Quería navegar

Queriendo navegar más allá de los mares,
Construí un barco de madera fina.
Lo lleve con seguridad por el puerto marítimo,
Me embarqué en él hacia el infinito.

 Navegué por días, meses y años,
Busqué en vano en donde atracar.
El agua se agotaba con cada hora,
Los alimentos desparecían con la misma velocidad.

 De pronto, en medio del mar azulado,
Divisé una isla que la bienvenida me daba.
Puse curso de inmediato hacía aquel verdor,
Quería besar la tierra que emanaba amor.

Llegué en pocas horas al sitio de descanso,
Atraqué el barco y desembarque descalzo.
Caminé por la arena caliente en busca de un río.
No lo encontré y me di cuenta que estaba perdido.

 Más la fortuna me había sonreído un poco,
Rocío había en los árboles y palmeras con cocos.
Sacié con ellos mi sed que arraigaba
Y llené el estómago con cuanto la Naturaleza daba.

 Pensé que habría de quedarme ahí por siempre,
La isla me atraía, emanaba con amor celeste.
Pensé que Dios quizás aquel lugar habitaba,
Y me encaminé a la montaña, al alba.

 Subí grandes tramos de roca lisa,
Luché con los árboles y helechos que cubrían la vista.
Por poco caí en un precipicio,
Pero al fin llegué al pico y me di cuenta que era el inicio.

 Había un camino que desde el pico bajaba,
Tan largo era que su fin no abarcaba.
Me resigné entonces a caminar por él hasta su término.
Porque bajar equivalía a no desvelar el misterio.

 No sé el tiempo que me tomó recorrer ese tramo,
Pensé en todo, menos en lo que tanto había deseado.
Y cuando llegué al final y vi la preciada meta,
Alguien se plantó frente mío y me di de narices en la cuneta.

 Y ese alguien su pie plantó sobre mi cabeza,
Me dijo: “Muerto eres por atreverse a semejante destreza”.
Le respondí que bien podía darme por muerto,
Qué en el más allá lo perseguiría para ajustar cuentas.

Se rió el ser con risa desagradable,
Soltó mi cabeza y desapareció entre la nada.
Me levanté con ardor en todo mi cuerpo
Y me di cuenta que todo había sido un mal sueño.

 Había estado desmayado en medio del barco.
El sol había quemado mi piel sin descanso.
Mis labios clamaban por una gota de rocío,
Más no tenía yo ni una bota de vino.

 Miré desesperado tratando de saber donde me encontraba.
Tan solo el mal azul por doquier me rodeaba.
No había ni el leve atisbo de brisa en el aire,
Y las nubes desaparecieron dejándome a merced del astro.

 A lo lejos divisé la isla con la que había soñado.
Y me dije, ¡qué demonios! Recorreré lo que el destino me ha deparado.
Y dirigí mi barco hacía ese verdor que esperanzas daba.
Y desembarque en la playa cuya arena los pies quemaba.

 Busqué el rocío con el que había soñado.
Bebí de los cocos que las palmeras cargaban.
Me alimenté de lo que la Naturaleza, generosa, me daba.
Y dormí durante dos días mientras mi cuerpo descansaba.

 Me levanté al cabo de todo ese tiempo,
Sentía mi cuerpo débil como si en verdad estuviese muerto.
Miré hacía el pico con el que una vez soñara,
Y decidí llevar a término lo que en el sueño comenzara.

 Más no alcancé a siquiera dar el primer paso,
Cuando las nubes cubrieron el sol y una voz tronó de la nada:
“No te atrevas a caminar el tramo”, bramaba.
“¡Es una orden!”, clamó, mientras yo la ignoraba.

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