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1

—No hay razón para preocuparse. En cuanto al Paciente A, basta decir que ahora mismo es un hombre más feliz de lo que nunca hubiese podido ser. En lo que respecta a nosotros, bueno, estoy seguro que no faltaran los dedos que nos señalen acusadoramente. Eso me tiene sin cuidado. He aprendido a lo largo de mi vida que, en la mayoría de los casos, eso es una buena señal.

—Creo que tiene razón.

—Ahora concentrémonos en seguir la agenda del proyecto. Estamos muy cerca de terminar, y entiendo que mañana es un día definitivo.  

 

2

Un sonido monótono, penetrante y enloquecedor empezó a invadirlo todo. No parecía provenir de alguna fuente precisa, más bien daba la impresión de que estaba siendo emitido desde todas partes. El hombre trató en vano de encontrar el interruptor que apagaba el sonido, pero la oscuridad casi total del lugar no le facilitó su tarea. Mientras tanteaba las paredes tropezó con toda clase de objetos. Luego, notó que la habitación parecía cerrase sobre él.

—¿Pero qué demonios es esto? — Fue todo lo que alcanzó a decir.

Acostado en la cama, en el apartamento de su propiedad, Phill Lester abrió los ojos con brusquedad. El sonido que lo atormentó en sueños resulto ser el timbre del videófono. La agudeza de su tono indicaba que se trataba de un asunto urgente. Phill sabía que la mayoría de las personas al hacer una llamada la configuraban siempre en el modo de “urgente", aunque el asunto fuese una tontería. En la pequeña pantalla de baja resolución apareció el rostro ceñudo de un hombre ya entrado en años.

—¡Al fin contesta! Llevo al menos veinte minutos marcando su número de teléfono. ¿Está acaso evitando mis llamadas?

Él sabía que casi de seguro su jefe estaba exagerando. Sin embargo, aún no se había despertado del todo, y no se sentía con deseos de discutir.

—Señor Boss —comenzó a decir Phill de la manera mas calmada posible—, hoy es el primer Lunes del mes. Eso significa que es mi día libre, como lo ha  venido siendo durante el último año y medio.

—¿Día libre? —El señor Boss hizo una mueca a mitad de camino entre sorprendido y molesto. Su cabeza desapareció de la pantalla mientras que, aparentemente, buscaba algo en su escritorio. Segundos después reapareció —. Bueno, eso no importa ahora, Lester. Tenemos en nuestras manos una pequeña situación que debemos resolver ya mismo. El departamento de investigación del sistema penitenciario está teniendo problemas con un computador cuántico. Hux se iba a encargar del trabajo pero ahora  esta muy ocupado con otro asunto, así que quiero que usted se ha cargo de este servicio.

Phill comenzó a sentir un leve malestar, una tenue e imprecisa sensación de intranquilidad.

—Lo esperan allí dentro de un par de horas —continuó como una ráfaga el señor Boss —. Este es un cliente muy importante. Si hacemos un buen trabajo con ellos esta vez,  puede que nos adjudiquen el contrato de mantenimiento de todos sus equipos. Tenga en mente eso al hacer su trabajo.

El hombre en la pantalla hizo por fin una pausa, de modo que Phill pudo protestar.

—¿Dos horas?, ¿tan pronto? Pero si no tengo ninguna información. Ni siquiera sé de que clase de computador se trata, o cual es el problema.

—Confío en que sabrá arreglárselas. Le transmitiré dentro de unos minutos la  dirección del lugar junto con algunas anotaciones que hizo Hux. ¡No me defraude!

El señor Boss cortó la comunicación de forma repentina. En lugar de su ceñudo rostro apareció una pantalla negra con algunos caracteres indicando la duración de la llamada. Luego, emergió un colorido mensaje  invitando a las personas a seguir usando los servicios de VideoPhone Ltda: "miembros orgullosos de la corporación Hoover-Zalgado".

Phill, sentado en el borde de su cama, se quedó contemplando su pequeño apartamento mientras trataba de forma infructuosa de digerir la nueva situación. Empezó a reparar en los diferentes muebles y aparatos que  conformaban su vivienda, sólo para darse cuenta que le costaba trabajo recordar el origen de la mayoría de ellos.

