La situación empeoró cuando por el estado neurótico reinante en casa, el can se autoimpuso un insomnio y adoptó la moda de jugar en las noches con algún pedazo de tabla, los platos de la comida, el zinc de la vecina, los gatos, lo que fuera que hiciera ruido. Así las cosas, optamos por encadenarlo, para que durmiese con el cuello ocupado; más luego aprendió a vivir encadenado, cuando los vecinos se empezaron a quejar de que se metía en sus departamentos.
Hacia los últimos tiempos nos despertaba a las tres de la mañana activando de a golpes la alarma del carro. Tal era la rutina: sonaba la alarma del carro, yo salía a veces hasta desnudo tras unas cuantas blasfemias de mi señora, a fuetearlo en la nalga; chillaba unos minutos, había silencio por algunas horas y volvía a sonar la alarma... Y así de dos a tres veces por noche.
Con la queja formal de los vecinos por el ruido, los olores y las garrapatas, sustentado en la conmovida aprobación lacrimal de mi mujer, basándonos en la toda lógica idea de que nadie nos compraría al animal, considerando el tiempo que tenía, grado de desnutrición, problemas psicológicos, garrapatas y que el pelo se le había empezado a caer, dispusimos por fin abandonarlo a la buena de Dios, plenamente convencidos de que la vida de tinaquero le resultaría mejor a la que le dábamos. Pero el día anterior apareció un desorientado amigo de la casa al que se lo encaramamos, basados en uno de sus usuales comentarios mal habidos, ingenuos, o más bien fariseos: "Hay que bonito animal, ¿por qué no me lo regalan?".
Esa misma noche, de las rabias en la madrugada, crucé a casi un paro cardíaco cuando la alarma del carro volvió a sonar. Aterrado por lo que pudiera descubrir, en vez de un perro, o su alma transmigrada en desprendimiento astral, cambié el fuete tradicional por una varilla de un metro. Asustado me asomé por la ventana de la sala y descubrí a un gato, acostado cómodamente sobre la tapa del motor del vehículo; cuando salí a desconectar la alarma el felino ya no estaba. Medité un poco remojando de sereno mi calzoncillo, sobre la cara de estupefacción del animalucho antes de fuetearlo todas las veces de cada noche; tenía razón, siempre la tuvo, nunca fue él, mas cómo pensar en los gatos... Desconecté para siempre la alarma del carro, aunque esa noche tampoco pude dormir, el remordimiento me escondía el sueño. Luego traté de explicárselo a Sonia, mas fue por gusto, como otras tantas veces tampoco supo entenderme.



