En un principio pensé que podía y debía dominar esta nueva situación. Lejos de revelarme furioso, acepté el hecho con cautela, madurez y templanza. Traté de comprender con auténtico estoicismo y una gran serenidad que nuestra relación no tenía sentido alguno, que jamás lo había tenido y que además, en literatura, como en la vida, los finales felices son siempre pura fantasía. Pensé, ebrio de soberbia, que si el asunto se ponía muy feo yo nunca había dejado de ser el creador de mi relato, el dueño de mi historia, el guardián de mi secreto. Nunca sería tarde para poner punto y final a un episodio fracasado de mi vida. Así, decidí por un tiempo abandonar la escritura con el afán de poner en orden mis ideas.
Los siguientes días fueron terribles. Lejos de olvidarla, cada minuto que pasaba creía enloquecer pensando en lo que ella estaría haciendo. Echaba de menos su pelo, sus ojos, sus palabras, su compañía... pero, sobre todo, moría de deseos por conocer qué le estaba deparando su nueva relación. ¿ Sería feliz... ?. Seguramente ya lo habrían dejado. Al fin y al cabo Beatriz dependía exclusivamente de mí y todo el mundo sabe que en el amor tres son multitud.
Desesperado, enfermo de celos, una noche desempolvé de nuevo mi novela con inquietud e impaciencia, suplicando a un Dios en el que nunca creí me ayudara a encontrar la mejor solución a un problema que me tenía acorralado en el más cruel de los absurdos.
Es difícil para mí exponer los acontecimientos que se sucedieron a partir de entonces. Mi vida dio un vuelco de ciento ochenta grados donde se vieron truncadas todas mis ilusiones y sueños. Beatriz no sólo mantenía su noviazgo sino que vio reforzado su amor gracias a una mente enferma que luchaba ansiosamente por verla feliz a pesar de quebrar mi razón cada vez más, hiriendo profundamente mis sentimientos. Tal era mi pasión por esta mujer que a los pocos días, preso de una crisis de personalidad, caí gravemente enfermo y la relación con mi esposa y mi entorno social se deterioraron bruscamente. Con el paso del tiempo, mi mundo se consumía haciendo de mi figura un esperpento en vida, una imagen deforme, un boceto de hombre perdido en un espacio reservado a los demás.




