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Con invitarla a bailar una sola vez se ganó su confianza, y en una noche supo dónde, cómo y con quién vivía. Además utilizó esas frases románticas de cajón, revestidas de novedad para ella, y con esto fue suficiente para ser en poco tiempo objeto de su veneración y estar ligado a ella.       

La relación amorosa alcanzó fases mucho más avanzadas e íntimas. Una mañana, después de dormir fuera de su casa sin el consentimiento de su madre, Diana se bajó del auto de Mauricio rebosante de felicidad. El camino hasta la puerta de su casa lo empleó en despertar del sueño que vivía. Su novio, tras una noche de pasión y romance le había propuesto que se fuera a vivir a su lado. Sin pensarlo aceptó, y ahora no tendría problema en comunicárselo a su madre. ¿Acaso no haría lo que fuera necesario por estar al lado de la única persona que la trataba dignamente? Al entrar en su casa, Diana percibió que sus planes de convivencia con Mauricio se harían realidad antes de lo previsto. Su madre, con  ojos cansados y  semblante amargo, le reclamó de forma usual, es decir, violenta. Aunque no hubo golpes, sus palabras fueron certeras y calaron hondo. Andrea, al ser interrumpido su sueño por la algarabía, salió y quiso participar. Recriminó a Diana por las horas de llegar a  casa y la juzgó por pasar la noche con su novio. 

Diana, envalentonada por el apoyo de su único amor, contestó a los agravios de forma seca e hiriente. Rememoró las andanzas de Andrea que la habían llevado a ser una  madre soltera sin educación ni trabajo para mantener a su hija y puso en tela de juicio que ella y sus hermanos fueran hijos del mismo padre.  Trajo a colación las diferentes ocasiones en  que Andrea abuso de ella y su hermano no solo física, sino también emocionalmente. Los vejámenes de Arturo, Ramiro y Rosario también salieron a relucir en la conversación así como el incidente que termino con la expulsión de Javier del seno hogareño, incidente en el que Diana inculpaba explícitamente a Andrea. El resultado de aquella confrontación verbal no podía ser diferente. Dos semanas después, Diana se mudo a vivir con Mauricio y nunca más volvió a su barrio humilde y populoso. Este comportamiento, que tenía como objeto retribuir todo el sufrimiento recibido, se disfrazaba de ocupaciones, viajes, compromisos y enfermedades, pero la verdad era una: Diana quería olvidar a su familia. ¿Cómo se pueden narrar en solo unas cuantas líneas los hechos que acontecieron en más de una década? ¿Acaso una etapa tan relevante como la adolescencia puede resumirse en un cúmulo de trágicas palabras plagadas de acritud? Seguramente alrededor de lo expuesto se desarrollaron muchos hechos que se calificarían como memorables, más bien que simplemente  anecdóticos; tal vez, algún día una pluma los de a conocer. Pero  el relato se contagió de la vida  frenética de aquellos que, sin más opción, enfrentan día a día el temor de ser heridos y, además, viven en la ansiedad que producen las amenazas, los insultos y todas las imborrables escenas de maltrato que deslucen el espíritu. La noche y sus peligros nunca deberían llegar para ellos; tampoco el amanecer, pues es darle luz a una nueva jornada de agitación.   

Ahora bien, aunque su niñez paso frente a sus ojos de modo vertiginoso, su edad adulta sería dilatada, extenuante y melancólica. Los recuerdos de lo vivido aflorarían a cada instante y las llagas del pasado arderían con frecuencia, aunque ellos, tal vez no estuvieran conscientes de ello y se esforzaran por pretender que no estaban afectados.  Sus temperamentos se hicieron variables y físicamente lucían abatidos.  No es difícil imaginarse un rostro abatido, aunque no se hayan descrito los rasgos físicos de su portador. ¿Cómo eran físicamente Rosario y sus hijos? ¿De qué color eran sus ojos, o su cabello, y  qué aspecto tenían?  Las descripciones, que en muchas obras literarias cumplen un papel primordial,  ahora serían vanas, pues estos personajes, más que seres, son lúgubres espectros que representan el mustio infortunio de sufrir la ignominia. Podrían constituir un reflejo: se puede ser Diana, o se puede ser Arturo. No se alude a estos seres humanos como simples individuos, sino como imágenes manifiestas en el entorno común.

Años después

Habían transcurrido muchos días de desenfreno, y aún así, Javier no entablaba una relación estable, ni siquiera una pobre imitación de un matrimonio. Su vida estaba dedicada al mundo del hampa y era muy poco el tiempo que estaba en casa. Llegaba con frecuencia en mal estado por el consumo exagerado de drogas y alcohol, y  sostenía relaciones sexuales con varias mujeres a la vez. Una noche los más recónditos sentimientos de culpa y rencor penetraron en su interior. Había llegado en estado de embriaguez, y un reproche de su amante de turno fue apaciguado con fuertes golpes de su parte. Inmediatamente las imágenes más crudas de su niñez se pasearon por su mente y dieron una estocada en su corazón. Sentía revivir las noches en que su padre golpeaba a su madre en su presencia.  Todo el castigo que Arturo infligía a Rosario se trasladaba directamente a  Javier, que sentía recibirlo  en persona.  Ahora, a pesar de abominar aquella acción, la estaba ejecutando al  pie de la letra; era una representación perfecta del ser que más daño le había causado. Se detuvo un momento, miró a la mujerzuela que lloraba como lo habría hecho su madre y cubriéndose el rostro con sus manos manchadas de vileza, se arrodilló y lloró como  solía hacerlo en esas traumáticas noches. Otra vez era el niño que infortunadamente había dejado de ser.    

Andrea, por su parte había aprendido a cumplir con sus responsabilidades en el hogar de forma satisfactoria. No era muy estable en sus empleos, pero ganaba lo suficiente para sostener a su hija y a su madre, que ahora padecía serios problemas de salud. Sus ocupaciones la mantenían al margen de todo tipo de diversiones y por eso no parecía propensa a enamorarse. En muchas ocasiones lo escaso y efímero de sus relaciones, no solo amorosas, sino de todo tipo, se debía a su carácter dominante. La costumbre que había adquirido en casa le hacía pensar que todo el mundo toleraría sus abusos y se acoplaría a su personalidad tiránica. Sin embargo, grande era su frustración al sufrir el rigor y la indiferencia de un mundo donde había muchos seres con antecedentes similares a los suyos.  Las relaciones dentro del hogar eran algo más llevaderas. Su autoridad no era discutible, sobre todo en el caso de Isabel, que la aceptaba sin apelaciones de ningún tipo. El carácter dúctil de su hija y las experiencias vividas fuera de casa, aminoraron la rigidez y agresividad de Andrea, que aunque parezca increíble, ni siquiera recurría a la violencia física cuando de disciplinar a su hija se trataba. 

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