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La puerta se cerró estruendosamente. La  habitación fue invadida por  un silencio desolador, pero también por la paz del despertar, donde acaban  las pesadillas. Rosario, una mujer de treinta y cuatro años, sin muchos encantos y con tres hijos, moría de alguna manera. Los años que habían transcurrido junto a Arturo, su compañero, quedaban atrás,  enmarcados en un entorno de pobreza y violencia. 

Como en muchas otras ocasiones,  había llegado ebrio y con deseos de acabar con la dignidad de alguien; este era su modo de sentirse más digno. Para él no había mejor forma de tornarse fuerte que debilitando a su mujer.  La razón no importaba, pues las justificaciones para satisfacer el orgullo intrínseco de todo ser humano son muy fáciles de hallar. Seguramente el dinero, los celos, la ira y la tensión han servido como agentes inmejorables para este tipo de justificaciones. En el caso de Rosario y Arturo, la pobreza y la angustia que esta causaba eran sus razones para vivir en medio de las agresiones.           

Tras el acerbo altercado,  Rosario se sentó encogida en el último  rincón de la sala, defendiéndose  del frío y del  miedo, mientras reflexionaba en lo que pasaría con ella y sus hijos, pues Arturo había jurado no volver jamás, lo que conllevaba prescindir también de su poco dinero para vivir. Su soledad se vio súbitamente  interrumpida por la presencia de Andrea, su hija, que con el mayor cuidado se sentó a su lado y se recostó sobre su hombro.  

“¿No va a volver, cierto? ¡Júreme que no va a volver, por favor!” 

Estas palabras, aunque parezca increíble, provenían de Rosario, que en el paroxismo de la tristeza y la tensión siempre se apoyaba en su hija mayor, absolutamente inadecuada para tan onerosa tarea, en especial, por sus escasos doce años. Aún así, la pequeña tranquilizó a su madre, le pidió que no recibiera de nuevo a Arturo, aunque fuera su propio padre, y le juró que ella se encargaría de cuidarla hasta el último día de su vida. Por lo menos por aquella noche,  Andrea cumplió con su objetivo,  pues  sobre la base de aquellas promesas logro tranquilizar a su atormentada madre. Cuando fueron a la cama, se dieron cuenta de que ya amanecía y que debían seguir con sus vidas como si hubiesen dormido toda la noche, aunque en realidad no hicieron más que desgastar sus almas llorando. 

Al día siguiente, de camino al colegio, Andrea se esforzaba por explicar a sus hermanos, Javier y Diana, lo que había ocurrido. En realidad no debía esforzarse mucho, pues la escena no era desconocida para ellos. Muchas veces la familia entera presenciaba los abusos que sufría no solo Rosario, sino cualquiera de sus miembros. De hecho, en muchas ocasiones ya habían pasado de ser víctimas a victimarios. Esta era una conducta que se continuaría desarrollando a través del tiempo, cuando aumentan los problemas y las disputas de forma proporcional a la edad de sus protagonistas.  A pesar de tener solo ocho años, Javier ya estaba dotado de una madurez relativa, proporcionada por el sufrimiento, que le permitía entender que su padre no volvería. Sin embargo, para Diana la situación era mucho más difícil, pues a los cinco años las riñas del hogar se hacen casi incomprensibles. Lastimosamente, sin importar la edad, las huellas de la violencia dejan una marca imborrable, aunque muchos lo ignoren. Con el tiempo, la idea de un hogar sin padre se hizo más real para todos, con los beneficios y percances que eso implica, y para Diana, la única concepción paterna se basaba en un fin de semana, cada tres o cuatro meses, en el que visitaba a Arturo en la pequeña casa donde este vivía con su madre y sus dos hermanas. Desde la primera vez, aquella casa dejó ver todos los ingredientes necesarios para tomar forma de abominación a los ojos de Diana. La precaria alimentación, la ausencia de su padre y, sobre todo, el maltrato que recibía. La menor de sus tías solía ser muy agresiva, ya que no disfrutaba de cuidarla, y su abuela, achacosa y amargada, le rechazaba por ser uno de los símbolos de la tormentosa unión de su hijo con Rosario, quien a su juicio era la responsable del rompimiento. 

