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Solucionó el problema con relativa rapidez. Tardo una hora el localizar la función del programa principal que estaba originando los "algoritmos fantasma". Le tomó una hora adicional depurar el código, y otra más el tomar algunas medidas para que no se volviese a presentar el problema.

La apariencia de un computador cuántico no difería mucho de la de los computadores convencionales y, a decir verdad, en la esencia de su funcionamiento tampoco había una marcada divergencia. Ambas eran maquinas diseñadas para manipular unos y ceros únicamente. La diferencia estaba en que los computadores de silicio representaban esos unos y ceros como estados de un transistor, mientras que los cuánticos los representan como estados energéticos de un electrón. La ventaja resultaba obvia: en el espacio ocupado por un transistor caben miles de millones de electrones.

Phill sabía esto y le gustaba pensar que el podría haber nacido treinta años antes, en la era de los computadores de silicio, y aun así haber realizado el mismo trabajo. La programación de computadores era la misma, sin importar la naturaleza de los aparatos.

Le agradaba la idea de que existía un hilo conductor, una tradición que lo mantenía unido con los hombres que cien años atrás programaban las voluminosas computadoras de tubos de vacío. Este pensamiento lo hacia sentirse importante, parte de algo.Y por segunda vez en el día, Phill se sobresaltó al oír la voz de Ana Wang.

—Estoy impresionada, veo que solucionó  muy rápido nuestro problema. Es evidente que  usted se entiende bien con nuestro computador.

—Creo que si. Bueno, después de todo ese es mi trabajo —dijo Phill sonrojándose un poco.

La doctora permaneció pensativa un momento lo suficientemente largo como para incomodar a Phill, quien se vio obligado a desviar su mirada hacia la inmensa pantalla que bañaba toda la habitación con una tenue luz blanquecina. Al fin, la doctora rompió el silencio.

—Dígame algo señor Lester, ¿nunca ha considerado la posibilidad de cambiar de empleo?

Phill vaciló un poco antes de contestar. No era la clase de preguntas que surgían durante las conversaciones rutinarias y más bien banales que sostenía con sus clientes.

—A decir verdad es algo que algunas veces cruza por mi mente, como esta mañana antes de venir aquí. Sin embargo, no es un mal empleo. Creo que me gusta. De lo que si estoy seguro es que a mi jefe no le agradaría en lo más mínimo que yo dejara la compañía: ha invertido mucho dinero en mi entrenamiento.

—¿Cree que su jefe se detiene a pensar alguna vez en lo que a usted le agradaría? —Preguntó la doctora con un cierto tono sarcástico.  Luego continuó sin dar tiempo a Phill para contestar—. En realidad, más que un cambio de empleo sería un cambio de empleador. Vera, resulta bastante ineficiente que tengamos que solicitar los servicios de un ingeniero de programación cada vez que nuestro cuántico tiene problemas. En cambio, si tuviéramos a alguien vinculado a nuestro proyecto de tiempo completo nos facilitaría mucho las cosas. ¿Estaría usted interesado?

—Bueno... a decir verdad....no se que decir. Usted me ha tomado por sorpresa. Lo cierto es que estoy a gusto en mi trabajo. De hecho la idea de trabajar para una corporación no me llama mucho la atención. Creo que me gusta pertenecer a las minorías.

Anna no parecía dispuesta a ceder. Su voz adquirió un tono muy persuasivo, casi maternal.

—Señor Lester, usted debería saber que en estos tiempos pertenecer a las minorías representa una desventaja. Además, tarde o temprano la empresa para la que trabaja será absorbida por alguna de las corporaciones. Permítame mostrarle nuestras instalaciones y lo que hacemos aquí. Estoy segura que así lograré convencerlo. ¿Le parece?

Phill, por pura cortesía,  fue incapaz de negarse.

 

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