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        –De acuerdo, pero no vale volverse atrás, si lo hace será tachado de cobarde para siempre y deberá reconocer que el otro tiene razón. ¿Quién más se apunta? Hubert quedó horrorizado con aquellas palabras y lo peor de ello, era que aquellas palabras habían salido de su boca. Era una insensatez. Un suicidio que sólo los locos podían aceptar. Pero para su sorpresa Emil, Rolans y Samuel, sus tres compañeros de fatigas se acercaron alegres a Hubert y con cordiales palmetazos en el hombro apoyaron su decisión. Al menos no iría sólo con aquella niña estúpida pero eso tampoco le hizo sentirse mucho mejor.

        Decidieron posponer su irresponsable aventura hasta el día siguiente, ya que se estaba acercando la hora de la cena y no querían que sus padres acudieran en su busca estropeando  su aventura. Les dirían a sus padres alguna mentira sobre que pasarían la noche siguiente en casa de uno de sus amigos para así poder explorar el misterio sin ser molestados. Ya que casi seguro necesitarían toda la noche para poder averiguar algo. Hubert estaba realmente asustado, como si una premonición le avisara de su vida cambiaría para siempre. No obstante se mostró realmente aliviado con el hecho de que su peripecia se retrasara hasta el día siguiente. Es lógico se había librado de ir hoy, ¿quien piensa en algo que ocurrirá mañana? Desde luego los niños no, casi nunca lo hacen y eso es parte de su encanto. Pero tras la cena Hubert empezó a ver más cercana la hora de su aventura y eso le hizo que le costara conciliar el sueño. No paraba de ver todas las cosas que podían salir mal en su periplo. Desde luego era la aventura más peligrosa en la que se había embarcado en toda su vida. Pero también la más emocionante, debía reconocerlo.

        No es que Hubert fuera un miedica, pero era un niño con una gran imaginación realista. Era capaz de imaginar con perfección cada una de las eventualidades que pudieran suceder en su aventura. Así pues, era consciente de que podían morir todos en aquella casa o ser devorados por las fieras en la montaña. O lo que era aún peor, sus padres podrían enterarse de que les había mentido y entonces estaría castigado durante mucho tiempo, y eso es algo que le aterraba. 

        Al día siguiente Hubert y los demás amigos fueron al colegio como de costumbre sin pensar mucho en su aventura de la tarde. Aunque Kristin les recordó que esa tarde quedarían a la hora establecida con todo lo  necesario para poder emprender su búsqueda del misterio sobre aquella casa. Y allí estuvieron todos a la hora fijada. Todos menos Emil que parecía retrasarse. Hubert había cargado una mochila con linternas, ya que su imaginación le dijo que si no llevaba ningún tipo de luz podían caerse, si se hacia de noche, y morir. También llevó bocadillos para no morir de hambre y refresco para no morir de sed (ya que los niños suelen hidratarse a base de refresco) Así pues se imaginó también que podía morir por el frío o a manos de algún animal peligroso o perderse de camino; por lo que echó una manta, una brújula y llevaba un enorme palo de jockey en la mano para defenderse. El resto de niños también llevaban mochilas, pero seguro que no habían sido tan precavidos como él. Al menos no podía verse que llevaran nada en las manos para poder defenderse. Por primera vez en su vida se alegró de tener una imaginación tan buena y realista, que aunque fuera la culpable de que a veces pasara miedo, les podría salvar de la muerte en aquella aventura a la caza del misterio sobre el género masculino o femenino del espíritu en cuestión. Todos empezaron a impacientarse. Era la aventura más importante sus vidas y aquel idiota los hacía esperar.

