La playa


Navegar sin rumbo, remar sin descansar ayuda a siempre recordarte, a inspirarme en los recuerdos.

A inspirarme en la piel de tus rosadas mejillas, matizadas por la luz del astro sol una tarde de verano a principios de un enero cualquiera, en una playa desconocida por el mundo.

Remando bajo la oscuridad de una sonriente y tenue luna de septiembre; iluminado constantemente por la luz proveniente de tu sonrisa, situada a la distancia, en una playa a orillas de una ciénaga.

Me inspiro en el espejo de agua que refleja tu rostro cuando asomaste para observar el suave y delicado nadar de los pequeños peces que se encuentran debajo del bote; en tanto, el sol apresuraba, en su afán, para iluminar tu estado de niña curiosa.

Me he inspirado, para lograr seguir, en la arena de una desconocida playa, de una desconocida ciénaga, de un nunca conocido lugar, donde dejaste las huellas de tus pies descalzos mientras corrías, en emocionante persecución, detrás, a un lado, debajo, de una fluorescente mariposa color amarilla.

Me he inspirado, en soledad, durante una taciturna noche veraniega, recostado al fondo de mi embarcación, observado las estrellas, que algún tiempo atrás, miraste en adonis serenidad.

Me he inspirado con entusiasmo, en tu silueta recostada sobre la arena; en el viento huracanado que llega desde tus pulmones; en tus piernas morenas que intentan abrasar mi cintura, al igual que una serpiente de su presa.
En tus manos, deseando abrir mis espaldas con agresivos arañazos de hembra en celo.

Me he inspirado en rutinario recuerdo de tu cuerpo postrado de nalgas sobre la arena de la playa, mientras reflexionas en el matiz rojizo del atardecer.

Me he inspirado, en el contralto de tu voz, que ronda en con las brisas locas, que van de aquí para allá, de allá para acá con melodía enamorada de esas canciones que entonas, en tu soledad, en algún lugar de la playa. En esos momentos insignificantes y mundanos. En tus ojos en bosquejo de almendra. En tu nariz delgada y pequeña; En tus cabellos de color rojo y de muchos risos que caen sobre tus hombros; en tus labios rosas desiguales, pulcros y perfectos; en tu rostro simétrico.

En la delicada piel de tu mano derecha sobre mi mejilla izquierda. En tu mirada fijada en mis labios, en tanto, te cuento todo respecto al día que pasé.

Sin saber, en realidad, que lo mejor por hacer, luego de partir cada mañana en la playa era pesar en ti. Y al final de todas las jornadas, navegar en dirección de tu cuerpo postrado de nalgas sobre la arena observando el arrebol. Complaciendo a las pequeñas olas impulsadas, cada vez, más fuerte para mojar tus pies e informarte que pronto llegaré.

Me inspiró con recelo, en las aguas que acariciaron tu cuerpo desnudo. Es tus firmes y morenos senos. En las aguas que mojaron tus cabellos y, luego, se deslizaron en gotas besando tus mejillas. En las aguas que abrazaron tus anchas caderas. En las aguas de esa ciénaga que obtuvo el sabor dulce de tu ser cuándo en ella entraste a nadar.

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