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A esa altura, todo lo demás le parecía insignificante. La gente, los autos, la vida de todos se veía tan frágil, como la estructura de un edificio levantada en naipes. Casualmente, aquel panorama le hacía secretar más saliva de la cuenta, lo cual mejoraba el proceso de ingestión, para sus efectos dulce y transparente en dicho instante. Por ello, casi prescindía de la chicha que llevaba en el termo, aún así, después de terminar la comida, sorbió el sobrante líquido que llenaba más de la mitad del termo.

Cerró los recipientes y los ordenó uno junto al otro, en orden creciente de tamaño, sobre el piso de la azotea, no muy lejos del borde, donde cambiaba de postura. Se puso de pie, estiró los brazos a ambos lados del cuerpo, cerró los ojos y respiró hondo, en tributo al recuerdo de los clavados que hacía de chico, cuando nadaba.

La brisa inflaba su ropa, haciéndole peso intencionado para que cayese. Carlos, equilibrado, con la mitad de los pies en tierra y la otra al vacío, se entregó en total anonimato y silencio a la posibilidad del suicidio. Nunca se sintió tan desposeído o completo, tan insignificante o importante, tan libre o preso, tan absuelto o condenado, como en ese instante cuando su mente contempló cederle cuarenta años de vida al aire. La brisa le llenó el vacío interno, seduciéndolo con un leve flagelo sobre la carne de su piel, susurrándole al oído cual canto de sirena, que lo hiciera, que se tirara.

Todo se presentaba bajo la aprobación muda de un sol espléndido, que daba plena fe de la tragedia por suscitarse. Nada ni nadie estaba por impedirlo, sólo eran Carlos y la brisa, en preámbulo ritual al fatal apareamiento.

Por primera vez, en sus cuarenta años, aquel infeliz pudo ofrecerle al Creador una lágrima igual de pura, a como simple había sido su vida, en las dos últimas décadas. En ese momento, su mayor atrevimiento, la aventura final, era morir. Balanceó su cuerpo hacia adelante, se empinó sobre los talones, pero abrió los ojos... Debajo de él, a parte de la insignificante imagen miniaturizada de la ciudad, relucía una calle desordenada, que a esa distancia deslumbraba de lo sucia. Era inaudito e inaceptable que él, Carlos González, se desmembrara, adornando con sus sesos el ornato público, sobre aquel jolgorio de desidia y vileza. Rápidamente contrapuso el peso de todo su cuerpo, inclinándose hacia atrás para impedir la caída.

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