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Avanzaron por un amplio pasillo, el cual se hallaba  bien iluminado por una serie de lámparas espaciadas de forma uniforme, hasta que alcanzaron la puerta de un ascensor. Una vez dentro, no hubo necesidad de presionar botón alguno, Anna se limito a indicar en voz alta el piso de destino.

—Vera señor Lester, lo que hacemos aquí es algo sin precedentes. Es autentica ciencia de vanguardia. Nosotros hemos desarrollado un método para reformar mentes criminales.

Si la doctora había esperado conseguir una reacción de sorpresa en su interlocutor, no lo logró.

—¿En verdad? —Phill trató de fingir cierto interés—. Aunque tengo entendido que ustedes no son los únicos que han trabajado en el tema.

—Eso es correcto. Es verdad que no somos pioneros en el área. Sin embargo, existe una diferencia muy importante entre este método y los que han desarrollado con anterioridad: el nuestro funciona.

Mientras la doctora continuaba hablando, Phill se entretenía con los números que desfilaban por una pequeña pantalla en la parte alta del ascensor....23...24...25....26. Por momentos los números eran reemplazados por pequeños mensajes publicitarios.

—En el pasado intentaron reformar a los criminales usando la conversión religiosa. Probaron Cristianismo, Budismo, Dislatismo…, pero nada de esto funcionó. Hoy en día somos capaces de entender el porqué. Las ecuaciones sociales de Markov nos demuestran que las personas con fuertes ideas religiosas tienden a ser inestables. Esto debido a que en la ecuación de personalidad aparece en el denominador un número complejo que....ehh... ¿me sigue usted señor Lester?

—¡Oh si! Absolutamente.

—Lamento si me estaba poniendo muy técnica. A veces se olvida que los demás no tienen porque conocer los detalles de mi especialidad. Pero en fin, el punto es que lo que se intentó en el pasado no tenía ninguna probabilidad de éxito.

El ascensor se detuvo con brusquedad. Luego, al abrirse las puertas, se encontraron ante un pasillo casi idéntico al que dejaron minutos antes y cientos de pisos más abajo. A ambos  lados del corredor por donde caminaban, había sendos ventanales a través de los cuales era posible ver en plena actividad laboratorios de diversa índole. Los hombres y mujeres al otro lado del cristal continuaron imperturbables su trabajo, como si no les importase ser observados.

—Tengo la impresión —continuó la doctora— de que usted no esta muy convencido de la utilidad del trabajo que realizamos aquí. ¿Me equivoco?

Phill se sintió molesto por la facilidad con la que una desconocida le había leído el pensamiento. No le agradaba ser tan transparente.

—Bueno, la verdad es que no es estoy seguro de que valga la pena gastar tanto tiempo y dinero en un criminal. Estoy seguro de que esos recursos estarían mejor invertidos en otras personas.

—Entiendo su argumento. Tal vez debería enviarlo con nuestra gente de publicidad quienes están elaborando un folleto llamado: "Las bondades y virtudes de la re-socialización de criminales por el método Hoover-Zalgado", el cual se distribuirá al público dentro de poco. >>Sin embargo, déjeme decirle esto por ahora: la inteligencia se ha vuelto un bien muy escaso en estos días. Mal haríamos nosotros en matar o encerrar a algunas de las mentes más brillantes solo porque se han desviado de lo que la sociedad llama "correcto". >>Se sorprendería de las capacidades intelectuales de muchas de las personas que están encerradas en las cárceles hoy en día. Los grandes criminales son también grandes genios, y si se busca con cuidado es posible encontrar al Einstein del homicidio o al Newton del terrorismo

—Veo que usted esta bastante convencida —dijo Phill. —Pero dígame algo, ¿su método funciona de verdad? Quiero decir, quien recibe su tratamiento, ¿realmente deja atrás cualquier conducta criminal?

