Leonardo no sabía si había alguna posibilidad de escapar o al menos de salir con vida de esta situación. Estaba recostado en la larga, oscura pared de ladrillos de una callejuela y tenía todo el cuerpo pegoteado de sudor, molido de cansancio. Los latidos del corazón arremetían en su pecho con furibundos latigazos y los ojos le ardían de tal manera que hasta el choque del más leve aire le producía un dolor como de mil cuchilladas sobre las córneas y chorros de sangre brotando de sus cuerpos y un hilillo de baba que cuelga de aquella boca morena y el niñito perdiéndose entre las sombras y tú qué fue lo que hiciste.
Desde que se apartó del grupo, no había vuelto a ver a nadie. ¿Estarían muertos? ¿Acaso no lo merecían? Pero qué, cuando, en realidad, les habían lavado el cerebro u obligado a cumplir órdenes, como autómatas. La Revolución tiene que triunfar, una cara acaballada accionando los brazos, ¡viva la Lucha Armada, camaradas!, y un coro de voces respondiendo ¡viva! ¿Tuvo sentido todo eso? Dio una mirada en torno y chasqueó la lengua. ¡Bah!, mejor lárgate de una vez.
-¡Busquen bien, carajo!-dijo, de pronto, una voz imponente.
Leonardo se puso en cuclillas y, con un miedo creciente, escuchó también el claro sonido de unas botas repiqueteando contra el suelo de tierra. ¿Militares? Los mismos que los habían sorprendido, ¿no? No podías dejarte atrapar. Sí, me había invadido el temor de no volver a ser libre y llevar una vida normal, ahora que ya lo había decidido. La Revolución no es una empresa fácil, la cara acaballada mirando con aprehensión, la monstruosa quijada hacia arriba. Nunca lo será cambiar las estructuras de una sociedad. Y, cuando oyó que las botas se alejaban por otra calle, dio un largo suspiro y una casi tranquilidad lo envolvió. ¿Escaparía por fin?
La callejuela era un maltrecho recoveco del camino principal de un cerro, a donde había llegado luego de concluida la misión. Los focos de luz, que apenas si proyectaban conos de absurda luminosidad, y la retahíla de viviendas singulares-una mezcla de ladrillos, calaminas y esteras-, creaban una sombra irregular que solapaba sus pasos. Un silencio de muerte dominaba el lugar y no se veían caras curiosas pegadas a las ventanas. Lógico, después de los disparos, quién de los que vivía por allí se asomaría. En tanto, Leonardo sentía cómo su respiración afanosa y el bombeo alocado de su corazón se calmaban poco a poco. Sólo el cansancio y el dolor de mil cuchilladas se resistían a morir, por lo que, para atenuarlos, resolvió quedarse donde estaba y cerrar los ojos.
Desde el interior de su vivienda, él ve llegar a los encapuchados, con sus fusiles en bandolera, por el camino que zigzaguea en la montaña. Vienen cantando una imperiosa melodía y, con los puños apuntando al cielo, rodean la Plaza Principal ordenadamente. Una docena de ellos se dispersan, luego, por las calles aledañas, mientras los demás quedan sobre sus sitios, estáticos como piedras. Una infinidad de rostros, que adivina temerosos, se distingue en las ventanas de las casitas circundantes. Al cabo, la docena de encapuchados retorna a la plaza, trayendo consigo a unos tipos que caminan sin rechistar, motivados por las armas que penden a la altura de sus cabezas o empujados bruscamente con ellas. Otros encapuchados los obligan a ponerse de rodillas y les vendan los ojos y los tipos se dejan manipular, tembleques, como si no fueran más que simples monigotes. Uno que parece ser el jefe de los encapuchados se adelanta hacia ellos y empieza a hablar en voz alta, pero él sólo recuerda algunas palabras: malas autoridades, perros colaboradores, gobierno imperialista y traidor. Aunque sí oye con claridad el sonido atronador de las balas y observa cómo los tipos se desploman con breves e ilógicos espasmos. Unas manos gruesas se apoyan en sus hombros y descubre que sus papás espetan idénticas miradas de rabia contenida. El jefe inspecciona con un breve paseo los cuerpos caídos y embarrados de sangre, y, a una orden suya, los encapuchados vuelven a regarse por las calles y no se detienen hasta abrir las puertas de las casitas a patadas y llevar afuera a todos los niños que encuentran, en medio de gritos y lloriqueos de padres que miran el asunto resignados, de otros que luchan para impedirlo, y de golpes que los encapuchados les dan con sus armas para hacerlos retroceder. Y él, con la impresión de unos brazos aprisionando su cuello y su cintura, se ve rodeado, de pronto, de caritas imberbes y confusas, agrupadas en el centro de la plaza. El jefe selecciona a los niños más grandes y los encapuchados los conducen aparte. Los demás regresan a sus casas desconcertados y en el tumulto de padres se producen gritos de alegría y dolor. El jefe se cuadra entonces frente a los escogidos y les dice: “Ahora nos siguen tranquilitos y nada les va a pasar, ni a ustedes ni a sus padres”, y, a grandes voces, ordena la retirada. Banderas rojas flamean en los techos, algunos encapuchados escriben frases en las paredes, y él, mirando a su familia por última vez, parada en el umbral de su casita, reprime sus ganas de llorar y, desde la cima de la montaña, la ve ya convertida en un melancólico punto distante.
