Volvieron a sentir el pánico de poder ser maltratados, la humillación de soportar los abusos a cambio del sustento y la ira que parte de hallarse inerme ante la abyección.
Andrea, buscando descargar toda la ira que le embargaba por la nueva situación de su familia, arremetió contra sus hermanos de forma injustificada y descontrolada. Por ser la encargada de cuidar de la casa en ausencia de su madre, se sentía investida de poder para dominarlos y agraviarlos, en especial a Javier, que por ser el varón y el mayor de los ofendidos, se resistía a soportar impasiblemente aquel trato. Ser cuatro años menor que su hermana le impidió defenderse como hubiera deseado; también el estar dotado de una extraña nobleza, que tiempo después desaparecería. En muchas ocasiones, las agresiones dejaban de ser simples insultos y se convertían en ataques desmedidos que, por lo general, dejaban desagradables secuelas físicas. La llegada de Rosario a casa solo servía para cambiar la fuente de las agresiones, pues era ella quien asumía la posición de verdugo al infligir castigos de todo tipo, en especial de orden corporal. Aún su auxiliadora, Andrea, era agredida, sobre todo, por no cumplir a cabalidad con las responsabilidades que su madre le delegaba y que, sin duda, eran demasiado para ella.
Gracias a esta contradictoria retribución por su trabajo, odió siempre las labores domésticas y buscó la forma de obtener dinero, pues pensaba que solo este le permitiría desplegar pletóricamente su espíritu dominante. Los detalles sobre las golpizas, los insultos y los demás tratos degradantes no son tan importantes; tal vez lo serían si fuesen esporádicos. Pero ¿es para cualquier ser humano un hecho trascendental despertar cada mañana, ingerir algún alimento o conversar con sus amigos?
¿Se ha escrito alguna historia en la que se narren en detalle cada una de las ocasiones en las que sus actores se saludaron, se abrazaron o se dijeron adiós? Pues bien, para Rosario y sus hijos dar o recibir una bofetada, proferir un insulto o digerirlo, protagonizar o solo presenciar tales episodios violentos, era tan normal como lo es para todos despertar, comer y dormir. Ellos despertaban del sueño ilusorio de vivir en unión fraterna, comían las viandas venenosas de la supresión y dormían, no para descansar, sino para olvidar. El primer año de convivencia con Ramiro fue terrible, especialmente para Diana, no solo por su corta edad, sino también por ser la más débil e indefensa. Su rendimiento escolar fue decayendo vertiginosamente, dejando de ser una estudiante promedio y convirtiéndose en la peor de su curso, ausente en clase, irresponsable con las tareas y muy indisciplinada. Sin embargo, su carácter era muy dócil y gracias a esto los maestros no dejaban de ayudarla; definitivamente inspiraba lástima. Se podía decir que el único que no la maltrataba era su hermano, pues con esa única excepción, era mortificada por toda su familia y hasta por extraños, pues Ramiro, por más que cohabitara con su madre no dejaba de ser un foráneo. No es cuestión de engendrar, criar o sostener a alguien, de hecho, un padre biológico que mora con sus hijos puede comportarse como un intruso, mientras que existen putativos que suelen ser realmente paternales.
El asunto estribaba en el poco afecto que sentía Ramiro por aquella familia, pues incluyendo a Rosario, todos eran para él una carga que estorbaba su camino ávido de placer. Si había entablado aquella relación, era con el impúdico fin de tener un lugar donde dormir y una mujer que actuara en calidad de sierva. Por otro lado, más de dos años transcurrieron febrilmente para Andrea.
Graduarse como bachiller y no tener el suficiente dinero para acceder a los estudios profesionales la frustró ostensiblemente. Deseaba con ansias estudiar por tres razones básicas: primero, eludiría el pesado compromiso de cuidar de sus hermanos, cada vez más crecidos y facciosos; segundo, se capacitaría para trabajar de forma digna, recibiendo una conveniente remuneración y ganándose la admiración y el respeto de muchos, y tercero, no se quedaría atrás. Le enfurecía pensar que muchos pudieran ascender y mejorar su calidad de vida, mientras ella quedaba rezagada; más que superarlos, quería igualarlos.
Su situación la obligaba a trabajar empíricamente, es decir, en su caso, realizando labores caseras para otros, trabajo algo inestable y no muy bien remunerado. Además, debía seguir administrando su propia casa y cuidando de sus hermanos. La situación general de la familia empeoraba cada día, haciéndose prácticamente insostenible. Por si fuera poco, las épocas de estudiante terminaron prematuramente para Javier. A los dieciséis años fue expulsado irrevocablemente de la escuela por su conducta rebelde y agresiva, aunque solamente le faltaba cursar un año académico. Ya en varias ocasiones Rosario había sido citada a la oficina del director para recibir quejas que por lo general, por no decir siempre, eran justificadas. Incluso en presencia de los maestros había imprecado y golpeado a su hijo, suponiendo que hacer patente su rudeza y severidad la eximiría de culpa por las faltas que él cometiera. Con esto solo conseguía encallecer la piel y el espíritu de su hijo, que ya no temía a sus castigos y, por el contrario, se había convertido en un ser desafiante y altanero. Desde tierna edad había sido oprimido, y su carencia de fuerzas y autoridad le impedía resistirse a sus agresores; ahora, un exiguo poder asentado en su desarrollo físico le hacía sentirse fuerte, libre, indómito.
La nueva actitud de Javier ante su familia y sus superiores pugnaría con la frustración y la amargura de Andrea, provocando un altercado que diferiría mucho de los anteriores y que marcaría un hito en la historia de la familia, pues nunca lograron olvidarlo. Tras pasar toda la mañana consumiendo sustancias alucinógenas con sus amigos, costumbre que había adoptado desde su salida de la escuela, Javier llegó a su casa buscando algo para comer. Sin embargo, se dio cuenta de que su hermana había tomado su porción del almuerzo, lo cual lo enfureció y airó de tal modo que la agravió con improperios que nunca antes había utilizado. Andrea reaccionó como si hubiese olvidado el nuevo talante de él para soportar sus ultrajes, de modo que, con un tono más que agresivo, empezó a insultarlo y a desafiarlo, hasta el punto que lo amenazó con valerse de los golpes. Javier quiso acabar con la riña anticipadamente, de modo que con un empujón contundente la postró en un sillón de la sala y dio por terminada la disputa. Sin embargo, ella tenía mucho que perder si permitía aquel acto de insubordinación, así que maquinalmente se puso de pie, tomó un portarretrato y maldiciendo se lo arrojó violentamente. Aquel marco guardaba una antinómica fotografía de Rosario felizmente acompañada por sus tres hijos; una pieza pictórica desbordante de dicha y ternura, pero evidentemente, carente de realismo.




