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Mi nuevo amor tenía un cabello castaño ondulado que le caía por los hombros. Era alta, delgada, perfectamente proporcionada. Poseía esos ojos color miel que uno nunca desearía dejar de contemplar y una boca grande y sensual enmarcada por unos labios carnosos que incitaban al beso incontrolado. La piel, suave, tersa y bronceada por el sol. Los brazos, largos y adornados por unas manos que eran poesía, con unos dedos infinitos y unas uñas perfectas. Su cuello, esbelto y elegante, conformaba la figura de una gran mujer esculpida íntegramente en mi imaginación.

Durante las dos siguientes semanas no imaginé para ella otra cosa que no fueran parabienes y felicidad. Construí para mi amada una vida estimulante y dichosa. Encontró gracias a mi pluma un trabajo estable, con buen horario y bien remunerado. Le hice intimar con un grupo de amigas con las que compartiría su vida, sus inquietudes y sus experiencias. Beatriz era feliz gracias a mí y yo no podía hacer otra cosa si no tratarla como merecía. Le compré bonitos vestidos y perfumes caros. Hice que cambiara de vivienda y sustituyera el pequeño apartamento del centro por un maravilloso duplex en un residencial de lujo a pocos minutos de la oficina.

Con el cabalgar de mi imaginación y la tinta de mi pluma había creado para Beatriz todo aquello que mi buen criterio dictaba. Lejos de ser un personaje de ficción, pronto se convirtió en mi musa, mi obsesión, mi amor platónico, la resurrección de mi aletargada vida tan llena de vacíos y carente de estímulos. Por las mañanas, en el trabajo, pensaba en ella constantemente. A cualquier hora y en cualquier lugar allí se encontraba acompañándome. Se convirtió en una especie de ánima que me seguía adonde fuera. Todas las noches, cuando mi mujer y mi hijo dormían, me entregaba con avidez al papel desnudo e iba dibujando con trazo firme y decidido una historia de amor no compartida que paulatinamente me comenzaba a superar. Me encontraba alimentando una ilusión, una relación etérea que sólo existía en mis pensamientos, en la mente de un escritor confundido; de un hombre atrapado por un mundo irreal creado por él mismo sin salida ni objetivo alguno. Poco a poco el tiempo transcurría así como mi obra, ya madura. Entonces aconteció un suceso que me conmovería extraordinariamente. La lógica evolución de la vida desfiló delante de mí como una pesadilla y mi amada, o mi personaje, se enamoró de otro hombre, con el que comenzó a salir.

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