 

3

Al estar parado en medio de un recinto tan grande, Phill se sintió disminuido. El sitio estaba decorado con artículos de diversas épocas, principalmente armas y otros elementos bélicos. Un rifle de asalto de la segunda guerra mundial ocupaba un sitio preferencial en la pared oeste, justo al lado un sable. En el otro extremo una ballesta del siglo X resaltaba sobre los demás elementos. Era evidente que los objetos no estaban organizados según un orden cronológico, pero aun así no había discordancia alguna entre ellos. Al contrario, armonizaban de tal forma que quedaba claro que su colocación no había sido dejada al azar.

Phill ya había estado en muchos lugares similares. Las personas que pueden comprar un computador cuántico también suelen tener dinero para adquirir extravagancias. Sin embargo, aun no estaba seguro de la utilidad que podía darle un departamento penitenciario a un computador de ese tipo. Los computadores cuánticos eran unos auténticos "mastica-números". Los usaban aquellas personas que necesitaban procesar miles de millones de datos a la vez en tiempos millones de veces inferiores a un segundo. Estos computadores superaban con creces a sus antepasados inmediatos: los computadores de silicio.

En medio de aquel lugar tan intimidante, Phill consultó con nerviosismo la pequeña hoja con anotaciones que le habían transmitido desde su oficina. Con rapidez la leyó para si:

—Asunto: Centro de Investigación Penitenciario y del comportamiento.>>Tipo de Computador: Quamtun - 4120. Versión E.>>Diagnostico: Disminución en la velocidad de operación por posibles algoritmos fantasmas que consumen recursos del sistema. Descartada de presencia de Virus. Reporte por: A. Hux.

El hombre comenzaba a cansarse de la espera, y entonces reparó en un objeto que era imposible que no hubiese visto antes. Una silla eléctrica, aparentemente real, coronaba la colección de aquella oficina-museo. Se acercó y comenzó a estudiarla con detenimiento.

Phill no advirtió a la mujer que entro a la oficina, razón por la cual se sobresalto cuando la escuchó detrás de él.

—Veo que le ha llamado la atención esta pieza de nuestra colección.

—Sin duda —dijo Phill tratando de disimular su sorpresa. — La verdad es que yo nunca había visto una antes. ¿Es real?

—Así es —contestó orgullosa la mujer—. Al igual que cada uno de los objetos que ve aquí. Esta silla fue usada durante más de veinte años en la cárcel principal del estado Texas, en los Estado Unidos.

—¿Cómo fue que terminó aquí?

—La corporación Hoover-Zalgado, a la cual pertenecemos,  adquirió el sistema penal Norteamericano hace tres años. Luego de eso dejaron de practicar la pena de muerte, lo cual dejo este objeto sin uso, y de paso beneficio el trabajo que hacemos aquí.

—Entiendo. ¿Y a que es lo que se dedican ustedes exactamente?

—Nosotros reformamos criminales señor.....  Hu.....usted no es el Ingeniero Hux ¿verdad?

—No —contestó el hombre a la vez que le extendía la mano—. Soy el ingeniero Phill Lester. El señor Hux tuvo algunos inconvenientes.

—Ya veo. Soy la doctora Ana Wang, encargada directa del computador cuántico de estas instalaciones. Imagino que estará usted al tanto del problema que experimentamos aquí.

—Así es. Estudié con detalle su caso —mintió Phill.

—Entonces por favor sígame. Lo conduciré hasta nuestra sala de cómputo. 

 

4

Solucionó el problema con relativa rapidez. Tardo una hora el localizar la función del programa principal que estaba originando los "algoritmos fantasma". Le tomó una hora adicional depurar el código, y otra más el tomar algunas medidas para que no se volviese a presentar el problema.

La apariencia de un computador cuántico no difería mucho de la de los computadores convencionales y, a decir verdad, en la esencia de su funcionamiento tampoco había una marcada divergencia. Ambas eran maquinas diseñadas para manipular unos y ceros únicamente. La diferencia estaba en que los computadores de silicio representaban esos unos y ceros como estados de un transistor, mientras que los cuánticos los representan como estados energéticos de un electrón. La ventaja resultaba obvia: en el espacio ocupado por un transistor caben miles de millones de electrones.

