Sabiduría del silencio - Elogio de la mujer en su mes

Mi madre solía levantarse todos los días antes del canto de los gallos. Tenía la costumbre de adelantarse a la vida, como toda madre. Sólo así pudo criar cuatro hijos y mantener vivo el recuerdo del hombre que había amado, mi padre.

En la época cuando mi padre todavía estaba vivo, mi madre aprendió la manera de ser mamá haciendo de su destino un cuenco donde rebosaba ternura. Esa fue su mejor escuela. Había llegado de golpe a la felicidad, ilusionada por la promesa del amor, siendo tan joven que el día del matrimonio el cura la confundió con una niña recibiendo la primera hostia de Cristo. A partir de ese momento cultivó los actos del corazón, porque las palabras, según dice, se las lleva el viento. Por eso suele callar ante los sufrimientos o las alegrías, para que el alma no pierda la sabiduría del silencio.

A los dieciséis años cambió los cuadernos por los biberones, las muñecas por un bebé de carne y hueso, el placer individual por los desvelos del hogar. La recompensa de esa épica conversión es tener la certeza de estar actuando según los principios del amor, así el amor no tenga memoria para agradecérselo.

Muchos años después la vida de mi madre no ha cambiado. Aún traiciona el sueño en las noches aguardando la llegada de los hijos, riñe con el destino para que el mundo tenga su trocito de felicidad, pacta con Dios bendiciones para sus seres queridos, dialoga con la soledad los términos de la muerte. 

Mi madre no tiene computadora para dirigir el futuro pero carga los buenos recuerdos en el lugar más próximo al corazón, asuntos que sólo ella entiende porque intuye que ser mujer es un invento del Ser Supremo para demostrar que Él sí puede hacer cosas buenas por los hombres, así nosotros no siempre nos percatemos de ello. 

La historia de mi madre es testimonio del milagro oculto detrás de cada mujer. Ellas estudian, ríen, trabajan, lloran, al igual que cualquier hombre. La diferencia es el amor colocado en cada acto.

Comentar