Asesinato

Tremendo lío el que se ha armado,
Al frente de mi casa, frente a mi portón.
Una pandilla con otra se ha agarrado,
La policía los observa desde lejos,
No se atreven a intervenir.

Son las doce de la noche,
La luna la escena iluminando está.
Brillan los cuchillos y cadenas,
Las manoplas y palos vuelan de aquí allá.

Un rumor sordo se escucha,
Sobre las groserías que se gritan.
Sobre el clamor de los heridos,
Y son golpes carnosos, golpes secos.
De repente, un tiro se escucha.
Su explosión penetra la oscuridad.
Atraviesa al tumulto,
Y un pandillero muerto al suelo va a dar.

De inmediato
La pelea se suspende.
Los unos y los otros,
Mirando el cadáver con estupidez están.

Y a diez pasos del cuerpo exánime,
Un joven de veinte años,
En sus manos asesinas,
El arma sosteniendo está.

Todavía con el brazo extendido,
Apuntando al cuerpo que en el suelo está.
Sin ver que la pelea se ha detenido,
Sin saber que la policía a él corriendo está.

Porqué después del odio que sentía,
Ahora el vacío lo llena a rebozar.
Nada ve ni nada siente,
Tan sólo lo llena el cuerpo del hombre
Que muerto por su mano está.


Su primer asesinato,
La primera vez que una vida logra quitar.
Su jefe tal vez esté orgulloso,
Más él a si mismo se quiere matar.

Y levanta la pistola con lentitud,
Mientras que la policía a él intenta llegar,
Pero al ver que levanta el arma,
Se detienen y le apuntan prestos a disparar.

Los pandilleros de él se separan.
Algunos echan a correr.
Otros se quedan como estatuas.
Ni siquiera se pueden mover.

Y el joven con lentitud,
Levanta el arma hasta la cabeza.
Mira el cuerpo por última vez
Y sin vacilar el gatillo aprieta.

Una segunda explosión,
Seguida por el silencio de la muerte.
El cuerpo del joven,
Se desploma lentamente.


La policía mira asombrada,
Aquel acto desquiciado.
Nadie puede creer
Que todo aquello ha pasado.

Los pandilleros se alejan lentamente.
Desaparecen ocultos por la oscuridad.
No queda más que uno.
Uno que junto al cuerpo arrodillado está.

La policía un poco se alegra:
-    ¡Por lo menos a este vamos a agarrar!
Y se lanzan tratando de rodearlo,
Para no permitirle escapar.

Más el pandillero no se mueve.
Mirando ora uno, ora al otro cuerpo está.
Y las lágrimas escurren por su rostro.
Llora en silencio,
Sin que su cara muestre que llorando está.

Y cuando por fin la policía lo tiene.
En un solo gemido,
Él expresa su pesar:
-    ¡Un hermano ha matado a otro!
Y ahora sí, rompe a llorar.


Y la luna, conmovida por el pesar,
Se oculta tras las nubes,
Y la oscuridad, lo envuelve todo,
Con un manto que nada deja pasar.

Y yo, también conmovido,
Por la escena que acabé de presenciar,
Escribo estas líneas
Para que nadie las pueda olvidar.

Recordemos que cuando asesinamos,
A nuestro hermano la vida cegamos.
No importa si es de otro color,
Sino profesa lo mismo que nosotros profesamos.

Todos hijos somos de un mismo padre.
Y eso es lo que nosotros olvidamos.
Debemos dejar a un lado las guerras,
Los odios mutuos y las venganzas.

A nada bueno todo ello conlleva,
A pesar de que decimos que todo es por el bien.
Entonces, así como asesinamos por la patria,
También asesinamos por poder.

Como asesinamos por religiones,
También por la comida podemos asesinar.
Mejor dejemos vivir en paz al prójimo.
Ayudémosle y entendamos
Que todos somos hijos de un mismo ser.

viernes, 09 de junio de 2000

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