La tierra de amantes

Sus dedos aun olían a sexo
y su sexo aun olía a extranjero.
Su boca sabía aun a boca…a esa otra boca.
Su lengua nadaba aun esos mares exóticos
y esos mares exóticos aun sumergían su cuerpo al compás de recuerdos fantasmales.
Su piel llevaba aun impregnada tactos ajenos.
Su corazón aun latía en esa compleja y melódica danza de palpitares tan común en la tierra de amantes.
Sentía ahora cada pliegue, cada grieta, cada hueco.
Conocía ahora cada rincón de su corteza.
Pensaba ahora sentires que lo descolocaban.
Y su pecho, anclado a la tierra de amantes, era ahora un vacío que crecía con cada milímetro de distancia entre su piel y la de ellos.

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