En innumerables ocasiones Diana fue víctima del maltrato de su familia paterna, no solo físicamente, sino también de forma verbal, pues los insultos contra su madre eran frecuentes y el más apacible de los reclamos era castigado con severidad. Su abuela tenía preferencia por los castigos físicos, ya que los había recibido en abundancia durante su niñez; por otro lado, sus tías solían ser más bien soeces y ofensivas, y solo en muy contadas ocasiones recurrían a  la violencia física. 

Los meses fatigosos de trabajo arduo para conseguir el sustento de sus hijos hicieron pensar a Rosario que ya era hora de buscar un nuevo padre para estos y un compañero que acabara con ese tipo de soledad que ninguno de ellos podía contrarrestar. Así, tras dos años de soledad ininterrumpida, conoció a Ramiro, un hombre de cuarenta y un años que trabajaba como fontanero y que tras seis meses de amoríos fue a vivir a su lado. 

Para ella y para sus hijos empezaría una nueva vida; tristemente, no sería muy diferente de la anterior. En un principio, Ramiro se comportó de modo admirable, cuidando de los niños y siendo muy romántico y cariñoso con Rosario. Aún así, pocos meses después de la consumación de la unión, dejó ver sus más execrables defectos, como la arrogancia, la mala educación y un marcado abuso de poder. Para todos empezaba otra historia, tal vez más dolorosa e intrincada que la anterior, sobre todo, por que las circunstancias, las edades y las personalidades habían variado sustancialmente. El influjo de la presencia de aquel hombre había hecho aflorar en Rosario y en sus hijos sentimientos que habían estado guardados durante mucho tiempo.

Volvieron a sentir el pánico de poder ser maltratados, la humillación de soportar los abusos a cambio del sustento y la ira que parte de hallarse inerme ante la abyección.  

Andrea, buscando descargar toda la  ira que le embargaba por la nueva situación de su familia, arremetió contra sus hermanos de forma injustificada y descontrolada. Por ser la encargada de cuidar de la casa en ausencia de su madre, se sentía investida de poder para dominarlos y agraviarlos, en especial a Javier, que por ser el varón y el mayor de los ofendidos,  se resistía a soportar impasiblemente aquel trato.  Ser cuatro años menor que su hermana le impidió defenderse como hubiera deseado; también el estar dotado de una extraña nobleza, que tiempo después desaparecería. En muchas ocasiones, las agresiones dejaban de ser simples insultos y se convertían en ataques desmedidos que, por lo general, dejaban desagradables secuelas físicas. La llegada de Rosario a casa solo servía para cambiar la fuente de las agresiones, pues era ella quien asumía la posición de verdugo al infligir castigos de todo tipo, en especial de orden corporal.  Aún su auxiliadora, Andrea, era agredida, sobre todo, por  no cumplir a cabalidad con las responsabilidades que su madre le delegaba y que, sin duda, eran demasiado para ella. 

Gracias a esta contradictoria retribución por su trabajo, odió siempre las labores domésticas y buscó la forma de obtener dinero, pues pensaba que solo este le permitiría desplegar pletóricamente su espíritu dominante.    Los detalles sobre las golpizas, los insultos y los demás tratos degradantes no son tan importantes; tal vez lo serían si fuesen esporádicos. Pero ¿es para cualquier ser humano un hecho trascendental despertar cada mañana, ingerir algún alimento o conversar con sus amigos? 

