Hace ya unos años trabajé en una historia muy trivial sobre la vida de un ama de casa que rozaba la treintena. Beatriz, que así se llamaba mi personaje, era una bella mujer a quien la vida no parecía ofrecerle nada. Una de esas mujeres inteligentes, atractivas y femeninas recluidas en el hogar sin el menor resquicio de libertad por culpa de una prematura elección. De esas mujeres que han caído, quizá por inmadurez, en la red de un idiota machista que quiere manejar su vida como si de una insensible marioneta se tratase. Lo cierto es que como Beatriz me caía bien y, recordemos, el escritor soy yo y la historia me pertenecía, decidí que Ernesto, su marido, moría repentinamente de un ataque al corazón mientras hacía horas extraordinarias con su secretaria en la suite de un hotel. Beatriz entonces se liberó con la furia insumisa de una adolescente enamorada. Deseó viajar, conocer gente, tener una aventura, huir de su cárcel... ¡ vivir !. El problema surgió cuando con el devenir de mi relato, poco a poco y sin apenas darme cuenta, reparé en algo que hasta el momento me había pasado desapercibido. Beatriz era excepcional, casi perfecta; esa mujer que todo hombre desea conocer: joven, guapa, inteligente, capaz... Fue a partir del capítulo cuarto, creo, cuando caí en la cuenta de que estaba enamorándome perdidamente de mi personaje. A partir de aquel episodio en que Beatriz paseaba sola por el parque del Retiro vestida con unos ‘jeans’ ajustados, deportivos y una blusa blanca desabotonadatrevidamente, mi vida cambió para siempre.