La pared de ladrillos había terminado en el cruce de la callejuela con el camino principal. Allí, la luz, un poco más intensa, permitía que Leonardo vislumbrara las cosas con mayor claridad. Aunque era una estupidez salir al descubierto, podrían verte. Bajo los pies, la tierra era un bloque irregular, repleto de sinuosidades, de piedras incrustadas como cuñas en todo el terreno. Leonardo aún no había decidido hacia dónde ir, cuando el ruido seco de unas ametralladoras-el mismo sonido que los sorprendió-colmó el aire de improviso. Encorvó el cuerpo hasta tocar el suelo y, sin medir los riesgos, se dirigió hacia las ráfagas, tan rápido que en cuestión de segundos, antes de pegarse a otra pared e inmovilizarse, vio de qué parte provenían y Mario alzando el fusil y apuntando al niñito camuflado por las sombras y la cara de caballo examinando a la mujer con cuidado y los ojos del moreno cerrándose y un vacío oscuro absorbiéndolo. No hay revolución sin sangre, la cara acaballada moviendo la quijada con violencia, la expresión perdida, ése es el precio. Había una lucha o algo así pendiente abajo, en otra callejuela del cerro, donde la negrura sería total si no fuera por los disparos y de donde le llegaban a Leonardo, licuadas con las descargas, una mezcolanza de vivas y groserías. ¿Oías también el estruendo de unos fusiles? No lo dudó más. Aquellos que habían peleado con él tantas veces aún estaban con vida, ¿acorralados?, ¿defendiéndose? ¿No pensaba ir a ayudarlos, no? ¡Que los mataran a todos, carajo! ¿No habían hecho tanto daño, acaso, con ese maldito afán de cambiar el mundo? ¿Qué te pasaba? ¿No tenías que huir? Chasqueó la lengua y, amparándose en los contornos de las casas, se escurrió hacia abajo lentamente. ¡Cómo se arriesgaba así! Y, para colmo, estaba desarmado. No fue su culpa, había sido una cuestión de botar el fusil y correr. Eso tampoco le importó. Y, no había avanzado más de una cuadra, cuando se topó con un bulto que yacía a orillas del camino, como si no tuviera otra ocupación que permanecer allí, cubierto por una sombra tal que a simple vista sólo parecía una masa imprecisa. Se agazapó a su lado y comprobó que era el cuerpo de un hombre. ¿Estaba muerto? Leonardo lo sacudió y, como el bulto no reaccionaba, lo remolcó hasta un cono de luz y, al ver su rostro, saltó hacia atrás, no por la visión del orificio ensangrentado que mancillaba su frente, sino porque ya lo había reconocido. ¡Mario! ¿Veía? El próximo podías ser tú. En ese momento, sentí que me alteraba de nuevo y, desviando la mirada, arrastré el cadáver y volví a dejarlo entre las sombras.
