NOCHE DE DIFUNTOS

EN UN LUGAR muy lejano… en una pequeña ciudad los niños no nacen dotados de una inteligencia ya determinada, sino más bien con potencial intelectivo; crecen relegados, preteridos, mal comprendidos o incluso desdeñados por las personas que a ellos mismos tanto les importa: los adultos.

 

El comportamiento de esta la sociedad adulta es egoísta, sin forma, y a la vez, multiforme; en ella no rigen los principios que se denominanvalores y que resultan ser el pilar de la sociedad y la forma de actuar de sus ciudadanos: actúan como criaturas de pesadilla que se nutren del dolor y el miedo. Sus víctimas favoritas los niños y adolescentes.

 

En esta comunidad crecen los párvulos; olvidados y negados a las técnicas necesarias más sutiles y complejas para organizar los informes que le proporciona los sentidos. Su éxito, ya no dependerá de la capacidad organizadora adquirida con su experiencia temprana; sus habilidades serán exiguas que no les servirán de base para sus posteriores dotes.

 

Lo anterior, sería la introduction de un cuento cruel que podríamos titular  “Lasociedad adulta y los niños olvidados”

 

Lo cierto es que desde impúber me guasta la literatura de terror, también llamada gótica, tiene como elementos esenciales y característicos la aparición de seres sobrenaturales. Existen muchos autores que han incursionado en este género añadiendo a la tradición literaria nuevos elementos, estructuras, formas y temas que convergen en un solo camino: el terror. Otra característica esencial es que infunden el miedo psicológico entre sus lectores.

 

Cuando era un niño, muchas noches los oía de mi madre leerme en voz alta cuentos de animales, hadas,  tradicionales y aparecidos cuando me disponía dormir en mi lecho. Comenzaba siempre diciendo: “No sé qué fue lo que me despertó” “Había una vez…” “En un lugar muy lejano…” “Erase una vez…” “Hace mucho tiempo…” “La gente cuenta que…”  “Jamás conocerá nadie con certeza todos los detalles del caso, pero he aquí el relato…”

 

Cuando visitaba su finca en vacaciones de fin de año a mi abuela paterna; menuda de cuerpo, de ojos color azabache y flotante melena plateada; después de hacer en el día todo género de rudos trabajos más propios de hombre que de mujer; hacía que nos sentáramos en la cocina alrededor del fogón de leña para oírla narrar con su parla el  variado repertorio de innumerables cuentos populares. Siempre le preguntábamos por su retentiva prodigiosa para memorizar, y la capacidad para rememorar en un momento dado los cuentos tradicionales recopilados en su memoria durante muchos años.

 

Ella, Orgullosa e independiente contestaba, que toda su sabiduría y el arte de narrar cuentos; la había aprendido en su juventud de manera empírica cuando había trabajado como ordeñadora de vacas, en la finca del “Buen pastor”.

 

De aquellas tantas elocuencias verbales de mi abuelita; recuerdo  por ejemplo el cuento de “la niña de los aljibes”. Comenzaba así: Hace mucho tiempo trascendió la historia en una finca no muy lejos de aquí; accidentalmente se había caído en la profundidad de una cisterna de agua potable, una niña de tan solo seis años.

 

Que después de darla por desaparecida; encontraron sus restos en la profundidad del aljibe. Lo más impresionante del relato es lo que la gente cuenta: que pasado las seis de la tarde el espíritu vagabundo de esta niña, se aparecía a las personas que estaban cerca a los pozos a esas horas; pidiendo agua.

 

- ¡Dame de beber… tengo sed!    

 

Luego ¡Mi abuela, concluía! Por esta razón, en las fincas donde hay cisternas, nadie quiere acercarse a estos, pasado las seis de la tarde para evitar encontrarse con el alma en pena de “la niña de los aljibes” que las ronda. 

 

Mi primer cuento de aparecidos lo escribí en verso para el profesor de español de la escuela. Me inspiro, una noche de llovizna persistente que caía por el ventanal de mi alcoba. La ciudad a oscuras, porque la luz se había ido por fallas eléctricas. La soledad de mi cuarto en penumbras y el frio intenso calándome los huesos.

 

El miedo comenzó a invadirme y con él a fluir la introducción  en verso del siguiente cuento:  

 

Hoy, no voy a contar
sobre hadas, duendes
y aquelarres que penden
de la noche para salir
de sus huracos a vagar. 
 
Hoy, no quiero hablar
de druidas satánicos
que oran creando pánico,
aliados con sus huestes del mal
para aterrorizarnos sin piedad.
 
Hoy voy a contar la historia
sobrecogedora acontecida

una noche de Halloween;

en el panteón de un villorrio

escondido en las montañas

lejos de la gran ciudad.

Bordaba en el reloj

la medianoche
y entre la penumbra,

arduas siluetas humanas
salían de sus criptas.  
Eran cuerpos sin alma

que reunidos ¡marchaban!

clamando al unísono

un quejoso reproche.
 
¡Oh, Dios nuestro! danos la libertad.
Estamos sufriendo aquí en la tierra…
No queremos seguir siendo

esclavos del vudú y la magia negra.

 

¡Queremos estar contigo en el cielo!
 
En ese instante, un relámpago rasgó  
la opacidad de la noche perpetua
acompañado de un estruendo...
Aquellos seres inhumados de la noche,

fueron cayendo como fichas de légamo;

uno a uno aniquilados, sobre el yerto suelo.

 

¡Dios había escuchado sus lamentos!
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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