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La cochera estaba peor que la sala en sus peores tiempos, una sopa de orina con excremento. Cambiar los periódicos, que sólo usaba para la menor, recogiendo la número dos en crudo del suelo, era la gota que fulminaba el esfuerzo vital diario; teníamos que enseñarle a obrar por la calle. Así fue cómo, al regreso del trabajo, mientras mi esposa preparaba la cena, yo lo sacaba a pasear con su collar y una cadena larga. Pero el mastín tenía problemas de adaptación, reculaba como todo un burro caminando por la acera, a extremos de un posible autoestrangulamiento cuando se retorcía mordiendo la cadena de tela. Le temía a los carros, meneaba la cola mirando hacia todos lados, olfateando hasta debajo de las piedras, orinándose sólo y sin siquiera alzar la extremidad; lo único que le faltaba era cruzarse de patas a llorar, presa innegable de una histeria mal heredada de su madre adoptiva, mi mujer. A fe de la paciencia lo hice conocer la suela de mi zapato, y entre halones que casi le arrancaban la cabeza del cuello, lo hice andar por la acera.

Luego vino la modalidad con los otros perros, cuando los veía a lo lejos corría a mis piernas enrrollándome con la cadena hasta casi hacerme caer. Cuando no, se erizaba como un gato, paralítico, así fuere a mitad de la calle, entonces lo cargaba como a un pedazo de yesca hasta la casa. Tanto y tanto que nunca obró, yo lo entendía por un lado, pero mi esposa no; en la calle el pobre animal estaba tan tenso por el cambio de ambiente que, obviamente se estreñía y no evacuaba.

Así fue cómo venció mi paciencia y desistí de los paseos vespertinos; para entonces mi esposa y yo vivíamos entre insultos agravados, caca, garrapatas y chillidos de perro golpeado en ocasiones sin causa mayor que la de su propio ser.

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