Ellos continúan disparando a los árboles sin que los militares den señales de vida. Aun así, el líder de los encapuchados, un hombre de piel oscura y cabellos parados, no lo piensa dos veces y empieza a lanzar granadas al terreno boscoso y, al cabo, él ve salir a los soldados, en medio de una polvareda feroz, tosiendo, cayéndose, arrojando los fusiles por delante. “Debemos demostrarle a este gobierno imperialista y burgués, dice, luego, el líder a los encapuchados, que seguimos en la lucha, que el partido es más fuerte que nunca”. Los soldados están ahora de rodillas, mirando a todas partes, y a él una especie de hilillo eléctrico lo traspasa. “Tú, camarada, dice, al improviso, el hombre de la piel oscura, tendiéndole una pistola a un muchacho junto a él. Enséñanos qué les sucede a los que se meten contra la causa popular”. El muchacho se acerca sin dudarlo demasiado y descerraja un tiro sobre la nuca del primer arrodillado. “Muy bien, dice el líder, pasando por encima del cadáver. Te toca a ti, camarada”. Su mano señala esta vez a Mario, mientras los soldados tiemblan, emitiendo cortos sonidos inaudibles, ¿rezando? Mario se pasea por detrás de las cabezas a media altura, y, cuando se detiene, la detonación que se produce es igual de rápida que la anterior. “Es tu turno, camarada”, vuelve a decir el de los pelos parados, y él, como intuyendo, gira el rostro encapuchado y comprueba que ahora la mano lo apunta, sí, a él. Se aproxima a los soldados, pensando que, en realidad, no importa a quien le dispare, si todos ellos iban a morir. Levanta el arma y sólo le queda, después, la imagen de una sombra disolviéndose en la nada y un silencio acusador.
La callejuela seguía siendo esclarecida por los destellos de las balas y Leonardo palpaba la tierra sabiendo que lo encontraría. Y no se equivocó. El cuerpo metálico, que ya maniobraba entre los dedos, había caído a sólo unos metros y la frágil figurilla sangrante volando por el aire soporífero de la habitación, gimiendo. Tampoco hiciste mucho por impedirlo, ¿no? Preferiste, en cambio, regresar con ellos, como si no hubiera ocurrido nada. ¿Todavía no lo habías decidido? Retomó el camino hacia la calle de los disparos, percatándose de que el fusil no tenía sino unas cuantas municiones. Metros más abajo interrumpió sus pasos y entrevió cómo unos soldados surgían y desaparecían en el extremo de la callejuela que daba al camino principal, descargando sus metralletas hacia el interior de ella. Alzó y bajó el fusil rápidamente. ¿Acaso era necesario matar a alguien? Rodeó los vericuetos adyacentes y apareció por el lado contrario de la calle, desde donde dos hombres-¿dos bultos?-se defendían de los soldados. Uno disparaba cubierto por un carro y el otro por la saliente de un muro inconcluso. ¿Quiénes serían? ¿Y los demás? Leonardo levantó el fusil nuevamente y esperó que la luminosidad de las ráfagas le permitiera saber en qué lugar estaba cada soldado. Pero, después de accionar el gatillo, desvié el arma y las balas se perdieron en el aire. De verdad, ya no quería regresar a lo mismo. Entonces cómo los ayudaría.
-¿Quién eres, carajo?-le dijo la voz del carro. Y él la reconoció.
-No disparen-dijo Leonardo, notando que los hombres lo medían con sus fusiles-. Estoy con ustedes. Soy yo, David. Leonardo.
-Acércate con cuidado-le dijo, a su vez, la voz del muro, que era la de Juan.
Leonardo llegó a su lado casi gateando y descubrió que sus ojos, incrustados en un rostro negro de pólvora y parpadeando con rapidez, hacían un esfuerzo por distinguirlo mejor.
-¿Y los otros?-dijo con un tono apenas audible.
Juan señaló hacia adelante con su cabeza, y Leonardo distinguió una masa irreconocible tirada en medio de la callejuela. Sólo una nueva balacera de los soldados le permitió darse cuenta de que se trataba de tres cuerpos, inmovilizados en posiciones absurdas. Repasó con la mirada las figuras quietas entre las cuñas del suelo y supo que eran Remigio, José y Raúl. Tres bultos. ¿Quería que le pasara lo mismo? El temor de no volver a ser libre empezó a carcomer sus entrañas con más fuerza. ¡Pero qué esperaba para irse! Las ráfagas de los soldados se intensificaban de tanto en tanto y, en su afán de responderles, David no dudaba en asomar medio cuerpo sobre el carro. Hasta que las balas lo alcanzaron y lo derribaron en el acto. Juan se quedó estático, aferrando su fusil, como si reflexionara ante lo ocurrido.
-Juan-dijo, de pronto, Leonardo, tratando de calmarse. Estaba con la cabeza y las espaldas prensadas al muro, imaginando lo fácil que sería huir si sólo fuera una sombra. Sí, una sombra que se confundiera con la oscuridad, que nadie pudiera atrapar tampoco-, vámonos de aquí, ¿quieres?
-¿Irnos?-dijo Juan, empezando a cargar su fusil con balas de sus bolsillos-. ¿Qué te pasa, camarada? ¿Qué estás diciendo?