        De pronto lo vieron a lo lejos, venía corriendo. Al menos tenía la decencia de correr, Hubert odiaba a las personas que aún encima de llegar con retraso lo hacen con toda la tranquilidad del mundo sin acelerar el paso siquiera. Pero Emil no llevaba ninguna mochila, ni nada en las manos. Además traía una cara de profunda preocupación nunca antes vista por sus amigos. Al percatarse, todos acudieron al encuentro de Emil. Le costó serenarse pero todos comprendieron que iba a contarles algo realmente importante, por lo que ninguno le echó en cara su tardanza. Tartamudeaba y se tropezaba con las palabras, pero así y con todo, nadie le dijo nada esperando pacientemente lo que Emil tenía que contarles. Emil había contado a su hermano mayor lo de su gran aventura, lo que hizo que Kristin le dedicara una mirada asesina. Y dijo que su hermano le había contado una historia espeluznante y que ya sabía la verdad de lo que allí había ocurrido por lo que no necesitaban ir. Dijo que todos estaban equivocados y que si iban a esa casa sería la última vez que les verían el pelo, como sucedió hacía algunos años con otro grupo de jóvenes valientes. La historia que contó Emil era ciertamente trágica.  Allí había habitado una pareja joven cuyo amor (como el de todas las parejas jóvenes) parecía puro e inquebrantable. Su amor en un principio parecía imposible, pero en contra de sus dos familias los chicos abandonaron su hogar y vinieron a este pequeño cantón suizo y a esa pequeña casa que en aquel momento era preciosa. Colocado en una sendecita pegada a la montaña y con vistas al fabuloso prado. Querían vivir solos, alejados de todo el mundo, y disfrutando el uno de la compañía del otro sin más estorbos ni distracciones que ellos mismo y el paisaje más fabuloso del mundo.

        Vivieron tranquilos y felices durante un tiempo, pero la rutina empezó a hacer mella en ellos. Las opiniones de sus familiares cada vez tuvieron mas peso, pero no querían reconocer su equivocación. El amor poco a poco desapareció. No soportaban vivir allí tan apartados de todo el mundo, con la presencia de la supuesta persona amada como única compañía. El marido que ya no era tan joven empezó a beber y la convivencia era cada vez peor. La mujer por otro lado empezó a ver a otros hombres sobre todo a un joven profesor que enseñaba en el pueblo, quedando embarazada de este último. El marido demasiado borracho como para darse cuenta de nada crió a aquella criatura creyendo que era suyo durante varios años. Hasta que tras una fuerte discusión la mujer le dijo que lo abandonaba que se iba con otro hombre y le confesó que aquel niño no era hijo suyo. Aquello no podía acabar bien y desde luego no lo hizo. El joven enamorado que ya no era joven ni estaba enamorado en un arrebato alcohólico y en estado de obcecación, como les gusta decir a los abogados para defender este tipo de comportamientos indefendibles, cogió un cuchillo. Mató a su joven compañera, que tampoco era tan joven y no sólo le hacía compañía a él, y también mató a su hijo, un pobre inocente y desvalido muchacho más pequeño todavía que el niño que cuenta esta historia. Mas tarde el alcohólico marido se quitó la vida.  Emil concluyó la historia diciendo que los gritos de la mujer y los llantos del niño es lo que se escucha desde el valle,  y no los gritos de una mujer llorona que lamenta la pérdida de su esposo. Dijo también que cada noche se recrea ese momento atroz y que los chicos que fueron a desvelar el misterio murieron a manos del espíritu del marido borracho. Todos quedaron estupefactos y horrorizados. Sí, aquella historia no dista demasiado de los vergonzosos sucesos transmitidos todos los días en nuestros informativos. Pero ellos nunca habían oído una historia tan cruel, con tantos visos de realidad que resultaba realmente atroz. Y más en aquellas tierras. Allí no sucedían esas cosas. Al menos eso creían aquellos niños. Era un lugar tranquilo, bucólico, ejemplar. Casi alejado del mundo, perteneciendo a otra época o a otro plano existencial. Allí no existía la violencia o el crimen, nunca lo habían oído y parecía imposible que algo así sucediera tan cerca de ellos.

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