Truena en el silencioso pasillo del edificio la cerradura al soltar la chapa.
Un chirrido seco y agudo le sigue al ruido, como un lamento, como un tenebroso saludo al aire.
Apenas dura un par de segundos, luego el golpe seco de la puerta que vuelve a cerrarse y nuevamente el silencio y la penumbra que se apoderan del lugar.
Son cinco puertas, todas del mismo lado, las que habitan el pasillo, la quinta al fondo, es la que acaba de importunar a las demás, aunque ninguna de ha dado por enterada.
Cruzando la quinta puerta se enciende una bombilla de luz amarilla y turbia, se nota que aún siendo el ambiente no muy grande, la bombilla no da la luz suficiente.
Caen algunas cosas al piso, un paso vacilante hacia adelante, el hombre saca el encendedor de un bolsillo, un cigarrillo del otro y colocandoselo en la boca lo enciende.
Cierra los ojos, aspira, levanta la cabeza suspira y suela el humo caliente que atraviesa su pecho.
Levanta una mochila del piso y lo coloca en una silla enclenque que hay junto a la puerta.
Cruza la pequeña sala comedor que solo tiene un desvencijado sillón una pequeña mesita llena de libros en frente y luego una mesa más grande con un par de sillas que es donde generalmente come cuando está en su departamento.
Entra en la cocina, de tamaño justo para hacerlo todo sin moverse.
Tampoco tiene mucho, una cocinita eléctrica, un mini refrigerador y vajilla justa para 4 personas. Lo justo cuando se le ocurre invitar a alguien (generalmente a unos amigos que juegan cartas, beben como si no hubiera un mañana y cantan canciones de música trova que les recuerdan los años ingenuos del idealismo de su juventud).
Se sirve un café caliente de un desportillado termo, lo deja así listo en las mañanas para no tener que hacerlo cuando llega cansado.
Hoy tiene ganas de algo más y le pone sabor al café con una buena ración de ron.
Se sienta en el sillón y deja el cigarrillo en el cenicero casi lleno que estaba casi oculto bajo los libros.
Toma el que está encima "El mundo de Sofía" dice el título, sonríe y piensa "a estas alturas de mi vida queriendo conocer de qué es lo que va la filosofia, parece chiste".
Toma el cigarrillo y se lo coloca de nuevo en la boca, se recuesta un poco y continúa su lectura donde la había dejado el día anterior.
Lee, fuma y reflexiona. Las ideas fluyen en su cerebro.
Ahí sobre la mesa hay otro libro con las hojas dobladas, como señaladores, "Geopolítica" se lee en el título. Un poco más al lado está "El arte de la guerra", sobre él uno más pequeño que titula "GOG" y casi al borde y a punto de caerse otro desvencijado y con la portada del libro rota en la parte de abajo pero que mantiene el título: "Las cloacas del imperio".
Hay varios otros pero que no se distinguen en el caos apretujado que es la pequeña mesita central.
El hombre se levanta, toma el control remoto del equipo de sonido y cuando vuelve a sentarse enciende el equipo, elige una carpeta del USB conectado y deja que la lista reproduzca "Silvio Rodríguez y amigos".
Un aire frío le golpea el cuerpo, deja el libro sobre la mesita, se levanta de nuevo, se sirve.otro café con ron, saca más cigarrillos y vuelve a sentarse.
Ya no toma el libro, se pierde en la música. Otra calada al cigarrillo, otro sorbo, otra mirada al infinito, otro verso que resuena en el aire "... Como gasto papeles recordándote..."
El no gasta papeles, el ha endurecido su sonrisa, alejado compañías, ha alimentado su cerebro con ideas que alejen recuerdos.
Ideas que lo mantengan apartado de las viejas amistades, esas que preguntan, que quieren saber del final de viejas historias.
Sin darse cuenta la voz y los versos han cambiado y el recuerdo de su historia también "...son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos... "
Su mente divaga, esta noche solía ser especial, hace muchos años, solía ser muy especial.
Hoy la soledad le acompaña, aún así la disfruta.
Aunque le hubiera gustado una sonrisa que rompiera la monotonía.
"No importa - se dice - ya no importa - se reafirma"
Toma un sorbo largo de café y vuelve a llevar la taza pero está vez solo con ron.
Enciende otro cigarrillo, lo aspira y lo disfruta.
Vuelve a tomar el libro.
Levanta la vista al reloj de pared, hace 5 minutos que pasó la media noche.
Levanta la taza, bebe otro sorbo y con una sonrisa irónica se dice:
"Cambié de dígito, ahora voy con el 6"
Toma otro sorbo, otra calada, levanta el libro y se enfrasca en la lectura.
En el aire los versos y armonías han cambiado: "... Por los nombres prohibidos, yo te nombro: libertad..."
FIN