¿Se ha escrito alguna historia en la que se narren en detalle cada una de las ocasiones en las que sus actores se saludaron, se abrazaron o se dijeron adiós? Pues bien, para Rosario y sus hijos dar o recibir una bofetada, proferir un insulto o digerirlo, protagonizar o solo presenciar tales episodios violentos, era tan normal como lo es para todos  despertar, comer y dormir. Ellos despertaban del sueño ilusorio de vivir en unión fraterna, comían las viandas venenosas de la supresión y dormían, no para descansar, sino para olvidar. El primer año de convivencia con Ramiro fue terrible, especialmente para Diana, no solo por su corta edad, sino también por ser la más débil e indefensa. Su rendimiento escolar fue decayendo vertiginosamente, dejando de ser una estudiante promedio y convirtiéndose en la peor de su curso, ausente en clase, irresponsable con las tareas y muy indisciplinada. Sin embargo, su carácter era muy dócil y gracias a esto los maestros no dejaban de ayudarla; definitivamente inspiraba lástima. Se podía decir que el único que no la maltrataba era su hermano, pues con esa única excepción, era mortificada por toda su familia y hasta por extraños, pues Ramiro, por más que cohabitara con su madre no dejaba de ser un foráneo. No es cuestión de engendrar, criar o sostener a alguien, de hecho, un padre biológico que mora con sus hijos puede comportarse como un intruso, mientras que existen putativos que suelen ser realmente paternales. 

El asunto estribaba en el poco afecto que sentía Ramiro por aquella familia, pues incluyendo a Rosario, todos eran para él una carga que estorbaba su camino ávido de placer. Si había entablado aquella relación, era con el impúdico fin de tener un lugar donde dormir y una mujer que actuara en calidad de sierva.    Por otro lado, más de dos años transcurrieron febrilmente para Andrea. 

Graduarse como bachiller y no tener el suficiente dinero para acceder a los estudios profesionales la frustró ostensiblemente. Deseaba con ansias estudiar por tres razones básicas: primero, eludiría el pesado compromiso de cuidar de sus hermanos, cada vez más crecidos y facciosos; segundo, se capacitaría para trabajar de forma digna, recibiendo una conveniente remuneración y ganándose la admiración y el respeto de muchos, y tercero, no se quedaría atrás. Le enfurecía pensar que muchos pudieran ascender y mejorar su calidad de vida, mientras ella quedaba rezagada; más que superarlos, quería  igualarlos. 

Su situación la obligaba a trabajar empíricamente, es decir, en su caso, realizando labores caseras para otros, trabajo algo inestable y no muy bien remunerado. Además, debía seguir administrando su propia casa y cuidando de sus hermanos. La situación general de la familia empeoraba cada día, haciéndose prácticamente  insostenible.  Por si fuera poco, las épocas  de estudiante terminaron prematuramente para Javier. A los dieciséis  años fue expulsado irrevocablemente de la escuela por su conducta rebelde y agresiva, aunque solamente le faltaba cursar un año académico. Ya en varias ocasiones Rosario había sido citada a la oficina del director  para recibir quejas que por lo general, por no decir siempre, eran justificadas.  Incluso en presencia de los maestros había imprecado y golpeado a su hijo, suponiendo que hacer patente su rudeza y severidad la eximiría de culpa por las faltas que él cometiera. Con esto solo conseguía encallecer la piel y el espíritu de su hijo, que ya no temía a sus castigos y, por el contrario, se había convertido en un ser desafiante y altanero. Desde tierna edad había sido oprimido, y su carencia de fuerzas y autoridad le impedía resistirse a sus agresores; ahora, un exiguo poder asentado en su desarrollo físico le hacía sentirse fuerte, libre, indómito.       

