrados. Cada reforma educativa, que poco o nada reformaba, le cambiaba el nombre a las instituciones. Por el año en que inicié labores pedagógicas se nombraban con el horrible nombre de "concentraciones escolares", a mí personalmente me traían a la memoria los campos de concentración del odiado Hitler; después designaron escuelas a las instituciones de primaria y colegios a las de secundaria; para acabar de confundir las cosas, cada director llamaba colegio o escuela el centro a su cargo y los más petulantes ponían colegio a su escuelita de dos cursos y en la vereda más lejana de la ciudad. Con el paso de los años apareció el "colegio integrado fulano de tal" (con los nombres de los personajes más disímiles), para no decir mixto; mucho tiempo después surgió el "centro educativo" distrital, departamental o nacional, dependiendo de su ubicación geográfica. Por lo general los estudiantes no se complicaban y llamaban a su institución el Coco (por Colegio tal...), y santo remedio. Durante el primer año jugué billar, ajedrez y tejo; por derecha me acostumbré al cigarrillo (esta costumbre la asumí desde el internado) y a la cerveza que fueron los únicos amigos fieles y permanentes en las buenas y en las malas, porque cuando uno transcurre la mayoría de los años que tiene en los mismos sitios, por lógica, se encuentra y comparte con las mismas personas.

Hoy estoy retirado del magisterio activo y a la distancia suficiente para no dejarme influir con las añoranzas de mi ciudad de origen y de la capital; desde esta distancia puedo decir que la mayoría de los amigos son unos hijos de puta. Cuando estuve en las buenas me sobraban las amistades y las enemistades; en las malas los amigos voltearon el culo y los enemigos se rieron y se alegraron, estoy seguro; lo malo, para ellos, fue que sobreviví y tengo todo el tiempo del mundo, mientras Dios quiera, para sacarme un poco de veneno que acumulé en el alma y que, gracias a mis capacidades, puedo plasmar en el papel en forma de novela para que cuando todo se publique y, de pronto, lo lean. Si tienen un poquito de inteligencia se podrán reconocer y si no les agrada verse retratados de cuerpo entero, tengo el recurso de la negación pues no van a aparecer con sus nombres y apelo a aquella frase tan utilizada por escritores: “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”.

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