-¿No te das cuenta?-dijo Leonardo, acercándosele más-. Ellos están mejor armados y a nosotros se nos van a acabar las municiones.
-Toma-dijo Juan, poniéndole un puñado de balas en la mano-. Si te falta, ahí tienes, camarada. Yo no me voy. Un combatiente no se rinde jamás. La Revolución...
-No seas idiota-dijo Leonardo, sujetándolo de un brazo-. Ahorita van a venir más soldados y se van a cagar en tu revolución. Vámonos de una vez.
-No-dijo Juan, soltándose vivamente, y agitó su arma con breves contracciones-Que vengan los malditos, aquí los espero.
-Vámonos-dijo Leonardo. El tiroteo no se había detenido y él sentía ya como si las balas le rozaran el cuerpo y el estruendo destruyera su cabeza-. Estás muy asustado.
-¿A-sus-ta-do-yo?-dijo Juan. Silabeó con rabia por entre la juntura de sus dientes-. Yo-no-es-toy-a-sus-ta-do.
-¿Acaso quieres que te maten?-dijo Leonardo, dudando entre irse o seguir hablando-. ¿Y morir por algo que quizá no tenga sentido? Dime, ¿no estás harto de todo esto? Yo sí y me largo.
-Debería matarte por traidor-dijo Juan, apuntándolo con su arma.
-Jódete-le dijo Leonardo, dándole la espalda.
Se puso el fusil en bandolera y regresó a la esquina de la calle en una pausa de las ráfagas y, rodeando los mismos vericuetos, reapareció en el camino principal y deshizo sus pasos. ¿Así pensaba ayudarlos?, ¿convenciéndolo? ¡Maldito ciego! Pero ¡qué te importaba! Ojalá, más bien, que no sea demasiado tarde para ti. A lo lejos, la voz de Juan, que gritaba vivas a la Revolución, era acallada por los disparos, y Leonardo, intuyendo que el otro atraía sobre sí toda la atención, decidió que huiría por la parte posterior del cerro. Sonrió. Sí, a quién se le ocurriría buscar por allí. Y ahora sí, olvídate de todo. De pronto, algo parecido a un ruido de carros comenzó a evolucionar allá abajo y Leonardo se tumbó a observar y ustedes apeándose y corriendo y el coche quieto y olvidado y, al cabo, todo iluminándose con un solo y gran estruendo, entre naranja y amarillo, y, entonces, los gritos humanos y la sangre y unos cuerpos resaqueados y maltrechos y, por todas partes, esquirlas y vidrios rotos y un fuego rápido y cómplice. Estuvo mirando, durante un rato, la ordenada carrera en ascensión de los soldados, que habían llegado hasta el pie del cerro en potentes camiones, alumbrándolo todo, y cómo se desplegaban por los alrededores y enmarcaban la callejuela de los disparos, hasta que oyó un jaleo mucho más intenso de ráfagas y gritos, seguido de un silencio en el que la voz de Juan se convirtió en un eco baldío. Agachó la cabeza. Otro menos. ¿Y el hombre de la cara acaballada? ¡Si no lo habían matado, sólo quedaban ellos dos. ¿Acaso le importaba? Se puso en pie de un salto y echó a correr. Escapar, volver a ver a tu familia, llevar una vida normal, ¿era posible? Sin embargo, para su mala suerte, en el último tramo antes de la cima, descubrió que las sombras de los soldados también se encontraban allí y, por eso, tuvo que arrojarse a una especie de huerta que alguien había plantado absurdamente en medio de tanta tierra estéril. ¡Carajo!, ¿y ahora qué? ¡Cálmate! Aún podía haber una posibilidad. Así que, espiando a través de las plantas, esperé que las sombras pasaran de largo.