La nueva actitud de Javier ante su familia y sus superiores pugnaría con la frustración y la amargura de Andrea, provocando un altercado que diferiría mucho de los anteriores y que marcaría un hito en la historia de la familia, pues nunca lograron olvidarlo.  Tras pasar toda la mañana  consumiendo sustancias alucinógenas con sus amigos, costumbre que había adoptado desde su salida de la escuela, Javier llegó a su casa buscando algo para comer. Sin embargo, se dio cuenta de que su hermana  había tomado su porción del almuerzo, lo cual lo enfureció y airó de tal modo que la agravió con improperios que nunca antes había utilizado. Andrea reaccionó como si hubiese olvidado el nuevo talante de él para soportar sus ultrajes, de modo que, con un tono más que agresivo,  empezó a insultarlo y a desafiarlo, hasta el punto que lo amenazó con valerse de los golpes.  Javier quiso acabar con la riña anticipadamente, de modo que  con un empujón contundente la postró en un sillón de la sala y dio por terminada la disputa. Sin embargo, ella tenía mucho que perder si permitía aquel acto de insubordinación, así que maquinalmente se puso de pie, tomó un portarretrato y maldiciendo se lo arrojó violentamente. Aquel marco guardaba una antinómica fotografía de Rosario felizmente acompañada por sus tres hijos; una pieza pictórica desbordante de dicha y ternura, pero evidentemente, carente de realismo. 

Andrea había cometido un error, y Javier no tardaría en demostrárselo. El impacto de tan inusual arma en su espalda, simultaneo al estruendo del vidrio que protegía la foto estallando en el suelo, lo despertó de un letargo en el que se hallaba desde su más temprana niñez. Se volteó, miró con estupefacción y odio a su hermana y se abalanzó sobre ella brutalmente, tomándola por el cuello y estrangulándola sin ánimos de suspender su ataque. Solo la acertada intervención de Diana acabó con la desagradable escena y, al mismo tiempo, salvó la vida de Andrea, pues la reacción colérica de Javier tomaba un cariz medroso de enajenación.

Las consecuencias de aquella riña trascendieron significativamente. Andrea acusó a su hermano, y Rosario, presa del enojo, lo despidió de la casa, dejándolo abandonado a su suerte, hecho irracional si se tiene en cuenta que Javier no era propiamente afortunado y su actual forma de ver la vida era claramente temeraria. El sentimiento de culpa por lo ocurrido no se alejaba de Andrea, que sabía cuál era su grado de culpabilidad y hasta que punto pudo haber evitado lo ocurrido. Pero su orgullo y afán de excusarse la llevaban a exagerar los hechos y a representar el papel de una víctima atribulada por la ingratitud y obstinación de su hermano, al que, según ella, trató de ayudar por todos los medios a pesar de ser un drogadicto peligroso. Sus historias no la convencían a ella, y mucho menos a los demás, que ya conocían su carácter, especialmente Diana.   

Javier acudió a sus amigos, de modo que sin dilación encontró un lugar donde resguardarse. 

Desinhibido, libertino y mal influenciado, se entregó a una vida de desenfreno, incluso, participando en actos delictivos para financiar costosas adicciones. Conoció  a varias mujeres con las que sostuvo relaciones fugaces y   borrascosas. A muy temprana edad ya había vivido muchas situaciones propias de bandidos experimentados, y esto lo hacía sentirse orgulloso y lo impelía a hundirse más en un mundo peligroso y denigrante. Se  puede decir que la partida de Javier coincidió con los últimos días de Ramiro en el hogar. 

Su presencia repentina e infortunada se había hecho amarga y pesada, y sus intentos de agredir a Rosario fueron frustrados continuamente con desalojos temporales que cada vez se hicieron más extensos, hasta el punto que pasaron más de dos meses en que no hubo comunicación y finalmente, como era de esperarse, la perjudicial unión terminó. Sin embargo, Ramiro quiso dejar como último recuerdo una grotesca escena en la que, alcoholizado y enfurecido, golpeó por última vez a Rosario y se encargó de que todo el vecindario se enterará de los detalles de la riña. Fue la última vez que lo vieron. Tiempo después se enteraron de que había formado otra relación de contubernio con una mujer mucho más joven, pero igualmente ingenua y desafortunada, a la que dio un trato semejante. 