Phill sabía esto y le gustaba pensar que el podría haber nacido treinta años antes, en la era de los computadores de silicio, y aun así haber realizado el mismo trabajo. La programación de computadores era la misma, sin importar la naturaleza de los aparatos.

Le agradaba la idea de que existía un hilo conductor, una tradición que lo mantenía unido con los hombres que cien años atrás programaban las voluminosas computadoras de tubos de vacío. Este pensamiento lo hacia sentirse importante, parte de algo.Y por segunda vez en el día, Phill se sobresaltó al oír la voz de Ana Wang.

—Estoy impresionada, veo que solucionó  muy rápido nuestro problema. Es evidente que  usted se entiende bien con nuestro computador.

—Creo que si. Bueno, después de todo ese es mi trabajo —dijo Phill sonrojándose un poco.

La doctora permaneció pensativa un momento lo suficientemente largo como para incomodar a Phill, quien se vio obligado a desviar su mirada hacia la inmensa pantalla que bañaba toda la habitación con una tenue luz blanquecina. Al fin, la doctora rompió el silencio.

—Dígame algo señor Lester, ¿nunca ha considerado la posibilidad de cambiar de empleo?

Phill vaciló un poco antes de contestar. No era la clase de preguntas que surgían durante las conversaciones rutinarias y más bien banales que sostenía con sus clientes.

—A decir verdad es algo que algunas veces cruza por mi mente, como esta mañana antes de venir aquí. Sin embargo, no es un mal empleo. Creo que me gusta. De lo que si estoy seguro es que a mi jefe no le agradaría en lo más mínimo que yo dejara la compañía: ha invertido mucho dinero en mi entrenamiento.

—¿Cree que su jefe se detiene a pensar alguna vez en lo que a usted le agradaría? —Preguntó la doctora con un cierto tono sarcástico.  Luego continuó sin dar tiempo a Phill para contestar—. En realidad, más que un cambio de empleo sería un cambio de empleador. Vera, resulta bastante ineficiente que tengamos que solicitar los servicios de un ingeniero de programación cada vez que nuestro cuántico tiene problemas. En cambio, si tuviéramos a alguien vinculado a nuestro proyecto de tiempo completo nos facilitaría mucho las cosas. ¿Estaría usted interesado?

—Bueno... a decir verdad....no se que decir. Usted me ha tomado por sorpresa. Lo cierto es que estoy a gusto en mi trabajo. De hecho la idea de trabajar para una corporación no me llama mucho la atención. Creo que me gusta pertenecer a las minorías.

Anna no parecía dispuesta a ceder. Su voz adquirió un tono muy persuasivo, casi maternal.

—Señor Lester, usted debería saber que en estos tiempos pertenecer a las minorías representa una desventaja. Además, tarde o temprano la empresa para la que trabaja será absorbida por alguna de las corporaciones. Permítame mostrarle nuestras instalaciones y lo que hacemos aquí. Estoy segura que así lograré convencerlo. ¿Le parece?

Phill, por pura cortesía,  fue incapaz de negarse.

 

5

Avanzaron por un amplio pasillo, el cual se hallaba  bien iluminado por una serie de lámparas espaciadas de forma uniforme, hasta que alcanzaron la puerta de un ascensor. Una vez dentro, no hubo necesidad de presionar botón alguno, Anna se limito a indicar en voz alta el piso de destino.

—Vera señor Lester, lo que hacemos aquí es algo sin precedentes. Es autentica ciencia de vanguardia. Nosotros hemos desarrollado un método para reformar mentes criminales.

Si la doctora había esperado conseguir una reacción de sorpresa en su interlocutor, no lo logró.

—¿En verdad? —Phill trató de fingir cierto interés—. Aunque tengo entendido que ustedes no son los únicos que han trabajado en el tema.

—Eso es correcto. Es verdad que no somos pioneros en el área. Sin embargo, existe una diferencia muy importante entre este método y los que han desarrollado con anterioridad: el nuestro funciona.

Mientras la doctora continuaba hablando, Phill se entretenía con los números que desfilaban por una pequeña pantalla en la parte alta del ascensor....23...24...25....26. Por momentos los números eran reemplazados por pequeños mensajes publicitarios.

