La actitud frente a los criminales*

No concibo que los criminales anden a sus anchas y la justicia sea frágil ante ellos; que hombres de bien sean sometidos por la escoria de la sociedad.

Veo la historia de Pablo Escobar, y otros que se le asemejan, y no entiendo como la sociedad los dejó llegar tan lejos. Si les hubiera dado muerte a tiempo -de todas maneras iban a terminar sin vida- no habría padecido el país tantos dolores. Y no es que se los ejecuta por maldad, es por necesidad, porque no puede la sociedad vivir amedrentada por el temor a sus atrocidades.

No acepto que el criminal tenga derechos, ingenua presunción del ejercicio teórico del derecho y de la ética: con debilidad no se enfrenta a los bandidos.

Ante tanta debilidad y negligencia del Estado, en que la impunidad campea, entiendo el valor de la justicia por la propia mano. Y no es un sobresalto instintivo precipitado por la conmoción de un suceso criminal. No, es un razonamiento que siempre me lleva a las mismas conclusiones: si la sociedad quiere sobrevivir y recobrar la calma tiene que obrar con severidad con sus malos elementos. Tiene que deshacerse de ellos.

Bien lo hacen las autoridades en nombre de quienes representan, bien lo hace la sociedad directamente.

¿Y un médico, me preguntan, hablando de exterminio? Penosamente sí. Una cosa es mi posición frente al paciente, que disminuido por sus dolencias demanda humanidad, y otra la postura frente a los autores de conductas viles, seres no débiles, sino altaneros, que no precisan la sensibilidad del médico, sino la firmeza de un custodio, el arrojo de un ciudadano dispuesto a la batalla en defensa de los principios que defiende.

Y si en la conducta humanitaria del médico cabe la cirugía radical para extirpar un cáncer, con mayor razón se justifican las cirugías extremas en la sociedad para extirpar sus lacras. Cuando el criminal no tiene remedio -redención- debe extirparse. Y en países como Colombia y México los criminales no tienen redención.

Aunque lo pienso sin apasionamiento, y creo ciertas todas mis deducciones, no deja de inquietarme la severidad de las acciones. Es entonces cuando quisiera escuchar a Dios corroborándome que es lícito y debido el ajusticiamiento de los causantes de graves e innegables daños, no como castigo -que mucho se parece a la venganza-, sino como erradicación de un mal intolerable.

Luis María Murillo Sarmiento MD

* Este texto que pertenece  a uno de los capítulos de mi próxima novela, lo he puesto en boca de uno de los protagonistas, pero palpita tanto el pensamiento del autor en su líneas, que he querido difundirlo con nombre propio y sin evadir la autoría.

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