Andrea estaba decidida a cambiar su destino de alguna manera, y al no poder valerse de la educación y del precario sistema comercial que estaba a su alcance, emprendió la labor de buscar un hombre que le brindara afecto,  compañía y también seguridad económica. Tristemente, los candidatos resultaron insuficientes a sus aspiraciones, de modo que rechazó a la gran mayoría. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, el nivel de exigencia disminuyó significativamente, de seguro, por la falta de pretendientes. Muchas de sus relaciones fueron solo pasajeras; sus compañeros buscaban algo más vano y menos puro que el amor. En uno de sus  noviazgos se vio al umbral de las nupcias, pero una  noticia inesperada impidió que eso sucediera. El popular retraso, los inequívocos síntomas y las temidas pruebas de embarazo la hicieron acudir al médico para corroborar la noticia; una amalgama de ansiedad, perturbación y sentido de logro la invadieron al saber que esperaba un hijo. En ningún momento paso por su cabeza la irracional idea de abortar, aunque sabía que sus problemas aumentarían con el nacimiento de la criatura. Sus meses de embarazo se desarrollaron de modo frenético por  el  hambre, la fatiga y la inquietud sobre el futuro de su hija, a la que llamaría Isabel. Andrea se sentía invadida de felicidad por aquel nacimiento, pero su novio, el padre de Isabel, se estremeció y huyó sin que nunca más se supiera de su paradero. No se puede saber hasta que grado las cosas hubieran sido diferentes para Andrea y su hija si aquel hombre hubiera asumido su responsabilidad, pero su corta edad, su temperamento asustadizo y su proceder inmoral hacían pensar que lo mejor era no tenerle cerca. Con su nueva responsabilidad, Andrea tuvo entonces en su vida un periodo de tregua en el que solo se dedicaría a realizar la tarea más pacífica del mundo: cuidar y amar a su hija. Prontamente ese periodo llegaría a su fin.  Por su parte, Diana había acumulado desde su niñez una gran inseguridad, gracias al maltrato que de muy diversas fuentes recibió. Creer  que cualquier persona, aún ajena a ella, tuviera el derecho a ultrajarla, había afectado poderosamente su autoestima. 

Sentía un miedo pavoroso al rechazo y todas sus acciones y expresiones eran reprobadas por ella misma.  Deseaba atraer la atención de su madre, y la nueva condición de Andrea y la presencia de Isabel se lo impedían.   Usualmente ignoraba a su sobrina y únicamente en la soledad la mimaba y le hablaba con ternura. Esto demostraba que el rechazo  público hacia Isabel  tenía como objeto hacer notar a los demás su descontento por ser relegada.  

Ahora bien, debido a su baja estimación propia y a su espíritu inseguro, Diana leía en el más nimio de los afectos un caudal inconmensurable de cariño; para ella, una caricia tímida era como la más bella de las flores. Esa tendencia a sobrestimar a quien le daba atención la llevó a enamorase fácilmente de Mauricio, un hombre joven, apuesto y con mucho dinero, que embelesado por su belleza, se empeño en conquistarla, obteniendo los resultados esperados. Físicamente, Diana era hermosa; interiormente, no hay duda de que tenía sus encantos, pero no los explotaba pues, al parecer, nadie le había hecho saber que los tenía, ni siquiera su propia familia.  Se habían conocido en una fiesta universitaria, una de aquellas que por su tamaño exorbitante no se reserva el derecho de admisión y permite la entrada a cualquiera, sin importar su estrato, nivel académico u origen, de modo que señoritas distinguidas terminan bailando apasionadamente con nobles y plebeyos indistintamente, mientras que los jóvenes como Mauricio, hijos de hombres acaudalados, terminan por conocer mujeres como Diana. 

Con invitarla a bailar una sola vez se ganó su confianza, y en una noche supo dónde, cómo y con quién vivía. Además utilizó esas frases románticas de cajón, revestidas de novedad para ella, y con esto fue suficiente para ser en poco tiempo objeto de su veneración y estar ligado a ella.       

