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A esa otra mujer

No hay mares tan azules como aquellos que tu vergüenza y timidez ocultan.
¿Cómo  puede un desierto amarse con el mar?
No disimules, no estás dormida, no juegues más con mi tristeza.
Deja de ser mujer, no engañes,
yo te conozco, tienes los únicos ojos de vacío infinito
y el alma blanca como el Sol...

Guárdame esa bahía,
donde las barcas lloran como hombres si no se hacen al mar...

¿Dónde se oculta, marchita, tu alegría?
¿Dónde has guardado tu veleta, la que llevó tus aires hacia el Nuevo Mundo?
¿Dónde dormita la lona de tus velas?
¿Quién te cuida, quién te quiere, quién te robó la risa?
¿Quién sabe, quién me puede decir donde mueren tus hombres?
¿Quién te ha dejado al margen de la Historia?
¿Quién olvidó las madres que amamantaron héroes?

Tú no eres un fango, tú hiciste el Mundo antes de que lo fuera...
Mirando al horizonte, olivo tras olivo tras olivo tras olivo,
de tus pasos tienen los campos solitarios, el olvido...

El Sol de luces las fachadas blancas,
en calma y soledad el tiempo, dormita el mosto, la bodega en penumbra,
ojos de primavera de una mujer...

Triste poeta, inconsolable, al que le faltan las palabras para cantar,
para decir, cómo es la única mujer donde el amor
sembró caminos entre arabescos zurcidos en claveles,
amores y muertes que perfuman el hierro...

De ti,  ¿qué se puede escribir que no esté escrito?...
No sé, tal vez tu pena, tu abandono, tus risas obligadas...
No sé...
Oscuridad perdida, nocturnas candelas, en rincones con ángulos de luces,
amor sembrado entre piedras de río que alcanzan a las rejas...

Calles que estrechan como la juventud al tiempo;
una guitarra que al aire canta, rasga y estremece,
una cigarra, un vuelo triste de paloma,
una palabra en la garganta agazapada...

Después de todo, arriba, del Universo al fondo,
allí, en la Plaza, besando cielos,
unas campanas cuya música escapa cada hora para alegrar la brisa...

Siglos y siglos dejan un día atrás, llega la noche para cobijo de tristezas...
Te acuestas, se va a dormir la Historia de Occidente...

Hay una mujer que ve fundir la nieve entre claveles,
en la que junto a la montaña se oye cantar al Sol,
donde empieza un futuro y mueren las historias,
al tiempo de las lágrimas de un hombre...

Allí, los gnomos de los tristes cuentos
descienden hasta el llano y luego crecen casados con las rosas....

 

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