Un caso para abochornar a la justicia

No creo que sean hechos que sólo ocurren en mi patria porque la insensatez es una condición universal, -bien dijo Einstein que solamente el universo y la estupidez son infinitos-, pero si fuera así, con facilidad se explicaría que sea Colombia un manantial  inagotable para el realismo mágico que ha tenido en García Márquez a su mejor representante.

El “paseo millonario” es un delito que une la extorsión con el secuestro. Ocurre cuando la víctima inocentemente toma un taxi y los salteadores –el conductor entre ellos- la sorprenden y retienen hasta que desocupan sus cuentas bancarias en un periplo de horror e incertidumbre por los cajeros automáticos. Entonces, y si ha colaborado, recupera su libertad la víctima. Otras modalidades que también existen, poco cambian la esencia de lo que estoy contando.

Pues bien, el jefe de una de estas bandas -que llegó a estar entre los delincuentes más buscados- por fin fue capturado. Y es aquí donde comienza el realismo sorprendente. La orden de captura había expirado, y como es más importante el documento que la praxis, se consideró que había que soltar al delincuente. Pero armonizando la tramitología con la cordura, a alguien se le ocurrió que la solución estaba en expedir con prisa una orden nueva. Pero cuando ya se tenía, se dieron cuenta de que no podía anteceder la captura a la orden de captura. En conclusión, había que dar libertad al delincuente. Con viveza la autoridad lo dejó ir, e inmediatamente, de nuevo, lo retuvo. Pero como epílogo de este relato breve, el juez le dio la razón al malhechor: había alegado en su defensa que fue presa de una trampa, porque sólo lo habían dejado alejarse cinco pasos cuando lo capturaron. Se le violaron sus derechos, fue la interpretación de la justicia. En definitiva quedó libre.

El sainete da para reflexiones preocupantes. ¡Cómo es posible que no prime lo esencial sobre la forma! Y que se enrede la justicia con leguleyadas negligentes que dejan a ciudadanos inermes en manos de la delincuencia. ¿Hay diferencia en la práctica, pregunto, entre una decisión socialmente nociva  aunque amparada por la ley, y un prevaricato? En este caso ni siquiera valió el testimonio de las víctimas que fueron llamadas para identificar al secuestrador y extorsionista.

Le faltó decisión a la justicia. Un criminal no se somete a autoridades vacilantes. Quien ostenta el poder debe ejercerlo. Considero cuestionables los derechos de quien a los demás se los violentan. Es cínico creerse en posesión de un privilegio que uno no respeta. Las faltas intencionales y perversas implican riesgos que no puede desconocer quien las comete. Toda consecuencia para el infractor es previsible, la debe tener entre sus cálculos. El criminal que se siente a salvo de ellas no sólo perpetúa su accionar indebido sino que se vuelve más osado. La sensación de inferioridad y de impotencia es disuasiva. Cosa diferente ocurre con la que magnanimidad que se puede tener con el delincuente arrepentido, dado que no es la venganza el objetivo al administrar justicia, sino prevenir el delito y poner a la sociedad a salvo.  Por eso la impunidad y la justicia ineficaz pueden llevar a que la víctima la ejerza por sus propias manos. Así surgieron, por ejemplo, los grupos paramilitares en Colombia.

 

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO.

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