INDIGNADO POR AVERSIÓN

Siempre y, ahora, nos negamos a llamar nuestra realidad con su verdadero nombre: en vez de guerra hablamos de conflicto armado de más de 50 años, y los guerrilleros (grupos armados de extrema izquierda) son bandoleros para el ejército, que hay que combatir en sus cambuches; y los paramilitares (grupos armados ilegales de extrema derecha) son autodefensas, que les permiten a los hacendados volver a sus fincas a seguir explotando a la clase obrera campesina. Es así como el colombiano corriente se ha acostumbrado a la injusticia, a ver cómo la impunidad es la respuesta al sacrificio de sus mejores hombres que dejaron huella (Gaitán en 1948; Galán en 1989, etc.) y el asesinato de civiles inocentes clasificada para la historia como “el escándalo de los falsos positivos”.

VIOLENCIA

 

De un tiempo para acá, crece el núcleo de la violencia, vemos, cómo más colombianos se adhieren a ella de las más distintas maneras: el mafioso y el sicario, el guerrillero y el paramilitar, el delincuente común y el fortuito ladrón callejero que asalta para subsistir. En la actividad económica y política triunfan la trampa y la maturranga. La corrupción en la clase dirigente es el delito de cuello blanco de los que se llaman así mismos padres de la patria.

La corrupción se ha vuelto el pan de cada día… es como una enfermedad vírica: no respeta raza, género, religión o condición social. Puede enredar a cualquier persona en cualquier posición: solo se necesita una conciencia ligera y ganas de hacer el cohecho. La mayoría de los colombianos, todavía nos negamos a ver el infierno en el paraíso que se ha construido en nuestras mentes del país del “Sagrado Corazón de Jesús”. Por eso no concebimos la idea que Colombia, esté en el top de los países más violentos del mundo.  

 

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