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En ese momento comprendí que los tanques, las balas que veía de noche cruzar el cielo de Managua, los cañones antiaéreos, las ocasionales explosiones cuando la ciudad era bombardeada, no eran un juego. Y que además, el trabajo que realizaban tanto mi madre como Benjamín, era peligroso. Que la muerte podría sorprenderlos a la vuelta de la esquina. Pero incluso a la muerte se puede llegar a acostumbrar, siempre y cuando ésta no te toque directamente.

Pasaron varios meses que se alternaban entre trabajos, bombardeos, balas, muertos, heridos y fiestas. Hasta ese momento, ningún ingeniero internacional había sido tocado de manera directa por el conflicto. Una tarde, sorprendí a mi madre discutiendo en la sala con Benjamin. Hablaban de trabajo.
- La instalación de la turbina va a ser en un lugar muy peligroso. - Decía él en tono firme. Los contras controlan esa área.
- Pero es mi trabajo. Yo inventé esa turbina y quiero supervisar el montaje, - respondía ella.
Yo iba a seguir de largo, pero la siguiente frase de nuestro amigo norteamericano me detuvo en seco.
- Tú tienes hijos, Larisa. - Dijo él. - No puedes arriesgarlos en esto. Si tú vas, te pueden matar. Es muy peligroso. Déjame ir en tu lugar.
- No puedo permitírtelo. - Respondía ella, airada.
- Yo no tengo a nadie y no tengo nada que perder. Tú tienes una familia que depende de ti. ¿Qué va a ser de ellos, si algo te pasa?
A regañadientes, mi madre aceptó la propuesta de Benjamin. Fue la última vez que lo vi con vida.

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