Él observa cómo calles y avenidas transcurren velozmente ante las ventanillas de la camioneta. “Esta misión requerirá de ustedes el máximo de su esfuerzo y dedicación, camaradas”, había dicho un hombre gordo y canoso, el rostro oprimido de arrugas. A su lado, el hombre de la cara acaballada conservaba una expresión solemne, de profundo respeto. Estaban sentados en rústicas bancas de madera, entre las paredes caladas de una casa perdida en las afueras de la ciudad. Y, por momentos, ojea las caras jóvenes que lo circundan: Mario, Juan, David, José, Remigio y Raúl. ¿Dudarían ellos también? Pero si estás cansado de esta vida, se dice, por qué no la dejas de una vez. ¿Acaso no lo ha pensado ya? El grupo viaja acuclillado, por la falta de asientos, en la parte trasera de la camioneta, salvo el conductor y el hombre de la cara de caballo, que ocupan los únicos sitios adelante. El vehículo se detiene en pleno asentamiento humano, cerca de donde vive esa mujer,. Él recuerda haberla visto muchas veces por la televisión, en los noticieros: “Nosotros no les tenemos miedo a esos terroristas, decía su rostro moreno, entre un sinnúmero de personas que se agitaban en torno. Ni nos van a asustar sus amenazas, ejecuciones o cochesbombas”. Unas pancartas diciendo BASTA YA, ALTO AL TERROR, EL PUEBLO NO SE RINDE, CARAJO, y unas banderolas con diseños de palomas blancas se movían al compás del viento, entre una bullanga de pitos y matracas. “¿Acaso han logrado algo matando a tanta gente?, volvía decir la mujer, arranchándole el micrófono al entrevistador y mirando hacia la cámara con rabia. Absolutamente nada. ¿No les parece, entonces, una lucha sin sentido?”. “El objetivo es esta mujer, camaradas, había dicho el hombre gordo, congelando la imagen en la pantalla. Como dirigente del asentamiento humano no ha hecho más que oponerse a nuestras acciones”. “Camarada Oscar, le dice la cara acaballada al conductor: Ya sabes, tú espéranos aquí”, y, luego, a todos los demás: “Andando”. El grupo oculta sus cráneos con pasamontañas y da los primeros pasos por las calles polvorientas del asentamiento, aferrando los fusiles por delante; sólo Raúl lleva un maletín enganchado a un brazo. En una esquina, otra orden los sobrepara. El hombre de la cara de caballo señala una casa verde de un solo piso. “Aquí vive la mujer, había dicho el hombre gordo, poniendo su dedo rechoncho en una de las fotos de la pizarra, con su esposo y un hijo”. Mario, Raúl y él siguen al caballo y el resto se aleja hacia puntos distintos, con la idea de cuidarles las espaldas. Mario abre la puerta de la casa de una patada y ellos se inmiscuyen en un territorio oscuro, encañonando la penumbra con sus armas. “Al trasponer el umbral, se hallarán en la salita, había dicho el hombre gordo, su dedo ahora en un plano. El dormitorio de la morena está a la derecha”. Y, desde la puerta abierta del cuarto, ellos distinguen a la mujer hundida en un rincón, rodeada de paredes peladas, muebles en desorden y un catre destendido, y, cuando se deslizan hacia ella, un hombre les corta el paso de pronto, exhibiendo un cuchillo gigantesco, con el que fintea, amaga y da grititos por un rato. Sin embargo, un tiro a quemarropa, lo paraliza y tumba al suelo. La mujer ulula desesperada y se hinca junto al cuerpo del hombre, que patalea, tocándose la garganta. “Éste es su marido, había dicho el hombre gordo, mientras él contemplaba la foto de un moreno con el ceño fruncido. Cuidado que es un malandrín”. Cuando el hombre deja de moverse, el de la cara acaballada aparta a la mujer con un pie y ella, cayendo sentada, les muestra un rostro desafiante. La escasa luz que entra por la ventana, proveniente de un poste, baña a todos diagonalmente. “A ver, mátenme pues, les dice la morena, alzando el mentón, yo no les tengo miedo”. El caballo le instala el cañón de una pistola en la frente. “Mujer, le dice, ceremonioso, por no habernos dejado conscientizar a la población de este asentamiento, captarla para la lucha contra el opresor imperialista, el partido te repudia y...” “Vete a la mierda con tu partido, le dice ella, interrumpiéndolo. Asesino”. El otro la mira sin cambiar de expresión y, bajando el arma, le encaja un tiro en el estómago. La morena grita de dolor y vomita maldiciones e insultos y el caballo, como si pretendiera hacerle más daño que con el disparo, dice, la voz en cuello: “¡Camarada Mario! El niño”. “¡No, mi hijo no, alcanza a gemir ella, con las manos en el vientre, embarrada con su propia sangre, no, por favor!”