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No recuerdo con nitidez cuánto tiempo permanecí en este estado. Quizá varias semanas. Quizá meses. Pero un día, creo que en la celebración de mi treinta y dos cumpleaños, observando dormir a mi hijo en su cuna, comprendí que era el momento de bajar el telón de aquel dantesco escenario en que se había convertido mi existencia. Aún enamorado de Beatriz, decidí encarar la realidad con decisión, valentía y personalidad. Con esa personalidad que me volvió la cara tiempo atrás y que me hizo perder el juicio.

Hoy, en algún lugar del parque del Retiro donde tantas veces imaginé a mi personaje, se encuentran enterrados los folios de mi novela. Una historia inacabada, desnuda, desprotegida de todo final. Una historia abandonada a la suerte de un destino incierto donde en una ocasión mis fantasías se entregaron abiertamente a una gran mujer, tan irreal como encantadora, tan utópica como divina.

Hoy, debajo de cualquier árbol de ese maravilloso parque descansa escondido un pedacito de mi vida, un fantástico paréntesis de mi biografía que ahora ha enderezado de nuevo su rumbo.

Y si se observa de frente, tallado torpemente en su corteza, puede leerse entre mensajes de jóvenes enamorados, un nombre y una fecha: " BEATRIZ. 20 de Marzo de 1.992 ".

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