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Índice del artículo

            Él observa cómo calles y avenidas transcurren velozmente ante las ventanillas de la camioneta. “Esta misión requerirá de ustedes el máximo de su esfuerzo y dedicación, camaradas”, había dicho un hombre gordo y canoso, el rostro oprimido de arrugas. A su lado, el hombre de la cara acaballada conservaba una expresión solemne, de profundo respeto. Estaban sentados en rústicas bancas de madera, entre las paredes caladas de una casa perdida en las afueras de la ciudad. Y, por momentos, ojea las caras jóvenes que lo circundan: Mario, Juan, David, José, Remigio y Raúl. ¿Dudarían ellos también? Pero si estás cansado de esta vida, se dice, por qué no la dejas de una vez. ¿Acaso no lo ha pensado ya? El grupo viaja acuclillado, por la falta de asientos, en la parte trasera de la camioneta, salvo el conductor y el hombre de la cara de caballo, que ocupan los únicos sitios adelante. El vehículo se detiene en pleno asentamiento humano, cerca de donde vive esa mujer,. Él recuerda haberla visto muchas veces por la televisión, en los noticieros: “Nosotros no les tenemos miedo a esos terroristas, decía su rostro moreno, entre un sinnúmero de personas que se agitaban en torno. Ni nos van a asustar sus amenazas, ejecuciones o cochesbombas”. Unas pancartas diciendo BASTA YA, ALTO AL TERROR, EL PUEBLO NO SE RINDE, CARAJO, y unas banderolas con diseños de palomas blancas se movían al compás del viento, entre una bullanga de pitos y matracas. “¿Acaso han logrado algo matando a tanta gente?, volvía decir la mujer, arranchándole el micrófono al entrevistador y mirando hacia la cámara con rabia. Absolutamente nada. ¿No les parece, entonces, una lucha sin sentido?”. “El objetivo es esta mujer, camaradas, había dicho el hombre gordo, congelando la imagen en la pantalla. Como dirigente del asentamiento humano no ha hecho más que oponerse a nuestras acciones”. “Camarada Oscar, le dice la cara acaballada al conductor: Ya sabes, tú espéranos aquí”, y, luego, a todos los demás: “Andando”. El grupo oculta sus cráneos con pasamontañas y da los primeros pasos por las calles polvorientas del asentamiento, aferrando los fusiles por delante; sólo Raúl lleva un maletín enganchado a un brazo. En una esquina, otra orden los sobrepara. El hombre de la cara de caballo señala una casa verde de un solo piso. “Aquí vive la mujer, había dicho el hombre gordo, poniendo su dedo rechoncho en una de las fotos de la pizarra, con su esposo y un hijo”. Mario, Raúl y él siguen al caballo y el resto se aleja hacia puntos distintos, con la idea de cuidarles las espaldas. Mario abre la puerta de la casa de una patada y ellos se inmiscuyen en un territorio oscuro, encañonando la penumbra con sus armas. “Al trasponer el umbral, se hallarán en la salita, había dicho el hombre gordo, su dedo ahora en un plano. El dormitorio de la morena está a la derecha”. Y, desde la puerta abierta del cuarto, ellos distinguen a la mujer hundida en un rincón, rodeada de paredes peladas, muebles en desorden y un catre destendido, y, cuando se deslizan hacia ella, un hombre les corta el paso de pronto, exhibiendo un cuchillo gigantesco, con el que fintea, amaga y da grititos por un rato. Sin embargo, un tiro a quemarropa, lo paraliza y tumba al suelo. La mujer ulula desesperada y se hinca junto al cuerpo del hombre, que patalea, tocándose la garganta. “Éste es su marido, había dicho el hombre gordo, mientras él contemplaba la foto de un moreno con el ceño fruncido. Cuidado que es un malandrín”. Cuando el hombre deja de moverse, el de la cara acaballada aparta a la mujer con un pie y ella, cayendo sentada, les muestra un rostro desafiante. La escasa luz que entra por la ventana, proveniente de un poste, baña a todos diagonalmente. “A ver, mátenme pues, les dice la morena, alzando el mentón, yo no les tengo miedo”. El caballo le instala el cañón de una pistola en la frente. “Mujer, le dice, ceremonioso, por no habernos dejado conscientizar a la población de este asentamiento, captarla para la lucha contra el opresor imperialista, el partido te repudia y...” “Vete a la mierda con tu partido, le dice ella, interrumpiéndolo. Asesino”. El otro la mira sin cambiar de expresión y, bajando el arma, le encaja un tiro en el estómago. La morena grita de dolor y vomita maldiciones e insultos y el caballo, como si pretendiera hacerle más daño que con el disparo, dice, la voz en cuello: “¡Camarada Mario! El niño”. “¡No, mi hijo no, alcanza a gemir ella, con las manos en el vientre, embarrada con su propia sangre, no, por favor!”. “Camarada Raúl, dice luego la cara acaballada. El maletín”. Raúl se lo alcanza y el tipo extrae un paquete cuidadosamente. “¡Maldita sea!, murmura él, viendo los cuerpos tubulares. Dinamita”. El caballo coloca los cartuchos del explosivo entre las ropas de la mujer y, como ella, pese a su estado, se resiste con brazos y piernas, le estampa un puñetazo en el rostro. La morena lanza un corto chillido y queda tan aturdida que apenas si se mueve. “Ahora vas a saber lo que les pasa a los que se meten con nosotros”, le dice el hombre al oído. Y, en ese momento, cuando el tipo empieza a liar los cartuchos a una mecha larga y nudosa y él a salir, un fusil se dispara en otro de los cuartos. ¡Carajo, el niño! , piensa él. ¿Qué puede hacer?, ¿matarlos?, ¿y si, en cambio, ellos lo mataran a él? No. Si quiere dejar atrás todo esto, sería muy tonto reaccionar. En la puerta de calle, él y Raúl encuentran a un Mario tan anonadado que aferra el arma con dificultad y, cuando la cara de caballo se les junta, echan a correr. La explosión los sobrepara un poco, aunque, al ser alcanzado por los otros, continúan. “¡Mierda!, dice el caballo, frenándose de golpe en la esquina previa a la camioneta. Soldados”. Desde allí, ven cómo unas balas taladran las ventanillas del vehículo y atraviesan al conductor y, sin pensarlo dos veces, giran sobre sus talones y se avientan en la dirección contraria. “Para allá”, dice la cara de caballo, señalando el cerro en el que el asentamiento se prolonga, un promontorio de casuchas y oscuridad, a pocas cuadras de distancia. Y sólo ahí, cuando, desgajándose del grupo, se adentra por los vericuetos de dichas callejuelas, sin fusil ni pasamontañas, con los músculos quebrados por el cansancio y las cuchillas en las córneas, él lo decide: tenía que huir.

            Estaba detrás de un automóvil destartalado y el temor de no lograr lo que quería lo había petrificado en medio de esta nueva callejuela de haces de luz siempre olvidados, a donde había llegado con la idea de rodear la cima y eludir a los soldados. Las punzadas en los ojos y el malestar del cuerpo habían retornado desde hacía rato, igual de rebeldes. Pero lo que me animaba a seguir era ese duro silencio que parecía haberse tragado todos los ruidos. ¿Se habían cansado de buscar? ¿Había acabado por fin?

            -¡No te muevas, carajo!-dijo, de improviso, a sus espaldas, una voz que lo estremeció.

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