- ¿Cómo es posible que no puedas enseñarle?- Sonia me gritó esa noche de insomnio, una de tantas para ambos.
Se había arropado hasta el cuello y yo en calzoncillo a la diestra, reconociendo su grado extremo de tensión por como apretaba contra sí el borde de la sábana.
- ¡Hazlo tú!- le grité dándole la espalda, tapándome una oreja contra la cama y la otra con la almohada.
- Ya me lo dijo mamá- gritó ella con sus clásicos reproches inconclusos, indirectas que solían menoscabarme en golpe bajo a mi autoestima.
- ¡Tu madre!, sí, ¡Tu madre!; por su maldito regalo para que probáramos a ser padres antes de darle un maldito nieto, vieja decrépita- le grité arrancándole mi pedazo de sábana.
- Lávate la boca antes de hablar de ella, idiota- gritó Sonia, aún más brava, arrebatándome la sábana a arañazos.
- Pues dile a la vieja esa que venga a dormir contigo hoy, imbécil inmadura- le grité, levantándome bruscamente de la cama.
Saliendo de casa a tomar el auto me encontré al can en la cochera, con ganas de jugar, meneando el colón, totalmente ausente de su porción de culpa en semejante desmadre. Aunque había veces en que sólo me quedaba a dormir en el sofá de la sala, no del todo saneado de las pulgas, más resistentes a la inanición que las garrapatas; esporádicamente dormía en casa de mi madre, una amiga o amanecía en una cantina cuando estallábamos las noches de quincena.





