La madre sorda no se enteró, pero la muda asintió con lástima. Como si fuera un consentimiento, Angustias Ridruejo, una viuda con poca pena, probó la carne y debe ser por la cara que puso, pero al rato, todos estaban rodeando la mesa grande del salón. Faltaban vasos para que todos tomaran vino y anís, así que había que limpiarlos e irse turnando, el problema es que cuando se calentaron los cuerpos, nadie los soltaba, así que decidieron compartirlos. Se juntaron los que bebían vino, por otro lado los del anís y un par o tres de marginados que sólo bebían agua. La conversación de estos era, a todas luces, mucho menos animada.
Como era de esperar la casa se llenó a medianoche, para entonces el anís se acabó. Apolonio, sintiéndose algo responsable, por aquello de haber acertado con la causa de la muerte, fue a por más. Cuando las plañideras consideraron que ya era suficiente y se acabaron las alabanzas. Los silencios intermitentes, hasta ahora esporádicos, se fueron haciendo cada vez más frecuentes, suspiros y gemidos lastimeros, iniciaron una sinfonía de penas que consiguieron provocarle al “Mauri” un arañazo de nostalgia sincera, sin querer decir que los lamentos no lo sean, pero este, al ser por dentro, parecía más verosímil. Se miraron las dos madres, que era la otra forma que tenían de hablarse, con los ojos, y las dos decían lo mismo:
-¡Cuánta gente quería a Gustavito!
-Y qué triste está la Angustias, no sé yo si ella y el niño tuvieron algún que otro galope.
Y sonreían picaronas, aunque esto, las dos sabían que lo decían porque era muy comentado que Gustavo no gustaba de hembras. Siempre entre las faldas de las dos y no se le conocían visitas, ni a la “Trini”, ni a la “Malospelos”, las dos putas que había en la comarca. Según Angustias, no eran muy profesionales porque trabajaban por vicio y no por vocación, además, según ella, eran las culpables de que ella se estuviera secando en vida, siendo más joven y con mejor cuerpo que ambas. Razón no le faltaba porque su marido se marchó rascándose los bajos y Apolonio dijo que hacía lo mismo que los perros, lo cuales, cuando están con varias perras, se tiran bocarriba y se dan con las patas en las pudendas.
-Tu marido ha muerto de promiscuidad -le dijo a la esposa.
Al principio se sintió relativamente feliz, porque no es lo mismo morirse de un mal catarro o de unas fiebres mal curadas, que de una enfermedad importante, señal de que Dios lo distinguió para llevárselo a su lado. Casi dos semanas tardó en aprenderse el nombre para poder contestar cuando le preguntaban por su muerte:
-Murió de una enfermedad rara y creo que incurable, a todas luces lo llamó el Señor, porque si no habría muerto de algo más normal, promiscuidad se llama- y alzaba el busto con orgullo.
Cuando se enteró de lo que era por un cura joven que venía los viernes a predicar y a confesar, ya había pasado mucho tiempo para que le diera pena y como se lo dijo en confesión, nadie tenía porqué saberlo.
-No cedáis a la tentación, huid de los demonios de la carne y no caigáis en la promiscuidad, el peor de los males…
Así dijo el cura en el pregón, Angustias se lo refirió mientras se confesaba, más que nada para que viera que Dios se fijó en ellos y no apretara mucho con las penitencias, ya que tenía algún que otro pecado gordo, como tocarse pensando en los hombres y no en su marido. Es que lo vio muerto y con la cara retorcida por los picores, y eso, le baja los ánimos a cualquiera.
-Pues mi Modesto murió de promiscuidad.
Lo soltó en el velatorio porque no estaba el cura y nadie sabía lo que era eso.
-Excepto Gustavo, el pobre, que ha muerto de provocación, fue la muerte más rara que yo recuerde.
Se atusó los pechos y se recolocó el velo, algo caído por las veces que alzó la cabeza para tomar anís.
-Bueno, eso sin contar al desconocido que encontramos ahorcado en la encina del cruce.-Pero ese no murió, a ese se lo llevaron los demonios, sólo había que verle la cara y la lengua que sacaba, eso no es humano.
Esto lo apostilló Don Apolonio, no pudo dar con la causa de la muerte, porque según él, le faltaban datos. Todo el mundo lo entendió, no en vano era un extraño que venía de cualquier sitio, y quién sabe de los males y dolencias que hay por ahí fuera.
Avanzada la noche, la madre sorda se quedó dormida en la mecedora, el salón se llenó de un murmullo silencioso. Afuera, los grillos y las cigarras armaron coros, todo el que podía molestarles estaba dentro y en actitud de recogimiento. La mesa se quedó vacía y a una señal de la madre muda, las lloronas, llenando ante los vasos y apurándolos, volvieron a su labor.
Todo iba como era de esperar, hasta que, Angustias, aventada por el anís y después el vino, comenzó a gritar desconsolada y a rasgarse el vestido. Hasta la madre sorda se despertó asustada, los grillos se callaron y las cigarras, más duras de oído, aguantaron un poco más.
-¿Por qué nos ha señalado Dios? Entre la promiscuidad y la provocación, ¿qué más le queda por enviarnos?
Se tiró de la blusa rompiendo los botones y dejando entrever los senos, aún turgentes y apetecibles, como no se la veía con intenciones de parar, Don Apolonio hizo amago de calmarla, sobre todo cuando vio que la mujer se tocaba el vientre y las caderas
-¿Qué será de nosotros Don Apolonio?
-Nada mujer, tranquilízate y deja la ropa en paz que le subirás la libido a la concurrencia.
-¿La libido?
Lo miró aterrorizada.
-Y esta ¿también es mortal?
Las madres se miraron y se volvieron a hablar con los ojos, demasiado bien sabían ellas que esa enfermedad no mataba, desde que se fue el hombre, hacían puesto con las gallinas para ver las cochinadas del cerdo. Miraron a Gustavo, quieto y sereno, ajeno ya a los males de este mundo y se volvieron a mirar. Las dos se dijeron algo al unísono y aunque nadie oyó nada, todos se extrañaron, porque sin venir a cuento, ambas comenzaron a reír.