—Ciento por ciento de efectividad. —contestó Anna sin vacilar—. A decir verdad existe alguien que ha sido tratado con nuestro método, y que hoy en día se encuentra incorporado a la sociedad. Camina por las calles como cualquier otro ciudadano. Es nuestro sujeto de prueba y lo llamamos el paciente A. Se trata de un asesino en serie que operó durante varios años antes de ser capturado. Hoy es un hombre modelo y tenemos la seguridad de que no volverá a matar jamás en su vida. De  este modo evitamos que una mente brillante se desperdiciara en una condena perpetua.

—Hay algo que no entiendo, doctora Wang, —Phill parecía un poco contrariado—. ¿Qué ocurrió con la condena de este hombre? No puedo creer que después de cometer homicidio reciba como premio una nueva oportunidad. ¿La justicia lo perdonó así de fácil?

—Por supuesto que si. El hombre que cometió aquellos crímenes es, literalmente hablando, una persona distinta a la que se encuentra rehabilitada hoy en día. No sería justo condenar a una persona por las faltas de otra.

Una puerta marcaba el final del pasillo. Se detuvieron allí mientras la doctora buscaba en sus bolsillos la tarjeta que le daba acceso. Entre tanto, Phill trataba de darle sentido a las palabras de la doctora.

—Temo que estoy algo confundido. ¿Qué quiere usted decir con "otra persona"?

—Es que ese es el principio de funcionamiento de nuestro método. Diseñamos una nueva personalidad con sus respectivos recuerdos y se los implantamos a la persona a rehabilitar. Los recuerdos y rasgos de personalidad viejos son aislados en una parte de la memoria que es dañada para que nunca más sea accesible. >>Dado que es la mente  lo que define a un individuo, es justo decir que lo que nuestro procedimiento hace es crear una nueva persona. Matamos la mente del criminal pero mantenemos sus capacidades intelectuales intactas. ¿No le parece algo magnífico?

Phill no pudo contestar de inmediato. Una sensación generalizada de malestar se apodero de él. Se manifestaba como un dolor de cabeza impreciso e intermitente. Trató de disimular. Al fin logro decir algo:

—Nunca hubiese imaginado que semejante cosa fuese posible.

—Bueno, a decir verdad no es tan fácil como suena. Ambas personalidades, la original y la implantada, necesitan tener ciertas características en concordancia. De lo contrario se produce un rechazo, algo similar a lo que experimentan algunas personas cuando les transplantan un órgano.>>Esto lo sabíamos desde hacía varios años a partir de lo que lo que indicaban las ecuaciones sociales de Markov. Resolver esas ecuaciones sólo fue posible hasta que aparecieron los computadores cuánticos. Ellos hicieron posible el milagro.

El dolor de cabeza de Phill se convirtió en algo mucho más constante, más preciso. Casi tangible.

—¿Se siente bien? —Preguntó la doctora—. Se le ve muy pálido.

—Si, estoy bien.  —Contestó Phill en un tono apenas audible—. Es sólo que todo esto me parece…horrible.

—¿Horrible? —La doctora no pareció sorprendida en lo absoluto—. ¿Qué quiere decir con eso?

Phill tenía que hacer un gran esfuerzo para articular las palabras y armarlas en forma de frases. Sentía el dolor penetrante y agudo, como un cincel sobre piedra. De algún modo logró continuar hablando a pesar de su malestar.

—Yo creo que los recuerdos son lo último sagrado que nos queda. No se metan con eso. Cualquiera preferiría estar en una cárcel a vivir una vida falsa.

—Pero ellos no pueden notar la diferencia entre un recuerdo verdadero y uno implantado. Los recuerdos se limitan a estar allí en sus mentes y nadie los cuestiona. No pueden extrañar algo que no recuerdan haber tenido. Además.....pero ¿qué hago discutiendo con usted? Es evidente que no se siente bien. Arreglaré que un taxi lo lleve a su casa ahora mismo.

Phill apenas pudo escuchar esas palabras mientras sentía que sus fuerzas ya no podrían sostenerle mucho más. Lo siguiente que vio al abrir los ojos de nuevo, fue el interior de la cabina de un taxi.

 

 

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