. “Camarada Raúl, dice luego la cara acaballada. El maletín”. Raúl se lo alcanza y el tipo extrae un paquete cuidadosamente. “¡Maldita sea!, murmura él, viendo los cuerpos tubulares. Dinamita”. El caballo coloca los cartuchos del explosivo entre las ropas de la mujer y, como ella, pese a su estado, se resiste con brazos y piernas, le estampa un puñetazo en el rostro. La morena lanza un corto chillido y queda tan aturdida que apenas si se mueve. “Ahora vas a saber lo que les pasa a los que se meten con nosotros”, le dice el hombre al oído. Y, en ese momento, cuando el tipo empieza a liar los cartuchos a una mecha larga y nudosa y él a salir, un fusil se dispara en otro de los cuartos. ¡Carajo, el niño! , piensa él. ¿Qué puede hacer?, ¿matarlos?, ¿y si, en cambio, ellos lo mataran a él? No. Si quiere dejar atrás todo esto, sería muy tonto reaccionar. En la puerta de calle, él y Raúl encuentran a un Mario tan anonadado que aferra el arma con dificultad y, cuando la cara de caballo se les junta, echan a correr. La explosión los sobrepara un poco, aunque, al ser alcanzado por los otros, continúan. “¡Mierda!, dice el caballo, frenándose de golpe en la esquina previa a la camioneta. Soldados”. Desde allí, ven cómo unas balas taladran las ventanillas del vehículo y atraviesan al conductor y, sin pensarlo dos veces, giran sobre sus talones y se avientan en la dirección contraria. “Para allá”, dice la cara de caballo, señalando el cerro en el que el asentamiento se prolonga, un promontorio de casuchas y oscuridad, a pocas cuadras de distancia. Y sólo ahí, cuando, desgajándose del grupo, se adentra por los vericuetos de dichas callejuelas, sin fusil ni pasamontañas, con los músculos quebrados por el cansancio y las cuchillas en las córneas, él lo decide: tenía que huir.
Estaba detrás de un automóvil destartalado y el temor de no lograr lo que quería lo había petrificado en medio de esta nueva callejuela de haces de luz siempre olvidados, a donde había llegado con la idea de rodear la cima y eludir a los soldados. Las punzadas en los ojos y el malestar del cuerpo habían retornado desde hacía rato, igual de rebeldes. Pero lo que me animaba a seguir era ese duro silencio que parecía haberse tragado todos los ruidos. ¿Se habían cansado de buscar? ¿Había acabado por fin?
-¡No te muevas, carajo!-dijo, de improviso, a sus espaldas, una voz que lo estremeció.
Leonardo torció el cuello y descubrió que un soldado lo apuntaba con su arma. En otro momento lo habría confundido quizá con un fantasma, por los tenues halos de luz que lo cruzaban. Sin embargo, era real. ¡Cuánto hubieras querido que no!
-¡Capitán!-dijo el soldado, gritando por encima de su hombro-. ¡Acá hay uno! ¡Vengan!
Leonardo escuchó, entonces, un repiqueteo de botas mucho más enérgico y amenazador y supuso que, si no se movía, la huida acabaría mal para él. Así que, aprovechando que el soldado había volteado el rostro para ver si alguien venía, se tiró contra el suelo irregular y, si bien las cuñas lo lastimaron brutalmente, consiguió ocultarse en la penumbra aún mayor que proyectaba el carro. Dándose cuenta, el soldado comenzó a herir lo que pudo-los fierros del auto, los muros, las sombras-con los proyectiles automáticos de su arma, y, mientras se acomodaba para evitarlos, Leonardo sintió que especie de aguijón traspasándole una pierna. Contuvo el grito y procuró levantarse, pero un dolor agudo lo devolvió al suelo. Se palpó el muslo y comprobó que sangraba. ¡Maldita sea! ¡Por qué no se había largado hacía rato!
-Creo que le he dado-dijo el soldado, apenas los otros lo alcanzaron. Y, en seguida, Leonardo los oyó acercarse: un andar desconfiado y calculador que hendía la atmósfera de la callejuela con mínimo ruido. E, incluso los imaginó: rostros y cuerpos angustiados, tratando de vislumbrar sus movimientos, apuntándolo y haciéndose señas para rodearlo, a él, que para ellos no era más que una silueta informe, un bulto inutilizado en el suelo. ¿Y el hombre de la cara acaballada? Quién sabía dónde se había escondido. ¿Era éste el final? Cargó el fusil rápidamente con las balas que le había dado Juan, lo dirigió hacia los pasos que venían y apretó el gatillo. Tal vez no. Y, con el miedo y los dolores más intensos que nunca, aguardó la llegada de los soldados, pensando que a lo mejor no serían muchos, que de repente podría huir y volver a ver a su familia y, por qué no, a llevar una vida normal. No sabía muy bien si tenía sentido o si lo haría de verdad, pero, eso sí, lo quería con todas sus fuerzas.





