- Aquí nada más estamos tú y yo - replicó en tono elevado y tajante- , pero si quieres ve a esperarla en tu casa...
Miré hacia todos lados buscándola, pero no la encontré.
- Te vas a casa a esperarla, o la esperas en la cárcel - insistió aún más serio, señalándome al pecho con el garrote.
No tuve otra opción que retirarme. Paso a paso, lentamente, mientras lo hacía miré otras tantas veces, con los mismos resultados.
Cuando alcancé la salida, el reloj de la Iglesia dio la primera campanada del nuevo día. Una brisilla tenue me salpicó el rostro con su fragancia, la misma que le obsequié el día en que partió. Volteé al parque buscándola, pero sólo reconocí al guardia asechando mi retirada. Comprendí entonces que la espera no fue vana, porque ella regresó. Por segundos la tuve frente a mí, sobre la visión falseada del policía. Cumplió su palabra, vino a despedirse...