La relación amorosa alcanzó fases mucho más avanzadas e íntimas. Una mañana, después de dormir fuera de su casa sin el consentimiento de su madre, Diana se bajó del auto de Mauricio rebosante de felicidad. El camino hasta la puerta de su casa lo empleó en despertar del sueño que vivía. Su novio, tras una noche de pasión y romance le había propuesto que se fuera a vivir a su lado. Sin pensarlo aceptó, y ahora no tendría problema en comunicárselo a su madre. ¿Acaso no haría lo que fuera necesario por estar al lado de la única persona que la trataba dignamente? Al entrar en su casa, Diana percibió que sus planes de convivencia con Mauricio se harían realidad antes de lo previsto. Su madre, con  ojos cansados y  semblante amargo, le reclamó de forma usual, es decir, violenta. Aunque no hubo golpes, sus palabras fueron certeras y calaron hondo. Andrea, al ser interrumpido su sueño por la algarabía, salió y quiso participar. Recriminó a Diana por las horas de llegar a  casa y la juzgó por pasar la noche con su novio. 

Diana, envalentonada por el apoyo de su único amor, contestó a los agravios de forma seca e hiriente. Rememoró las andanzas de Andrea que la habían llevado a ser una  madre soltera sin educación ni trabajo para mantener a su hija y puso en tela de juicio que ella y sus hermanos fueran hijos del mismo padre.  Trajo a colación las diferentes ocasiones en  que Andrea abuso de ella y su hermano no solo física, sino también emocionalmente. Los vejámenes de Arturo, Ramiro y Rosario también salieron a relucir en la conversación así como el incidente que termino con la expulsión de Javier del seno hogareño, incidente en el que Diana inculpaba explícitamente a Andrea. El resultado de aquella confrontación verbal no podía ser diferente. Dos semanas después, Diana se mudo a vivir con Mauricio y nunca más volvió a su barrio humilde y populoso. Este comportamiento, que tenía como objeto retribuir todo el sufrimiento recibido, se disfrazaba de ocupaciones, viajes, compromisos y enfermedades, pero la verdad era una: Diana quería olvidar a su familia. ¿Cómo se pueden narrar en solo unas cuantas líneas los hechos que acontecieron en más de una década? ¿Acaso una etapa tan relevante como la adolescencia puede resumirse en un cúmulo de trágicas palabras plagadas de acritud? Seguramente alrededor de lo expuesto se desarrollaron muchos hechos que se calificarían como memorables, más bien que simplemente  anecdóticos; tal vez, algún día una pluma los de a conocer. Pero  el relato se contagió de la vida  frenética de aquellos que, sin más opción, enfrentan día a día el temor de ser heridos y, además, viven en la ansiedad que producen las amenazas, los insultos y todas las imborrables escenas de maltrato que deslucen el espíritu. La noche y sus peligros nunca deberían llegar para ellos; tampoco el amanecer, pues es darle luz a una nueva jornada de agitación.   

Ahora bien, aunque su niñez paso frente a sus ojos de modo vertiginoso, su edad adulta sería dilatada, extenuante y melancólica. Los recuerdos de lo vivido aflorarían a cada instante y las llagas del pasado arderían con frecuencia, aunque ellos, tal vez no estuvieran conscientes de ello y se esforzaran por pretender que no estaban afectados.  Sus temperamentos se hicieron variables y físicamente lucían abatidos.  No es difícil imaginarse un rostro abatido, aunque no se hayan descrito los rasgos físicos de su portador. ¿Cómo eran físicamente Rosario y sus hijos? ¿De qué color eran sus ojos, o su cabello, y  qué aspecto tenían?  Las descripciones, que en muchas obras literarias cumplen un papel primordial,  ahora serían vanas, pues estos personajes, más que seres, son lúgubres espectros que representan el mustio infortunio de sufrir la ignominia. Podrían constituir un reflejo: se puede ser Diana, o se puede ser Arturo. No se alude a estos seres humanos como simples individuos, sino como imágenes manifiestas en el entorno común.