—En el pasado intentaron reformar a los criminales usando la conversión religiosa. Probaron Cristianismo, Budismo, Dislatismo…, pero nada de esto funcionó. Hoy en día somos capaces de entender el porqué. Las ecuaciones sociales de Markov nos demuestran que las personas con fuertes ideas religiosas tienden a ser inestables. Esto debido a que en la ecuación de personalidad aparece en el denominador un número complejo que....ehh... ¿me sigue usted señor Lester?

—¡Oh si! Absolutamente.

—Lamento si me estaba poniendo muy técnica. A veces se olvida que los demás no tienen porque conocer los detalles de mi especialidad. Pero en fin, el punto es que lo que se intentó en el pasado no tenía ninguna probabilidad de éxito.

El ascensor se detuvo con brusquedad. Luego, al abrirse las puertas, se encontraron ante un pasillo casi idéntico al que dejaron minutos antes y cientos de pisos más abajo. A ambos  lados del corredor por donde caminaban, había sendos ventanales a través de los cuales era posible ver en plena actividad laboratorios de diversa índole. Los hombres y mujeres al otro lado del cristal continuaron imperturbables su trabajo, como si no les importase ser observados.

—Tengo la impresión —continuó la doctora— de que usted no esta muy convencido de la utilidad del trabajo que realizamos aquí. ¿Me equivoco?

Phill se sintió molesto por la facilidad con la que una desconocida le había leído el pensamiento. No le agradaba ser tan transparente.

—Bueno, la verdad es que no es estoy seguro de que valga la pena gastar tanto tiempo y dinero en un criminal. Estoy seguro de que esos recursos estarían mejor invertidos en otras personas.

—Entiendo su argumento. Tal vez debería enviarlo con nuestra gente de publicidad quienes están elaborando un folleto llamado: "Las bondades y virtudes de la re-socialización de criminales por el método Hoover-Zalgado", el cual se distribuirá al público dentro de poco. >>Sin embargo, déjeme decirle esto por ahora: la inteligencia se ha vuelto un bien muy escaso en estos días. Mal haríamos nosotros en matar o encerrar a algunas de las mentes más brillantes solo porque se han desviado de lo que la sociedad llama "correcto". >>Se sorprendería de las capacidades intelectuales de muchas de las personas que están encerradas en las cárceles hoy en día. Los grandes criminales son también grandes genios, y si se busca con cuidado es posible encontrar al Einstein del homicidio o al Newton del terrorismo

—Veo que usted esta bastante convencida —dijo Phill. —Pero dígame algo, ¿su método funciona de verdad? Quiero decir, quien recibe su tratamiento, ¿realmente deja atrás cualquier conducta criminal?

—Ciento por ciento de efectividad. —contestó Anna sin vacilar—. A decir verdad existe alguien que ha sido tratado con nuestro método, y que hoy en día se encuentra incorporado a la sociedad. Camina por las calles como cualquier otro ciudadano. Es nuestro sujeto de prueba y lo llamamos el paciente A. Se trata de un asesino en serie que operó durante varios años antes de ser capturado. Hoy es un hombre modelo y tenemos la seguridad de que no volverá a matar jamás en su vida. De  este modo evitamos que una mente brillante se desperdiciara en una condena perpetua.

—Hay algo que no entiendo, doctora Wang, —Phill parecía un poco contrariado—. ¿Qué ocurrió con la condena de este hombre? No puedo creer que después de cometer homicidio reciba como premio una nueva oportunidad. ¿La justicia lo perdonó así de fácil?

—Por supuesto que si. El hombre que cometió aquellos crímenes es, literalmente hablando, una persona distinta a la que se encuentra rehabilitada hoy en día. No sería justo condenar a una persona por las faltas de otra.

Una puerta marcaba el final del pasillo. Se detuvieron allí mientras la doctora buscaba en sus bolsillos la tarjeta que le daba acceso. Entre tanto, Phill trataba de darle sentido a las palabras de la doctora.

—Temo que estoy algo confundido. ¿Qué quiere usted decir con "otra persona"?

—Es que ese es el principio de funcionamiento de nuestro método. Diseñamos una nueva personalidad con sus respectivos recuerdos y se los implantamos a la persona a rehabilitar. Los recuerdos y rasgos de personalidad viejos son aislados en una parte de la memoria que es dañada para que nunca más sea accesible. >>Dado que es la mente  lo que define a un individuo, es justo decir que lo que nuestro procedimiento hace es crear una nueva persona. Matamos la mente del criminal pero mantenemos sus capacidades intelectuales intactas. ¿No le parece algo magnífico?

