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 Una de las concesiones que también obtuve de ellos fue la siguiente. No quiero,-dije- que me vuelva a tratar ningún médico. No quiero que anden trasteando en mi cerebro, si estamos convencidos de que mi mal no tiene remedio, no existe razón alguna para que sigan satisfaciendo su curiosidad a mi costa, y con eso quedó saldado el asunto.


 El primér problema con el que me enfrenté estribaba en lo siguiente. No estaba acostumbrado a escribir, el hacerlo, era una de las causas que mas me molestaban. En varias ocasiones en que debía de llenar un formulario o enviar una misiva, acudía a una de mis hermanas para que lo hicieran por mí, sin embargo, estaba dispuesto a poner toda mi voluntad y mi empeño en mi cometido.


 Mis padres habían decidido sacarme de la última clínica donde estuve internado para que pasara los últimos días de mi existencia en mi casa, al calor y el amparo de los míos. Cosa que les agradecí desde el principio, dado que para llevar a cabo mis planes, necesitaba de un lugar donde pudiera dar rienda suelta a mi Mena creativa .La cuestión económica no era un problema para mis padres. Habían acrecentado la fortuna de mis abuelos en varias cifras,  lo que equivalía a que yo gozaba de una (inmerecida) renta mensual que me procuraba todo lo que yo deseba, dentro de lo normal, claro está.


Improvisé un escritorio en mi cuarto y armado de una vieja Olivetti propiedad de mi padre me dispuse a comenzar mi libro. Por principio, me dediqué a buscar y hacerme de toda la bibliografía necesaria al respecto. Visité las grandes librerías y los mercados de libros viejos para darme una somera idea de lo que estaba tratando de hacer, porque, había decidido que, si quería trascender después de mi muerte, debería de ser con algo que valiese la pena, y, sobre todo, la base primordial , como un reconocimiento a mis padres. Después de todo, ellos no tenían la culpa de lo que me estaba sucediendo.


 Al comenzar mi proyecto, fueron días y noches febriles dedicadas a mi tarea.  Como dije antes, si en forma manuscrita se me dificultaba la escritura, los problemas se multiplicaban con el uso de la máquina.


Me hice de un libro de esos de –Aprenda Usted Mismo Mecanografía- lo que me llevó varios días con sus noche a practicar en forma exhaustiva el citado método que, para ser sinceros, no me sirvió de nada, me tuve que conformar a escribir con dos o tres dedos para tratar de avanzar en mi cometido, y, para ser sincero también, he llegado a dominar el teclado de la máquina como todo un virtuoso, lo que no ocurría al principio.


Al cumplirse mi primer mes de trabajo, apenas había conseguido llenar veintidós páginas. Hay que tomar en cuenta que, cuando algún texto no era de mi agrado, desechaba la hoja por completo y volvía a intentarlo. Mi voluntad no cedía, ¡Tenía el tiempo encima! Quería realizar un trabajo impoluto, un trabajo digno de mi denodado empeño. Sin embargo, a mediados del segundo mes comenzó a dominarme el tedio y el cansancio, cosa que yo atribuía a mi estado de salud. Tenía que buscar una solución a ese problema y, por fortuna la encontré. Tomé la costumbre de salir de mi casa por la mañana y deambular durante todo el día, comía cualquier cosa en cualquier lado y por la noche retornaba  fortalecido y ansioso por continuar con mi tarea. Sin embargo,


 otra cosa que me distrae en mi cometido, (aunque ya debería de haberme acostumbrado) es la infaltable presencia de la Muerte en mi habitación a la hora que estoy escribiendo.

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