Josefa

Hoy un ángel en el cielo lleva impresa en la frente
la huella del último beso que le pude dar.
Es mi madre que hoy es luz eterna
que ilumina el firmamento con su risa franca.
Presa del dolor y la orfandad
con mi dolorido corazón le busco y llamo.
Josefa, la eterna luchadora
aquella que fue voluntad, fuerza, coraje
la de los tamales inigualables y los pasteles de chocolate,
la que tejía suéteres con gran maestría para arroparnos en el crudo invierno.

La de las chácharas y los detalles,
aquella de los antojos y las bromas.
La de las coca colas escondidas y los mil enojos cada día.
La que con sus lágrimas lavó el sendero
por el que avancé sin merecerlo.
Con ella se fueron mis mejores años
la seguridad de la mano generosa
que siempre estuvo dispuesta a aligerar mi carga.
La amiga, confidente, compañera de compras y tardes de café.
La abuela malcriadora a quien sus nietos, hoy,
desconsolados lloran
¡Se fracturó mi raíz! ¡Se trozó mi vida!
Sé que debo seguir a toda costa
porque soy de ella que fue entereza pura.
Debo volver a ser parte de esta vida
que me depositó en su seno un día
como quien siembra una semilla por pura ociosidad
y luego arranca el tronco que de ella nace con genuina crueldad
dejándola marchita y seca sin piedad.
Más, nunca será un adiós el que nos preceda
seguimos juntas solo que en distintos planos:
ella, feliz en el cielo
y yo sin ella, aquí en la tierra.
Se acabó el aroma dulce de su nívea piel
nunca más el timbre recio de su voz
exigiendo respeto y buen comportamiento
diciéndome adiós al salir de casa.
Cuántas lágrimas debió llorar por mi causa
tantas risas que se quedan grabadas en mi memoria,
las travesuras diarias, su vulnerabilidad evidente,
los berrinches de niña cada vez más frecuentes, ahora entrañables.
Se fue nuestra Josefa con la rapidez de un suspiro
se queda sin pan la mesa
sin calor cada rincón
sin su esencia el jardín
pero su recuerdo no se va, ese, me lo quedo yo.
Adiós Josefa, ahí te encargo la mitad de corazón que te llevaste bajo el brazo
y que ahora me provoca esta sensación de hueco eterno y un dolor angustiante
que no perecerá nunca como tú.
El único consuelo que me queda es saber
que cuando me toque partir a mí también
serás tú quien esté a mi lado
dispuesta a llevarme de la mano como siempre
para mostrarme el camino que conduce hasta Dios.
Padre nuestro que estás en el cielo...
¿por qué te la llevaste?
Pero quedan las marcas de sus huellas en este suelo
que ahora no tiene sentido
porque es parte de esta casa que hizo y rehizo
con entrega y trabajo incansable a pesar del dolor,
de los tragos amargos, de las penas ahogadas,
de su débil corazón.
Y sin embargo, jamás una queja, nunca un lamento...
Josefa, la de las raíces fuertes,
la de ramas altas y difíciles de alcanzar
pero de flores dulces y verdes hojas
cuya sombra fue siempre un remanso de paz.
Hoy, Josefa es eternidad, luz divina, pasión inextinguible
un espíritu que jamás fallecerá otra vez ante mis ojos...
se fue, escapó de mí.
Me dejó vacía, perdida, en medio de una oscuridad atroz.
¡Josefa! Nuestra Josefa de carácter recio,
de ideas firmes y valores cimentados
la que peleaba por la justicia
y se enfrentaba con valor a sus adversarios.
Se fue sin más la madre idolatrada
dejándonos su ejemplo, su recuerdo dulce,
el camino tapizado de mil flores, tantas, como las que
puestas a sus pies en aquel último adiós tan triste y doloroso
le acompañaron como símbolo del gran amor que siempre tuvo a su alrededor.
Las inagotables lágrimas que causó su partida,
el dolor sincero por haberle perdido sin remedio...
Mi madre gloriosa y franca, la esposa fiel y entregada,
la abuela cómplice y traviesa, la hermana amorosa y solidaria,
la tía cariñosa de alegrías constantes.
Se quedan con nosotros tus flores sembradas y cuidadas con anhelo, ese esposo amado
por quien lo diste todo y a quien cuidaré con devoción y celo a partir de ahora,
tus animalitos fieles que aún sufren por tu ausencia.
Pero me queda aún fe y esperanza
tu recuerdo eterno y mi cariño,
las ganas de seguir peleando
para que allá arriba te sientas orgullosa
de esta hija que tal vez no te merecía
y por ello te llora más.
Cada tarde al sentarme a escribir
desde mi ventana te miraba podar tus rosales,
regar esas plantas a las que tantos cuidados prodigaste,
acariciar a tus amados animales.
Hoy, se me hace difícil sentarme ante esa ventana otra vez
porque solamente tendré la certeza de tu ausencia
Aunque no...No estás ausente
Puedo sentirte si así lo deseo, puedo olerte en el ambiente
puedo cerrar los ojos y verte riendo otra vez.
Pero también puedo escucharte ¡Sí! Te escucho con claridad:
-"No es suficiente. Sigue escribiendo, sigue intentando. ¡Tú puedes dar más"
Entonces escribo aunque las lágrimas no me permitan hacerlo bien, pero sigo adelante por ti
Josefa. Por ti. Siempre por ti

Elena Ortiz Muñiz

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