La igualdad de la mujer y los atavismos religiosos

Que la mujer pueda acceder a las más altas dignidades no debiera ser noticia en el mundo occidental, sin embargo los medios de comunicación han destacado el que el Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra haya aprobado el principio por el que ellas pueden ser obispos. Justa determinación que se adecúa a las corrientes dominantes, que con toda razón proclaman la igualdad entre los sexos.

Desde 1994 pueden en aquella comunidad las mujeres acceder al sacerdocio. Pero más que esa, es el riesgo de escisión de la Iglesia Anglicana y la reacción del Vaticano la verdadera primicia informativa. El Vaticano encuentra en tal decisión un serio obstáculo para la reconciliación con esa iglesia. Anuncio propio del oscurantismo medioeval –defensa de ideas irracionales y retrógradas- que es a pesar de todo una noticia fresca.No encuentra uno motivos valederos para que la mujer sea discriminada por las religiones. Porque realmente todas de alguna manera las segregan. Podrán existir rabinas en el judaísmo y pastoras en el protestantismo, pero existen con la fuerte oposición de las alas radicales (ortodoxas).

Ni para qué hablar de la mujer sometido en el Islam y no, al parecer, porque el Corán les arrebate sus derechos. La discriminación surge en la mitología judeo-cristiana desde la misma creación de Eva, forzada a nacer de una costilla. Suceso menor  al de la creación de Adán, hecho a imagen y semejanza del Dios que lo formaba. Tal vez por ello no prevaleció Lilit (primera mujer de Adán en las leyendas del  folclore judío) creada de igual forma que Adán y en acto simultáneo. Lilit apenas es mencionada por Isaías en el Antiguo Testamento, y como bestia. Y Eva tiene el destino que todos conocemos: la perdición del hombre y de la especie. Hecho que nada tiene de real, pero en el que sustenta el aborrecimiento de la más encantadora de todas las criaturas, aquélla por la que el que hombre pierde el paraíso.

Así llegan sometidas todas las evas hasta las tinieblas medioevales sin saber siquiera si realmente tienen condición humana. Cierto o no que en un dudoso concilio del siglo VI fuera motivo de debate la existencia de alma en la mujer, lo incuestionable es la inaudita inferioridad de la mujer en aquel tiempo. Las mujeres en occidente ya han conquistado la mayoría de sus derechos. No hay mente racional que no los reconozca. Por eso admira que en la defensa apenas de una tradición intrascendente –no será si nunca ha sido- la iglesia se los niegue, Que no hubo entre los apóstoles de Jesús mujeres está por demostrarse, de haber sido así, tampoco sería una razón justificable. Sana y justa es la igualdad de la mujer y el hombre. Tan malo es el feminismo desbocado como el machismo clerical que soporta mi protesta. El hombre que tanto la disfruta no puede por otro interés aborrecerla. En buena hora la mujer está conquistando el puesto que por méritos le corresponde. Atrás van quedando los tiempos en que al macho se le entregaban en pos de su sustento.

La educación y el trabajo son las herramientas con las que deben apuntalar su independencia. Sobran las ‘leyes-atajo’ que la privilegian por cuestión de sexo, sanas son en cambio las normas racionales que les reconocen su capacidad y su talento. Mientras la ley les confiera oportunidades sólo por ser mujeres, tácitamente las seguirá teniendo por inválidas; en realidad las seguirá discriminando. Y concluyendo el tema, pienso que los movimientos reformistas terminarán por imponerse. Son un alud incontenible, que no resistirán los fundamentalismos que de por sí suelen carecer de argumentos sólidos que los sostengan.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

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