La pared de ladrillos había terminado en el cruce de la callejuela con el camino principal. Allí, la luz, un poco más intensa, permitía que Leonardo vislumbrara las cosas con mayor claridad. Aunque era una estupidez salir al descubierto, podrían verte. Bajo los pies, la tierra era un bloque irregular, repleto de sinuosidades, de piedras incrustadas como cuñas en todo el terreno. Leonardo aún no había decidido hacia dónde ir, cuando el ruido seco de unas ametralladoras-el mismo sonido que los sorprendió-colmó el aire de improviso. Encorvó el cuerpo hasta tocar el suelo y, sin medir los riesgos, se dirigió hacia las ráfagas, tan rápido que en cuestión de segundos, antes de pegarse a otra pared e inmovilizarse, vio de qué parte provenían y Mario alzando el fusil y apuntando al niñito camuflado por las sombras y la cara de caballo examinando a la mujer con cuidado y los ojos del moreno cerrándose y un vacío oscuro absorbiéndolo. No hay revolución sin sangre, la cara acaballada moviendo la quijada con violencia, la expresión perdida, ése es el precio. Había una lucha o algo así pendiente abajo, en otra callejuela del cerro, donde la negrura sería total si no fuera por los disparos y de donde le llegaban a Leonardo, licuadas con las descargas, una mezcolanza de vivas y groserías. ¿Oías también el estruendo de unos fusiles? No lo dudó más. Aquellos que habían peleado con él tantas veces aún estaban con vida, ¿acorralados?, ¿defendiéndose? ¿No pensaba ir a ayudarlos, no? ¡Que los mataran a todos, carajo! ¿No habían hecho tanto daño, acaso, con ese maldito afán de cambiar el mundo? ¿Qué te pasaba? ¿No tenías que huir? Chasqueó la lengua y, amparándose en los contornos de las casas, se escurrió hacia abajo lentamente. ¡Cómo se arriesgaba así! Y, para colmo, estaba desarmado. No fue su culpa, había sido una cuestión de botar el fusil y correr. Eso tampoco le importó. Y, no había avanzado más de una cuadra, cuando se topó con un bulto que yacía a orillas del camino, como si no tuviera otra ocupación que permanecer allí, cubierto por una sombra tal que a simple vista sólo parecía una masa imprecisa. Se agazapó a su lado y comprobó que era el cuerpo de un hombre. ¿Estaba muerto? Leonardo lo sacudió y, como el bulto no reaccionaba, lo remolcó hasta un cono de luz y, al ver su rostro, saltó hacia atrás, no por la visión del orificio ensangrentado que mancillaba su frente, sino porque ya lo había reconocido. ¡Mario! ¿Veía? El próximo podías ser tú. En ese momento, sentí que me alteraba de nuevo y, desviando la mirada, arrastré el cadáver y volví a dejarlo entre las sombras.
Ellos continúan disparando a los árboles sin que los militares den señales de vida. Aun así, el líder de los encapuchados, un hombre de piel oscura y cabellos parados, no lo piensa dos veces y empieza a lanzar granadas al terreno boscoso y, al cabo, él ve salir a los soldados, en medio de una polvareda feroz, tosiendo, cayéndose, arrojando los fusiles por delante. “Debemos demostrarle a este gobierno imperialista y burgués, dice, luego, el líder a los encapuchados, que seguimos en la lucha, que el partido es más fuerte que nunca”. Los soldados están ahora de rodillas, mirando a todas partes, y a él una especie de hilillo eléctrico lo traspasa. “Tú, camarada, dice, al improviso, el hombre de la piel oscura, tendiéndole una pistola a un muchacho junto a él. Enséñanos qué les sucede a los que se meten contra la causa popular”. El muchacho se acerca sin dudarlo demasiado y descerraja un tiro sobre la nuca del primer arrodillado. “Muy bien, dice el líder, pasando por encima del cadáver. Te toca a ti, camarada”. Su mano señala esta vez a Mario, mientras los soldados tiemblan, emitiendo cortos sonidos inaudibles, ¿rezando? Mario se pasea por detrás de las cabezas a media altura, y, cuando se detiene, la detonación que se produce es igual de rápida que la anterior. “Es tu turno, camarada”, vuelve a decir el de los pelos parados, y él, como intuyendo, gira el rostro encapuchado y comprueba que ahora la mano lo apunta, sí, a él. Se aproxima a los soldados, pensando que, en realidad, no importa a quien le dispare, si todos ellos iban a morir. Levanta el arma y sólo le queda, después, la imagen de una sombra disolviéndose en la nada y un silencio acusador.
La callejuela seguía siendo esclarecida por los destellos de las balas y Leonardo palpaba la tierra sabiendo que lo encontraría. Y no se equivocó. El cuerpo metálico, que ya maniobraba entre los dedos, había caído a sólo unos metros y la frágil figurilla sangrante volando por el aire soporífero de la habitación, gimiendo. Tampoco hiciste mucho por impedirlo, ¿no? Preferiste, en cambio, regresar con ellos, como si no hubiera ocurrido nada. ¿Todavía no lo habías decidido? Retomó el camino hacia la calle de los disparos, percatándose de que el fusil no tenía sino unas cuantas municiones. Metros más abajo interrumpió sus pasos y entrevió cómo unos soldados surgían y desaparecían en el extremo de la callejuela que daba al camino principal, descargando sus metralletas hacia el interior de ella. Alzó y bajó el fusil rápidamente. ¿Acaso era necesario matar a alguien? Rodeó los vericuetos adyacentes y apareció por el lado contrario de la calle, desde donde dos hombres-¿dos bultos?-se defendían de los soldados. Uno disparaba cubierto por un carro y el otro por la saliente de un muro inconcluso. ¿Quiénes serían? ¿Y los demás? Leonardo levantó el fusil nuevamente y esperó que la luminosidad de las ráfagas le permitiera saber en qué lugar estaba cada soldado. Pero, después de accionar el gatillo, desvié el arma y las balas se perdieron en el aire. De verdad, ya no quería regresar a lo mismo. Entonces cómo los ayudaría.
-¿Quién eres, carajo?-le dijo la voz del carro. Y él la reconoció.
-No disparen-dijo Leonardo, notando que los hombres lo medían con sus fusiles-. Estoy con ustedes. Soy yo, David. Leonardo.
-Acércate con cuidado-le dijo, a su vez, la voz del muro, que era la de Juan.
Leonardo llegó a su lado casi gateando y descubrió que sus ojos, incrustados en un rostro negro de pólvora y parpadeando con rapidez, hacían un esfuerzo por distinguirlo mejor.
-¿Y los otros?-dijo con un tono apenas audible.



