Del padre a su hija

Yo fui padre una vez y tuve una hija preciosa,
una hija que todo padre hubiese querido.
Tenía un cabello caoba como de lúcuma
Y unos verdes ojos como de gata.

Nos conocimos una noche cuando miraba al cielo
y ella desde arriba miraba a la tierra.
Nunca volví a ver a su fugaz madre,
nunca supo de ella, nunca la visitó.

A mis amigos de ambas les hablaba con ahínco
y ellos me miraban hasta incluso con burla:
un padre no preparado para un hijo no deseado,
como cierto cliché sonaba en una caja por ahí.

Mi hijita dormía a mi lado pero no me abrazaba,
me llamaba papá pero jamás mamá;
creo que ella le hacía falta porque soñaba.
Soñaba y soñaba mucho, no sé con qué y por qué.

A veces quería correr y buscar a esa hembra,
a esa mujer a quien jamás toqué
y decirle que mi niña ahora estaba aquí;
pues tenía miedo que soñando se la lleve de mí.

Yo la mantenía calentita y la velaba cuando dormía
y cuando despertaba la alimentaba y jugaba.
Comía, paseaba, miraba, dormía, existía.
Era el padre más feliz y ella crecía y crecía.

Si mi trabajo me apartaba sus abuelos la cuidaban;
yo llamaba y por el teléfono me hablaba.
Las oficinas por las tardes me secuestraban,
ella en las noches como su héroe me esperaba.

¡Ya llegó papá! ¡Papito, álzame!
¡Cuéntame que hiciste, papá!
¿Vamos a pasear en el carro?
Acompáñame a mi cama, papá…

Y la acompañé cuando de temperatura enfermó,
y cuando en su cuna doliente regurgitó.
La cargaba como mi bebita aún ya de grande,
me miraba y ya no preguntaba por su madre.

En el carro rodábamos por el mundo y ella manejaba,
miraba curiosa por la ventana y de todo me preguntaba.
Por el piso de la sala caminaba palpando y encontrando
y si la veía orgullosa su marcha me mostraba.

Un día que aún no olvido dejó de crecer y descubrir,
la vida me la quitó y convulsionando se la llevó.
Sus ojitos verdes aún lloraban buscándome
y yo en el cenit de mi paternidad la perdí.

Fue tan rápido que no pude como otras curarla;
su madre ni siquiera se inmutó en gemidos,
mi hija murió a los once meses de haber vivido
sin haber disfrutado ni una torta de cumpleaños.

Le dije adiós entre lágrimas que aún riegan la tierra
porque aún sigo siendo su padre pues fue mi hija.
Todavía me llama a la puerta entre maullidos,
ronroneando a la soledad para que la deje entrar.

(Del Poemario: Retrato de Familia)

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