El gato

El gato que perseguía su sombra al fin halló su cola desenvuelta y su cabeza inclinada a sus pies. 

El gato desaforado brincaba, hasta nunca llegar al cielo, nunca gato llegues al cielo – le decía cuando afilaba sus garras – y el gato, las blandía metálicas, y de sus ronquidos salían historietas de vida como del ruido de una fábrica de sueños. 

Mientras sus bigotes hincaban a la luna, se estiró por todo el horizonte y volvió hallarse en su propia sombra. 


Ahora eres un gato navegante, el mar tiene que ser de leche para verte de marinero, en la noche que hace de papel de regalo. 

El gato que observó de cómo los objetos empequeñecían en la órbita de sus pupilas, corrió las cortinas de sus ojos para no dejarnos salir de ahí.

 

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