Yo profesor me confieso (3)

Las partidas de billar o de ajedrez eran interminables con el viejo profesor Varón. El hombre poco y nada veía y para tacar tenía que acomodarse de mil maneras para poder medio ver las bolas y, sin embargo, jugaba bastante bien, por lo menos mejor que muchos mirones que tenían buena la visión y que disputaban con nosotros partidas de billar. En ajedrez era lo mismo, no veía las figuras y debía agacharse sobre el tablero con una lupa que le regalé, al comienzo demoraba más porque no la tenía. También fumaba como un preso y bebía café como para intoxicarse, solamente compartimos un año de labores; al tercer año pasé a la construcción nueva y él a mejor vida, bueno, no estoy seguro de la fecha pero recuerdo que falleció poco tiempo después de nuestra despedida y es que yo tengo la mala costumbre de no retornar a las personas ni a los lugares después de que me alejo, de manera que en mi caso pocos han sido los hasta pronto y demasiados los adioses; los juegos de billar perdieron su encanto cuando me hice amigo del matemático que vivía en la casa de Oliva, este hijo de buena madre era un tahúr en este juego de vagos, lo que significa que jugaba mejor que yo y que muchos otros y yo no quería volver a enviciarme; de manera que siempre escogía por compañero al viejo y casi siempre perdíamos, aunque nos dieran algunas carambolas de ventaja. Como a los dos meses de habitar donde la verdadera dueña de la escuela, llegaron a su casa, en las horas del medio día y con ánimo de tomar el almuerzo, dos profesoras que entraron a trabajar por esos días en otra escuela cercana y yo, como un pobre diablo, me enamoré de muerte de Jenny. Ella, como suele suceder en la vida, aceptó sin compromiso mi enamoramiento porque le aportaba un compañero de conversación al medio día y se dejaba atender sin corresponder a mis sentimientos. Mientras tanto Zully, como se llamaba la compañera, me echaba el ojo y, tal como en las novelas de amor baratas, yo quería a la que no me correspondía y rechazaba a la que se fijaba en mí. De vez en cuando salía con Jenny para llenarme de rabias, de amarguras y de deseos insatisfechos, hasta me dijo que era casada y su marido estudiaba en Alemania. Le escribí versos y la llené de mimos hasta que correspondió en parte, a mi amor; cuando terminó el año se marchó para siempre de mi vida. Pensé consolarme con Zully pero también levantó vuelo para siempre.

Bueno, en la gran ciudad perdí con demasiada rapidez los traumas y taras que traía de una educación severa y religiosa hasta la exageración, a la que estuve sometido durante la niñez y la adolescencia, de manera que, aunque joven y todavía inexperto, ya lograba dominar a ratos mi timidez. No valieron los tres años con mi padre; las mujeres normales no eran como las de los bares, cafés y burdeles. Con el paso del tiempo y según las malas lenguas no-solo no era tímido sino descarado, mujeriego y una cantidad de adjetivos que me resbalaban. Sin embargo de la calumnia y las habladurías algo queda y algunas mujeres, Gracias a Dios las menos atractivas, huían de mí como de una enfermedad contagiosa; otras, las más, se hicieron mis amigas, al principio por pura curiosidad femenina, a ver si era cierta la fama y permanecieron durante muchos años a mi lado hasta cuando las circunstancias, o los hombres de su vida, las alejaron en forma definitiva de mi lado y esta es otra de las razones por la que no puedo dar nombres propios al citar anécdotas, existen gran cantidad de machos latinos celosos que no comprenderían que lo que pasó o pudo pasar ocurrió en un lejano pasado cuando ellos no se conocían y, en la mayoría de los casos, no tenían la menor idea de que el otro existiera; algunas más, creo que se molestarían porque alcanzaron un punto en la escala social que, tiempo después, en algún día de encuentro, con sus flamantes marido, hijos y carro siguieron de largo como si saludarme les hiciera daño; no las culpo, sus complejos por los recuerdos de ratos felices en mi compañía o la intimidad compartida eran peso enorme para poder soportar nuestras miradas; en fin, los buenos entendedores entenderán y cada uno que se rasque sus propias ronchas.

Casi olvido incluir en esta primera etapa de mi vida docente a la Señora Blanca de Pedraza. Bella persona y aguantadora como ella sola, trabajaba en la escuela como celadora y aseadora por un salario ínfimo. Lo soportaba porque vivía en la misma casona, con su esposo, dos niñas y un niño; como no debía pagar nada, ahorraba lo del arriendo y el pago de servicios. A cambio, debía aguantar los cambios de humor de la patrona (Oliva) que le ordenaba como si fuera esclava y la amenazaba con quitarle la vivienda si rechistaba, Doña Blanquita tenía un problema enorme con nombre propio: Eduardo, su hijo; un desventurado mocoso de nueve años que tenía el demonio metido entre el cuerpo y hacía cuanta maldad le han atribuido las generaciones a los infantes insoportables, desde que existen datos escritos. Sus dos hijas eran el reverso de la moneda. Eduardo era tan de mala calaña que estudiaba en otra escuela, para mi fortuna porque estaba cursando el tercer curso. Las hermanitas también, no por desastrosas si no porque la escuela era masculina. La señora era un alma de Dios, lo mismo puedo decir del señor, que casi nunca estaba en la escuela, por razones laborales. Eduardo terminó mal; supe que lo habían asesinado en una de tantas situaciones en que se metió cuando mayor de edad.

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