Pero antes de marcharse
pidió permiso a don Correa,
para ir por ultima vez
a visitar la cantera.
Y camino detrás del cerro
y bajo por la cañada,
y allá junto al arroyo
unos ojos lo observaban.
Alfonso le sonrió
y el jaguar muy lentamente,
se perdió en el tupido monte
con serenidad sorprendente.
Y fue entonces a despedirse
del capataz de San Miguel,
pero antes de partir le dijo
que debía hablar con el.
VII
“señor le debo confesar,
que tenia usted razón,
y entiendo que ha volado
mucho mi imaginación”.
“esta mañana anduve
recorriendo aquella zona,
y me di cuenta enseguida,
que me engañaron las sombras”
“lo que aquel día yo vi
a distancia junto al arroyo,
solo eran ramas y flores,
moviéndose junto a un tronco”.
“Las ramas eran oscuras
y las flores amarillas,
con el viento se meneaban
cual animal en la orilla”.
“Perdone mi estupidez
es que soy muy fantasioso,
si me quedo un tiempo mas
de seguro veré hasta osos”.
“Por eso es que me regreso
de nuevo a la capital,
de seguro allá habrá algo
en que me pueda ocupar”.
Y tras una despedida
se marcho Alfonso enseguida,
dejando atrás intereses
de su profesión en la mira.
Lo mejor que pudo hacer
fue disimular su hallazgo,
y rogar para que nadie
vuelva a encontrar esos rastros.
Y que así dejen tranquilo
al ultimo sobreviviente,
el solitario jaguar,
el ultimo de su especie.
Fin.
Jorge Luis Caraballo.
Mayo, 2002




