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Al estar parado en medio de un recinto tan grande, Phill se sintió disminuido. El sitio estaba decorado con artículos de diversas épocas, principalmente armas y otros elementos bélicos. Un rifle de asalto de la segunda guerra mundial ocupaba un sitio preferencial en la pared oeste, justo al lado un sable. En el otro extremo una ballesta del siglo X resaltaba sobre los demás elementos. Era evidente que los objetos no estaban organizados según un orden cronológico, pero aun así no había discordancia alguna entre ellos. Al contrario, armonizaban de tal forma que quedaba claro que su colocación no había sido dejada al azar.
Phill ya había estado en muchos lugares similares. Las personas que pueden comprar un computador cuántico también suelen tener dinero para adquirir extravagancias. Sin embargo, aun no estaba seguro de la utilidad que podía darle un departamento penitenciario a un computador de ese tipo. Los computadores cuánticos eran unos auténticos "mastica-números". Los usaban aquellas personas que necesitaban procesar miles de millones de datos a la vez en tiempos millones de veces inferiores a un segundo. Estos computadores superaban con creces a sus antepasados inmediatos: los computadores de silicio.
En medio de aquel lugar tan intimidante, Phill consultó con nerviosismo la pequeña hoja con anotaciones que le habían transmitido desde su oficina. Con rapidez la leyó para si:
—Asunto: Centro de Investigación Penitenciario y del comportamiento.>>Tipo de Computador: Quamtun - 4120. Versión E.>>Diagnostico: Disminución en la velocidad de operación por posibles algoritmos fantasmas que consumen recursos del sistema. Descartada de presencia de Virus. Reporte por: A. Hux.
El hombre comenzaba a cansarse de la espera, y entonces reparó en un objeto que era imposible que no hubiese visto antes. Una silla eléctrica, aparentemente real, coronaba la colección de aquella oficina-museo. Se acercó y comenzó a estudiarla con detenimiento.
Phill no advirtió a la mujer que entro a la oficina, razón por la cual se sobresalto cuando la escuchó detrás de él.
—Veo que le ha llamado la atención esta pieza de nuestra colección.
—Sin duda —dijo Phill tratando de disimular su sorpresa. — La verdad es que yo nunca había visto una antes. ¿Es real?
—Así es —contestó orgullosa la mujer—. Al igual que cada uno de los objetos que ve aquí. Esta silla fue usada durante más de veinte años en la cárcel principal del estado Texas, en los Estado Unidos.
—¿Cómo fue que terminó aquí?
—La corporación Hoover-Zalgado, a la cual pertenecemos, adquirió el sistema penal Norteamericano hace tres años. Luego de eso dejaron de practicar la pena de muerte, lo cual dejo este objeto sin uso, y de paso beneficio el trabajo que hacemos aquí.
—Entiendo. ¿Y a que es lo que se dedican ustedes exactamente?
—Nosotros reformamos criminales señor..... Hu.....usted no es el Ingeniero Hux ¿verdad?
—No —contestó el hombre a la vez que le extendía la mano—. Soy el ingeniero Phill Lester. El señor Hux tuvo algunos inconvenientes.
—Ya veo. Soy la doctora Ana Wang, encargada directa del computador cuántico de estas instalaciones. Imagino que estará usted al tanto del problema que experimentamos aquí.
—Así es. Estudié con detalle su caso —mintió Phill.
—Entonces por favor sígame. Lo conduciré hasta nuestra sala de cómputo.



