Requiem por un poeta

"Inmortal no es el que no se muere sino el que vive para siempre"

Su paso por el mundo fue fugaz. Su viaje por el  universo de las letras dejó un legado inmortal.  En vida se llamó Carlos Héctor Trejos Reyes. Oriundo de Riosucio, Caldas, Colombia, la tierra del “Carnaval del diablo”, por más señas, hizo presencia en este planeta en un lapso comprendido entre el 7 de noviembre de 1969 y el 11 de septiembre de 1999, se fue con el siglo y con el milenio. Dejó tres libros para sus lectores y una serie de ensayos relacionados con todo lo que amaba. Su patria chica, como un homenaje póstumo, creó el concurso de poesía que lleva su nombre: “Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes”.

Sus versos son directos,  referentes a cosas cotidianas, sin adornos retóricos, plenos de elocuencia y de esa fuerza interna de las obras que aparecen para perdurar en el recuerdo. Dice Henry Luque Muñoz, en el prólogo de su libro OBRA INÉDITA (Selección) que son cerca de 600 poemas el legado de este joven poeta; y que la escogencia no se dio por cuestiones de calidad (que todos sus poemas la tienen) sino por el gusto personal de quien seleccionó los poemas. Su obra incluye: 1- Al filo de las palabras 2- Escritos desde la amnesia 3- El lenguaje de los abandonados 4- Cambio de escenario 5- Falso palpitar 6- Hay circo para todos 7- El último consejo 8- Poema con nombre de mujer 9- Poeta de la nada.

Algunos seres nacieron para marcar hitos en la historia; muchos fueron incomprendidos en su momento… y también después; son esos rebeldes que van en contravía, a pesar de los contratiempos; el caso no es actual, siempre se ha dado y siempre habrá quien contradiga los parámetros. En este panegírico quiero referirme únicamente a los poetas, y no a todos, sólo a los jóvenes que se metieron en la cabeza cambiar el mundo y se estrellaron contra este. Como la lista es demasiado extensa, citaré unos pocos de los que se marcharon antes de llegar a los cincuenta.

La lista es extensa; muchos han querido transformar el planeta  con las palabras, mejor, con sus versos pero estos son algunos de los incontables que se marcharon demasiado temprano, igual que nuestro poeta de Riosucio: José Asunción Silva 1865-1896 (31 años), Charles Baudelaire 1821-1867 (46 años), Paul Verlaine 1844-1896 (52 años), lo incluyo porque fue el amante del que sigue y casi lo da de baja en un arranque de celos,  Artur Rimbaud 1854-1891 (37 años), Edgar Allan Poe 1809-1849 (40 años), Rubén Darío 1867-1916 (49 años) Gustavo Adolfo Bécquer 1836-1870 (33 años) César Vallejo (Para algunos el poeta peruano más grande de todos los tiempos) 1892-1938 (46 años), Gonzalo Arango 1931-1976 (45 años), Eduardo Cote Lamus 1928-1964 (36 años) Jorge Gaitán Duran 1924-1962 (36 años). Valga la muestra para decir que  la marcha prematura de Carlos Héctor no es un caso aislado en el mundo de los soñadores, en especial los poetas. Por supuesto, otros inspirados vates vivieron muchos años.

Algunos se ayudaron para adelantarse a la Parca. No hablemos de suicidio, digamos que no quisieron alargar su vida más allá de ciertos términos y le quitaron trabajo a la huesuda. A nuestro poeta una enfermedad le arrancó la vida a una edad muy temprana pero comparte con todos los anteriores rasgos comunes. Todos dejaron una obra que se expresa por ellos, aunque algunos no alcanzaran eso que llaman inmortalidad. Dejemos que hable el poeta que motivó este escrito; van de muestra dos  de sus poemas más cortos, de esos que se leen en pocos segundos y perduran en el recuerdo:

SIN TITULO

Lleno mi habitación de caracoles
Para escuchar el mar
Pero sólo escucho el silencio

 

CASTILLO DE ARENA

No te desmorones,
Podrías acabar de confundirme,
Las paredes ya son pocas
Para apoyar mi espalda
Y se acaban las direcciones
En mi mapa de extravío.
Mira las astillas que pierdo con el tiempo
Mira en el camino cuántas
Podrían formar mi existencia –difícil tarea
Para un restaurador de sombras-
Si cada sombra me roba una parte de ser.
Si me vuelvo más solo que mi soledad.
Necesito tu arcilla, no me temas
No soy el viento que te desfigura,
Yo sólo camino por el desierto.

Los habitantes de Riosucio podrían decir muchas cosas más de lo que estoy exponiendo; claro que sí, la mayoría lo vieron nacer, crecer, compartieron los salones de clases, lo escucharon en vivo y en directo en los Encuentros de la palabra, ya famosos, de su pueblo natal. A mí llegó esa belleza oculta de sus poemas de mano de uno de sus coterráneos, Fernando W… y, desde los primeros versos que pasaron por mis ojos me atrapó. El muchacho es mágico, cada línea me habla de algo que veo todos los días, que palpo, que respiro; la diferencia con otros innumerables hacedores de versos radica en la manera que lo dice, en esa belleza escondida que convierte un poema en obra de Arte perdurable.

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