Yo profesor me confieso (4)

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Capitulo cuatro

Segunda Estación

Escuela Bolívar Nueva

Durante el periodo de vacaciones finales y unos meses más, a velocidades alarmantes construyeron un edificio de dos plantas, con catorce salones, vivienda para el profesor-celador, antejardín y patios para el recreo. Como llegaron muchos niños, nos trasladaron a casi todos los profesores de la casa vieja y de otras escuelas a la nueva sede de la nueva sede de la Concentración Escolar Simón Bolívar.

En este año comencé a trabajar en la jornada de la tarde, de 12:30 a 5:30 PM. Durante este año comencé a darme contra el mundo por meterme en lo que no me importaba. Fui el alcahuete número uno de Oliva, y permití que ella me manejara como se le diera la gana. Me prestaba dinero y lo cobraba a lo cerdo cuando llegaba el cheque de la paga. Igual hacía con otros profesores, incluido el negro Losada. Esta estación duró  dos años,  1969 y 1970. Conocí a la mayoría de maestros y maestras de Fontibón porque por esas fechas éramos pocos y todos los años los directores de las pocas escuelas celebraban el día del maestro en un club, dividiéndose los gastos, en un salón comunal con música que llevaba un señor Reina que, hasta hace tres años todavía vivía.

Mi tercer  año de trabajo en el edificio nuevo pasé de trabajar todo el día a sólo la jornada de la tarde, que significa, en términos colombianos, de doce y media a cinco y media de la tarde. Allí pasé dos años entre oscuro y claro y no digo esto por los negros que trabajaban conmigo, Un chocoano, Buenaventura Díez y un caucano de apellido Rivera que enamoraron a las dos profesoras jóvenes y atractivas con las cuales compartíamos la tarde, Cecilia y Cilia. Me gustaba la primera pero tenía clavado en el corazón el desamor de mi primera traga pedagógica, paralela a mi primer enamoramiento de adolescente con una chica llamada Lola, que no es la misma profesora y que me mandó a los profundos infiernos con su desamor, lo mismo que Jenny. Y de la simple atracción no podía pasar al enamoramiento, era más fuerte que yo y la sensación de tristeza y amargura con las mujeres me marcó durante mucho tiempo.

Oliva fue nombrada la directora de la tarde; por la mañana era un tal Diego Guzmán que jamás me cayó bien pero que vivía en la misma edificación en unos apartamentos que construyó el estado para que habitaran profesores que, al mismo tiempo, fungían como vigilantes y se ahorraban el dinero del alquiler en otra casa; pues el susodicho era tío, no sé si carnal o político de la que después fue la diva del cine y la TV colombianas, Amparo Grisales, que por la época era una niña mucho menor que yo pero, desde esa época una mujer sensual y excitante; es posible que hoy ella lo niegue, lo cierto es que pasó algunas temporadas en la vivienda de su tío que no era de él. Oliva, la directora no la iba mucho con Diego y cada jornada funcionaba como un ente independiente. Las tardes eran eternas y me aburría esperando la hora de la salida para irme al billar con mis amigos de barrio o para el centro de Bogotá a realizar mis recorridos solitarios por territorios prohibidos que conocí con mi padre o por culpa de él y que me ayudaron a sacarme del cuerpo y del alma el amor de Lolita, mi gran amor juvenil que me marcó y aún recuerdo. Los niños eran diferentes a los de los dos  años anteriores, mejor dicho todo era distinto y, para ser sincero, añoraba la casona vieja que veía a la hora de los descansos por la parte trasera del edificio; esta casona vetusta duró varios años desocupada y se convirtió en guarida de mendigos, ladrones, drogadictos y otros especímenes de la fauna humana dejados de la mano de Dios; a decir verdad fueron dos años sin pena ni gloria que transcurrieron en el letargo de las horas de la tarde pensando en el amor perdido, los noviazgos de ocasión, la rabia de la impotencia ante los desmanes de Oliva y otros profesores y la eterna lectura de los libros que han acompañado mi vida. Mirando por encima de la tapia las paredes ruinosas y descascaradas recordaba el año transcurrido con ese curso tan lindo que fue el primero de una serie interminable de estudiantes de todas las clases y niveles sociales porque quiero decir que compartí mis horas de pedagogo con niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos y los mal llamados niños especiales. En el sector habitaban familias que se encariñaron conmigo y, las mujeres de esas familias hicieron más agradables mis días interminables en muchas formas: amistad, ternura, cariño, de vez en cuando sexo, y estaban los del barrio, jóvenes iguales a mí pero dependientes de los padres; aunque tenían más poder adquisitivo no disponían a discreción del dinero que recibían de sus progenitores porque debían repartir las mesadas en transporte, comida, gastos universitarios y demás, a cambio sus padres les soltaban las llaves de los carros y permitían que hiciéramos fiestas; para ser sincero a mi esas fiestas me aburrían porque cuando las cosas comenzaban a animarse (según mi punto de vista), las niñas tenían que irse para sus casas, además, siempre iban acompañadas por un hermanito menor o por la tía fea que me acomodaban y es que, estaban convencidos de que yo no levantaba nada. En parte no se equivocaban pero lo que pasaba era que yo había escogido los caminos torcidos de la diversión y prefería el sexo fácil que aprendí con mi padre en las cobranzas donde las prostitutas y las muchachas de mi edad me causaban sobresaltos y no sabía cómo actuar con las chicas “normales”.  A esto se agregan las entregas de afán que me obsequiaban las hermanas mayores de mis alumnos o sus familiares sin gracia, todo debido a mi timidez; yo compartía ese sexo fácil y sin compromiso porque aliviaba mis tensiones y me alegraban las tardes frías y solas. Hoy caigo en cuenta de que mientras ellos bailaban con una sola y a duras penas llegaban a besarla (hablo de los años sesenta en Colombia) yo me comía las de mi mala vida con todas las de la ley; en las fiestas  sus amigas se reían de mí y sentían conmiseración y en los bailes, de vez en cuando me sacaban a bailar como si fuera una obra de misericordia y nadie sabía que yo tenía más hembras y mas relaciones íntimas con mis mujeres perdularias  de las que ellos pudieran tener tal vez en toda su vida. La timidez no me dejaba campo para las mujeres del mundo normal y durante toda la vida me acerqué a las mujeres humildes que me aceptaban como amigo, compañero o amante sin dobleces.

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