Años después

Habían transcurrido muchos días de desenfreno, y aún así, Javier no entablaba una relación estable, ni siquiera una pobre imitación de un matrimonio. Su vida estaba dedicada al mundo del hampa y era muy poco el tiempo que estaba en casa. Llegaba con frecuencia en mal estado por el consumo exagerado de drogas y alcohol, y  sostenía relaciones sexuales con varias mujeres a la vez. Una noche los más recónditos sentimientos de culpa y rencor penetraron en su interior. Había llegado en estado de embriaguez, y un reproche de su amante de turno fue apaciguado con fuertes golpes de su parte. Inmediatamente las imágenes más crudas de su niñez se pasearon por su mente y dieron una estocada en su corazón. Sentía revivir las noches en que su padre golpeaba a su madre en su presencia.  Todo el castigo que Arturo infligía a Rosario se trasladaba directamente a  Javier, que sentía recibirlo  en persona.  Ahora, a pesar de abominar aquella acción, la estaba ejecutando al  pie de la letra; era una representación perfecta del ser que más daño le había causado. Se detuvo un momento, miró a la mujerzuela que lloraba como lo habría hecho su madre y cubriéndose el rostro con sus manos manchadas de vileza, se arrodilló y lloró como  solía hacerlo en esas traumáticas noches. Otra vez era el niño que infortunadamente había dejado de ser.    

Andrea, por su parte había aprendido a cumplir con sus responsabilidades en el hogar de forma satisfactoria. No era muy estable en sus empleos, pero ganaba lo suficiente para sostener a su hija y a su madre, que ahora padecía serios problemas de salud. Sus ocupaciones la mantenían al margen de todo tipo de diversiones y por eso no parecía propensa a enamorarse. En muchas ocasiones lo escaso y efímero de sus relaciones, no solo amorosas, sino de todo tipo, se debía a su carácter dominante. La costumbre que había adquirido en casa le hacía pensar que todo el mundo toleraría sus abusos y se acoplaría a su personalidad tiránica. Sin embargo, grande era su frustración al sufrir el rigor y la indiferencia de un mundo donde había muchos seres con antecedentes similares a los suyos.  Las relaciones dentro del hogar eran algo más llevaderas. Su autoridad no era discutible, sobre todo en el caso de Isabel, que la aceptaba sin apelaciones de ningún tipo. El carácter dúctil de su hija y las experiencias vividas fuera de casa, aminoraron la rigidez y agresividad de Andrea, que aunque parezca increíble, ni siquiera recurría a la violencia física cuando de disciplinar a su hija se trataba. 

De hecho, se presentaron discusiones en las que Andrea reprochaba a su madre el utilizar métodos extremos para corregir a su hija. El tiempo la obligó a cambiar y su principal problema ahora consistía en enfrentarse a la soledad, a la cual no podría atacar a su estilo. Se tardo casi treinta años en comprender que su espíritu agresivo principalmente la hería a ella; en cierta forma ya era demasiado tarde. Diana, en cambio, no había superado los traumas de su niñez y aunque su relación con Mauricio la había reconfortado, seguía dando muestras de inseguridad y resentimiento hacía su familia. Por ejemplo, mostró total desinterés por la enfermedad de su madre y no quiso apoyarla económicamente, aunque ahora su situación era más que holgada. Sabía que solo el dinero le brindaba la oportunidad de mantener a su familia en inferioridad, y este era su modo inconsciente de vengarse por las cosas sufridas; humillar a su familia derrochando su dinero era como devolver cada uno de los golpes recibidos.  Sin embargo, no dejó de recibir golpes. Mauricio se había casado con ella contra la voluntad de sus clasistas padres, que por obvias razones pensaban que ella no era lo que él merecía. Constantemente la desairaban con sus comentarios y acciones, y Mauricio había adoptado esa misma actitud. Para Diana, el dinero, como instrumento para elevar su autoestima de alguna manera, era su único incentivo para continuar soportando nuevas humillaciones, aunque fuesen de otra índole. Nadie la golpeaba ni denigraba abiertamente; sin embargo, era blanco de ofensivas y desconsideradas burlas por parte de su esposo, y a pesar de sus intentos por cautivar su atención, este se mantenía impertérrito. Hubiese preferido que la golpeara, pues así por lo menos la tendría que tocar, algo que había dejado de hacer un tiempo atrás. 

