Sólo, engullido por la densa obscuridad de una noche siniestra y fría, me negaba a aceptar su pérdida, velando su llegada ya casi por inercia.
Algunos minutos después, mis pulmones quedaron vacíos y mi corazón se detuvo al reconocerla. Descalza, más que caminar parecía estar flotando al ras del suelo. Llevaba puesto el camisón blanco de seda, que secó el matiz rojo de nuestro primer encuentro, su primera vez. El pelo le caía en avalancha sobre el hombro izquierdo, acariciándole por encima los pezones rozados, grandes, gordos y redondos, finamente translucidos por la liviana tela de su bata vaporosa. Su piel brillaba refringente, por el barniz exánime de la luz que nos derramaba la Luna.
Inflamado por la pasión, abrí los brazos a su encuentro, y ella me correspondió estirando los suyos, en señal de amorosa correspondencia. Su carita redonda lucía la candidez angelical y sonrojada de nuestro primer beso. Cerré los ojos, retuve la respiración, junté los labios, y dispuse todo mi ser para compartirle el beso más dulce de nuestras vidas.
- Debes irte ya - dijo una voz de varón, ronca y fuerte.
Al abrir los ojos, descubrí delante de mí a un hombre moreno, como de unos cuarenta años, robusto, de estatura pronunciada y uniformado de policía. Empuñaba al aire un tolete con el que me hacía señas para que me retirase del sitio.
- No puedo, ella está aquí, la acabo de ver - respondí, confundido, sin haber salido totalmente de mi desconcierto.
Mi voz se deshizo en un nudo que cortó mi garganta y los ojos se me hincharon de lágrimas. Después de tanto esperarla, aquel infame, sin la menor cortesía, nos interrumpía.