Phill no pudo contestar de inmediato. Una sensación generalizada de malestar se apodero de él. Se manifestaba como un dolor de cabeza impreciso e intermitente. Trató de disimular. Al fin logro decir algo:

—Nunca hubiese imaginado que semejante cosa fuese posible.

—Bueno, a decir verdad no es tan fácil como suena. Ambas personalidades, la original y la implantada, necesitan tener ciertas características en concordancia. De lo contrario se produce un rechazo, algo similar a lo que experimentan algunas personas cuando les transplantan un órgano.>>Esto lo sabíamos desde hacía varios años a partir de lo que lo que indicaban las ecuaciones sociales de Markov. Resolver esas ecuaciones sólo fue posible hasta que aparecieron los computadores cuánticos. Ellos hicieron posible el milagro.

El dolor de cabeza de Phill se convirtió en algo mucho más constante, más preciso. Casi tangible.

—¿Se siente bien? —Preguntó la doctora—. Se le ve muy pálido.

—Si, estoy bien.  —Contestó Phill en un tono apenas audible—. Es sólo que todo esto me parece…horrible.

—¿Horrible? —La doctora no pareció sorprendida en lo absoluto—. ¿Qué quiere decir con eso?

Phill tenía que hacer un gran esfuerzo para articular las palabras y armarlas en forma de frases. Sentía el dolor penetrante y agudo, como un cincel sobre piedra. De algún modo logró continuar hablando a pesar de su malestar.

—Yo creo que los recuerdos son lo último sagrado que nos queda. No se metan con eso. Cualquiera preferiría estar en una cárcel a vivir una vida falsa.

—Pero ellos no pueden notar la diferencia entre un recuerdo verdadero y uno implantado. Los recuerdos se limitan a estar allí en sus mentes y nadie los cuestiona. No pueden extrañar algo que no recuerdan haber tenido. Además.....pero ¿qué hago discutiendo con usted? Es evidente que no se siente bien. Arreglaré que un taxi lo lleve a su casa ahora mismo.

Phill apenas pudo escuchar esas palabras mientras sentía que sus fuerzas ya no podrían sostenerle mucho más. Lo siguiente que vio al abrir los ojos de nuevo, fue el interior de la cabina de un taxi.

 

6

—Cuénteme doctora, ¿cómo estuvo su entrevista con el paciente A?

—Fue una experiencia incomparable. Una cosa es leer los informes  y otra es poder hablar con el en persona.

—¿Y que conclusiones sacó usted?

—Creo que el paciente A es un éxito total. No hay ningún indicio de regresión a la personalidad anterior. Es increíble ver como un asesino en serie se ha transformado en un ciudadano ejemplar dedicado a la programación de computadores cuánticos. Pobre señor Lester, ignora que las maquinas que programa son las mismas que le han dado su nueva personalidad.

—¿Notó algo más?

—Si. La aversión que le implantamos hacia todo lo relacionado con la alteración de la personalidad funcionó muy bien. Se puso muy enfermo en cuanto le empecé a explicar la naturaleza de nuestro método.

—Entiendo. Espero recibir un informe detallado de sus conclusiones. Ahora puede retirarse.

En cuanto la doctora abandono la oficina, el hombre se puso de pie y se dirigió hacia la ventana desde la cual tenía una amplia vista de buena parte de la ciudad. Sacó de su chaqueta un pequeño aparato, lo llevó hasta la altura de su boca y comenzó a dictar en voz alta.

—Informe sobre el proyecto de reforma de criminales Hoover-Zalgado. El procedimiento ha sido un éxito. No solo el señor Philll Lester ha olvidado por completo su pasado como asesino en serie, sino que la doctora Ana Wang ya no recuerda su papel como terrorista líder en los eventos del Diciembre Negro. Podemos entrar a la fase operativa del proyecto. 

 

FIN

 
Esta es la primera historia que escribí hace unos cinco años. El estilo que uso ahora es muy diferente, pero creo que la temática abordada por “El paciente A” sigue muy vigente y muy presente en lo que escribo.

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