La vida de los ya adultos hermanos siguió su curso sin mucho en común y solo les hizo reencontrarse una infausta noticia que los involucraba a los tres: su madre, la fuente de sus dolorosas vidas, expiró. Un estado de salud lamentable e indebidamente cuidado, empeoró hasta el punto de obnubilar la verdadera causa del fallecimiento, pues no se pudo definir exactamente de qué murió. A pesar de ser muy joven para morir, había sufrido lo suficiente como para desfallecer con prontitud y no tenía arrestos para continuar luchando. Murió sola, resignada y, sobre todo, cansada.  El entierro de Rosario, como todos, estuvo lleno de rostros lánguidos y de frases corrientes: “ya descansó”, “que Dios la tenga en su gloria”, “al menos no estaba sola” y por supuesto, “lo siento mucho”. Si todo eso hubiese sido cierto, la historia de aquella mujer habría tenido un rumbo totalmente distinto. Sus hijos, y en especial Javier, miraban recelosamente a todos los acompañantes, pues no sabían que pertenecían a una familia tan grande. Los asistentes fueron a darle un último adiós a una hermana, una tía y una prima a la que nunca habían saludado. Finalmente la procesión partió y los tres quedaron  solos frente a una sombría  tumba. No dijeron una sola palabra. Javier,  que escasamente  había saludado a sus hermanas y se había presentado a su sobrina, las miró a las tres con indiferencia y, suspirando por última vez,  emprendió su camino. No lo volverían a ver en muchos años, o tal vez nunca.      

Diana estaba lujosamente vestida; quiso dejar patente su superioridad aún en ese momento. No sentía remordimientos por haber abandonado a su madre y consideraba que lo ocurrido no tenía nada que ver con su desidia. Se justificaba pensando que su reacción impávida ante la enfermedad de su madre, obedecía al trato que esta le dio de niña. Las ofensas, los maltratos y las injusticias que sufrió llegaron a su mente y le fueron útiles para alivianar su conciencia. Con todo, en el fondo sabía que amaba a su madre y que pudo haber hecho mucho más por ella. Rosario inspiraba en sus hijos los sentimientos más variados e intrincados; podía inspirar odio, y a la vez, lástima. Aunque no lo demostrara en primera instancia, Diana estaba profundamente afectada, y solo las primeras lágrimas que corrieron por sus mejillas le hicieron olvidarse de su resentimiento y sus deseos de venganza, de modo que lloró con desahogo y pasión. Abrazó lacónicamente a su hermana y, al igual que Javier, partió para no volver. 

Andrea lamentó profusamente la muerte de su madre, a la cual había acompañado desde muy tierna edad y no había abandonado, haciendo fidedignas sus promesas de tierna edad. Estaba acostumbrada a su presencia y no podía imaginar como sería el hogar sin ella. No pensó en lo qué sucedería el día siguiente, ni pensó en lo que ya había sucedido, solo lloró con amargura la muerte de una madre que, a su modo, dio todo lo que tenía por sus hijos; si hubiese sido necesario, habría dado su propia vida. Las lágrimas más genuinas y diáfanas que se derramaron sobre la tumba de Rosario aquella mañana fueron las de su nieta, Isabel. Carente de  vicios de todo tipo, su corazón amaba sin interés ni rencores. Con solo siete años, la muerte de su única abuela era el primer golpe que le daba la vida; después le daría muchos más. Aferrada a la mano de su madre, camino perpleja, asimilando la cruel pérdida y aprendiendo a llorar.  Esperando  hallar refugio, protección y consuelo, solamente deseaba  llegar a su casa; lo que alguna vez fue la peor de las torturas para su madre.  

FIN

 

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