El perro, demasiado chico para cuidar pero lo justo de grande para jorobar, había violado su guarida entre los sillones y se fue por allí, sembrando el desastre. Quebró mis botellas de cerveza, regó los archivos académicos de mi consorte, volteó la cesta de la ropa, mordió nuestros interiores, se trepó en la cama, arañó las almohadas, defecó los zapatos a la puerta del baño, precisamente donde tiró nuestras toallas e hizo tres lagos amarillos, regó jabón de lavar por todos lados, mordió el cordón eléctrico de la televisión, tiró el abanico y la radio al piso.
De sus usuales y repentinos transes histéricos, yo conocía de sobra los umbrales anímicos de Sonia; cuando se ponía así era un estado irreversible, el raciocinio moría, saltaba el estro a la cabeza y punto. Esa misma noche el perro durmió en la cochera y chilló más que nunca; pero a punta de golpes, con mi mano adormilada se acostumbró a hacerlo.




