¡QUÉ TURBIÓN EN BOGOTÁ!

 

De pronto la parsimonia pasmosa de la tarde soleada; era interrumpida por el inusitado desbarajuste natural de relámpagos y  retumbantes truenos; producto de las descargas eléctricas entre las níveas  nubes arrolladas, por el ímpetu mágico del dios de los vientos “Eolo”. Un eco ensordecedor fulgurante trasciende fragoso, por las cumbres de los cerros orientales, hasta la agitada ciudad.

 

El panorama vespertino de un cielo azul a plenitud se desplomo trepidando, volviéndose  sombrío  e intermitente en lontananza. La deidad del dios Zeus, “el hacedor de la lluvia” extendía raudo sus brazos en la concavidad ocre de la tierra; manifestando su poder en aquel turbión cotejado de aquilones. Su presencia benévola de  radioso milagro, la rememora con ansia loca los desiertos áridos y desnudos;  las sinuosas riberas de los mares; cauces y torrentes; el follaje de los bosques,  y la flora marchita del olvidado campo. 

 

El cielo encapotado desfoga por doquier sus lágrimas perláticas de intensa lluvia. Las primeras gotas que caen, levantan polvo en calles y avenidas… mojándolas. Hasta mí llega el susurro monótono pleno de dones de la lluvia, lamiendo persistente los cristales del ventanal de un cuarto piso de mi oficina… Siempre pensando, me levanto discretamente de la silla de mi escritorio y me asomo  inquieto a mirar, al través de los cristales opacos – ¡cómo llueve en la ciudad!- ¡cómo empapa la lluvia, anegándolo todo! Abro la ventana y siento la brisa fresca, húmeda, y respiro. Cierro los ojos y dejo que me embriague los sentidos. La lluvia es efímera y distinta; nunca es igual a otras lluvias que yo, he pasado. Es como el rio, no baja la misma agua por su cauce dos veces. Aunque parezca la mismay sus efectos sean los mismos en el mismo lugar de la misma ciudad. Las gotas de lluvia caen juntas mil veces. Semejan diamantes diáfanos rodantes y resbaladizos. Una con otra forma pequeños hilillos de torrentes incesantes, que resbalan en universal lagrimeo por la superficie plana de los vidrios.

 

La lluvia, además de ser un espectáculo mayestático, se vuelve un huésped molesto para los habitantes de las urbes. Porque a su paso  además de traer de nuevo la vida a la tierra; lo transforma todo: las calles y avenidas grises las convierte en peligrosos torrentes; los conductores de aguas lluvias negras y canales de casas y edificios, los atraganta; volviéndolos impetuosos y los desborda.  Afuera, la gente no caminan normal; sino que corren en tropel huyendo del inclemente tiempo por las aceras encharcadas, de aquí para allá, unos llevando paraguas otros sin él. Por los semáforos intermitentes o apagados; se presenta gran congestión por la infinidad de trancones en las vías, debido a la conmoción en la movilidad vehicular. Un fulgido relámpago de un rayo estrepitoso, cegó el fluido de energía eléctrica en gran parte de la ciudad. ¡De pronto, el recinto de trabajo quedó a oscuras! ¿Qué pasó?- pregunté sorprendido a mi asistente  y ella me respondió –solo se ha ido la luz, jefe- ¡Que vaina¡ - proferí- eso quiere decir, que hasta aquí llegó el trabajo en esta tarde “paramosa”

 

¡Todo es un caos cuando llueve! ¡Su presencia natural en la ciudad, es un cuadro de dolor por la mucha agua que cae; el frio y la extenuación colectiva! Afuera, veo llover y siento la lluvia estando dentro incólume. Cuando llueve parece que nunca más va a salir el sol en el cielo que está gris. ¡Llueve! Ante las dificultades puedo seguir mi vida y pensar inconscientemente: Llueve, yo sigo como si nada.

 

Dicen que Bogotá se atasca “porque llueve”. No es verdad. No es la lluvia la que atasca Bogotá, somos los bogotanos que respondemos de diversas maneras al agua que cae del cielo. Para unos enerva los sentimientos de amor; mientras que, para otros es algo natural sin precedentes que sirve para regar las matas y llenar los embalses. La lluvia a veces se pronostica que llega, y no llega; pero, cuando menos se la espera ¡llueve a cantaros! Estando fuera, esa lluvia de generosidad que nos brinda la naturaleza, desearía que fuera aliciente para la humanidad; limpiando el alma y el espíritu de egoísmo, y mezquindad.

 

En varias zonas de la ciudad se forman profundos espejos tembladores de aguas fugitivas haciendo imposible la movilidad. A lo lejos se oye el barullo de las sirenas en coro de las ambulancias; no tardan en pasar por el frente del edificio. Tal vez, hubo personas heridas obradas por algún accidente automovilístico, o  una inesperada calamidad en algún barrio del norte o el sur de la ciudad por desbordamiento debido al taponamiento de los sumideros con basura.

 

Esta vez, tuve la suerte de estar dentro del edificio mirando llover atropellado por los recuerdos y no afuera. Los días de lluvia me entristecen y  por eso no me gustan. Pero puedo conectar conmigo mismo, con la realidad, de que una sola nube puede contener varias toneladas de agua. Y ante esta verdad les pregunto ¿cuantas nubes hay flotando en la atmosfera? elabore usted una respuesta.

 

 I

La tarde inverniza declina nubosa y  fría…

En el solariego lugar de siempre del parque;

tremolando el poniente, convenimos vernos ese día 

al fulgor ardiente del paisaje, junto al estanque.

II

Los arrumacos fueron plegaria y fina melodía

 el concierto de cortejos; hasta que, volvió  a llover.

Los dos exhaustos bajo el temporal que caía;

al sonoro arrullar del turbión; emprendimos a correr.

II

Mi mano confundida de su mano delicada;

nuestros corazones latiendo fuerte acalorados;

buscábamos un lugar desértico para escamparnos.

III

Corrimos, nos  abrazamos y reímos enamorados.

Como aves emigradas llegamos a un “café bar”.

Allí, nos quisimos más, mientras la lluvia amainaba.

 

He dicho...

 

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